jueves, 1 de octubre de 2020

Sobre la Historia de España

 

ESPAÑA Y EL PASADO QUE NO PUEDE PASAR

 

Francisco Espinosa

Sociología Crítica

20.09.2020

A propósito de «Los amnésicos. Historia de una familia europea» de Geraldine Schwartz / Francisco Espinosa 21/09/2020

 Comentario introductorio:

A través de su propia familia, alemana por parte paterna y francesa por la de su madre, Geraldine Schwartz (Estrasburgo, 1974) se adentra en el período más trágico del siglo XX, el del auge de los fascismos, la guerra mundial, la posguerra y la evolución hasta nuestros días siempre con el pasado traumático de fondo. El abuelo alemán fue un mitläufer (cómplice pasivo de un régimen criminal), uno de tantos miembros del Partido Nacional Socialista Obrero Alemán que se benefició del expolio judío, y el abuelo francés, gendarme en la Francia de Vichy, colaborador con el nazismo tras la invasión de Francia por el ejército alemán y por tanto también cómplice del nazismo. Entre ambos casos, la propia Schwartz considera que para el desarrollo democrático ha sido mucho más positiva la evolución habida en Alemania que la experiencia francesa. Sobre esta base se expone y se analiza lo que cada país ha hecho respecto a su propia historia.

Me centraré en el caso alemán por su mayor cercanía a la experiencia española y por formar parte ambos del tronco de los fascismos. Hay que decir, no obstante y sin que esto invalide en modo alguno la obra, que la autora muestra en ocasiones una visión un tanto complaciente, e incluso selectiva de la realidad, de lo ocurrido en Alemania, ya que realmente hasta que desapareció la “generación culpable” poco se pudo hacer. Por otra parte, en lo que se refiere a la unificación alemana se percibe claramente cierto maniqueísmo, hecho en el que quizás influya la participación de su padre en la Treuhand, la agencia encargada de privatizar todas las empresas públicas de la Alemania del Este entre 1990 y 1994, con resultados económicos y sociales desastrosos para la Alemania oriental. La consecuencia de este proceso brutal de reconversión capitalista en tan breve lapso de tiempo no fue otro que el aumento del paro a niveles desconocidos y la creación de las bases que llevarían al surgimiento de la extrema derecha y del revisionismo histórico.

Con los ‘comunistas’ de la RDA hicieron de inmediato lo que no habían querido hacer con ellos mismos: abrir los archivos, garantizar el acceso a los documentos y rehabilitar a las víctimas

Por otra parte, mostrarse ante el mundo como los campeones de la superación del pasado ha resultado una operación muy rentable a todos los niveles. De ahí que algunos piensen que la memoria histórica alemana ha estado muy orientada hacia la galería. Por lo demás hay que señalar la diferencia entre cómo abordaron el pasado en la zona occidental y en la oriental, ya que con los “comunistas” de la RDA hicieron de inmediato lo que no habían querido hacer con ellos mismos: abrir los archivos, garantizar el acceso a los documentos y rehabilitar a las víctimas. Además, frente a lo que la realidad ha mostrado en varios países, se viene a decir que es la política y no los movimientos sociales la que ha movido los procesos de memoria histórica. Sin embargo, lo común ha sido tanto en Europa como en otros lugares del mundo que la política se mueva tras el activismo social. En este sentido la autora no parece reconocer el papel que en la revisión del pasado merecen la literatura (Peter Weiss, Günter Grass, H.M. Enzensberger entre otros) ni la reforma educativa realizada a fines de los sesenta con Gustav Heinemann en la presidencia y Willy Brandt como canciller. Ambos, opositores al nazismo, plantaron así las bases del conocimiento de la historia reciente.[1] Pero veamos con más detalle los contenidos del libro que me han hecho pensar en las diferencias con el caso español.

Cómo se afrontó el pasado

Tras la derrota de Hitler los aliados establecieron cuatro grados de implicación en los crímenes del nazismo: incriminados mayores, incriminados, incriminados menores y los mencionados mitläufer. Estos últimos salieron prácticamente indemnes de la criba, con dos salvedades: tuvieron que devolver los negocios robados a los judíos y se les complicó el acceso al funcionariado. Hablamos de ocho millones de alemanes. Además fueron despedidos los funcionarios inscritos en el partido nazi antes de mayo de 1937, a los que se consideró afiliados por convicción. Este proceso culminó con los juicios de Núremberg a fines de 1945, en los que por iniciativa norteamericana fueron juzgados 24 altos cargos nazis. Observa la autora que una tía suya nacida en 1936 tenía conocimiento de los crímenes del nazismo, mientras que su padre, nacido en 1943, lo ignoraba en absoluto. La explicación era simple: la primera fue a la escuela cuando los estadounidenses intentaban reeducar a los alemanes y el segundo cuando aquel espíritu había sido eliminado.

En enero de 1948 el abuelo alemán recibió una carta de un abogado por la que Julius Löbmann, desde Chicago, reclamaba 11.000 marcos acogiéndose a la ley, solo vigente en la zona americana, que establecía reparaciones para los judíos expoliados. Löbmann era el propietario del negocio del que se apropió el abuelo. Hablamos de la ciudad de Mannheim, en la que fueron destruidas tres sinagogas, saqueados los negocios y viviendas de los judíos y enviados a Dachau muchos de ellos. Cabe imaginar el desasosiego que estas demandas crearon en la sociedad alemana, carente por completo de cualquier signo de arrepentimiento y en la que muchos, como la abuela alemana de la autora, pensaban que “si el Führer lo hubiera sabido, no habría permitido que ocurriera”.

El cambio vino con la llegada al poder de Konrad Adenauer en 1949, quien entre sus primeras medidas aprobó una amnistía de la que se beneficiaron miles de nazis, algunos de los cuales habían estado implicados en crímenes. El fin del débil proceso de desnazificación avanzó en 1951 cuando una nueva ley permitió que 300.000 funcionarios y soldados despedidos por su afinidad al nazismo, entre los que había incluso miembros de la Gestapo, fueran readmitidos. La autora ofrece porcentajes de lo que acarreó tal medida: los beneficiados por la ley suponían el 77% del Ministerio de Defensa, el 68% del de Economía, el 58% de Prensa e Información del Gobierno, el 40% de Interior y porcentajes muy elevados en Enseñanza y Justicia. Este proceso se consumó con la aprobación en 1954 de una ley que reconocía como atenuante la “obediencia en estado de urgencia”, que salvó a todo tipo de criminales y cargos nazis. Poco después se produjo un hecho que debe señalarse: las presiones de Alemania impidieron que el filme documental de Alain Resnais sobre el holocausto Noche y Niebla (1955) se exhibiera en el festival de Cannes.

Avanzados los cincuenta, cuando aún se mantenía que la Wehrmacht (ejército alemán entre 1933 y 1945) no tuvo relación con los crímenes nazis, en medios militares se prohibió la apología del nazismo

Lo único que se mantuvo fue el pago de reparaciones económicas, que se realizó en dos etapas, una primera de restitución de bienes y dinero robado a los judíos por particulares, y otra segunda en la que se indemnizaron daños no materiales como cárcel, maltrato, tortura o muerte. Incluso se realizaron pagos a algunos países europeos y a Israel, conscientes de que así mejorarían su imagen a nivel internacional. Por su parte la derecha se movilizó acusando a los judíos de reclamar bienes que nunca fueron suyos y caldeando el ambiente para conseguir la liberación de los nazis presos fuera de Alemania. La década de los 50 trajo la rehabilitación del pasado en la política, la prensa y la enseñanza. Según le contaba a la autora su padre, en la escuela la historia se detenía en la República de Weimar; la Segunda Guerra solo se explicaba en los institutos, pero de manera parcial y superficial, y en las enciclopedias de la época era imposible encontrar conceptos como “campo de concentración” o “SS”. Se ocultaba igualmente que entre 1940 y 1945 se dictaron en Alemania 16.000 penas de muerte y el papel que la Justicia tuvo en la legitimación de la violencia.

Geraldine Schwartz establece el punto de ruptura en el momento en que Fritz Bauer, fiscal general del estado federal de Hesse, inició su lucha contra la impunidad cuando entendió que el único punto de partida válido para la RFA exigía “erradicar las raíces del nacionalsocialismo, que  pasaba obligatoriamente por una confrontación honesta con el pasado”. Lo primero que consiguió, en 1952, fue establecer jurídicamente que el Tercer Reich había sido un “Estado de no derecho”, legitimando así los levantamientos y atentados contra el régimen y el Führer. De Bauer partió la operación que llevó en 1960 a Adolf Eichmann al banquillo, consiguiendo de este modo que las víctimas fueran escuchadas públicamente. No obstante, según la autora, en Alemania se emitieron las sesiones del juicio en medio de la mayor indiferencia. Poco antes, en 1959, había tenido lugar en Colonia un hecho grave cuando un memorial que recordaba a las víctimas apareció pintado de cruces gamadas, hecho que se extendió en las semanas siguientes a otros lugares. Nuevamente la imagen internacional obligó a tomar algunas medidas.

En 1963 Bauer, quien mantenía que “nadie tenía derecho a ejecutar una orden que implica una acción criminal”, logró sentar en el banquillo a 22 colaboradores de Auschwitz, consiguiendo que intervinieran más de 200 testigos de todo el mundo. Para el fiscal lo que realmente importaba, más allá de los casos concretos, era mostrar “la magnitud de la culpabilidad alemana”. Pero la negación del crimen estaba aún totalmente extendida y, aunque en su contra jugaba la abundante documentación generada por el nazismo, el proceso constituyó una nueva victoria para el olvido. Pese a todo, la sociedad alemana hubo de acostumbrarse a que se hicieran públicas las atrocidades nazis. Ya avanzada la década de los cincuenta, cuando aún se mantenía que la Wehrmacht (ejército alemán entre 1933 y 1945) no tuvo relación con los crímenes nazis, en medios militares se prohibió la apología del nazismo. Y en 1965, cuando se debatió el plazo de prescripción de los crímenes, que entonces era de 20 años, el filósofo Karl Jaspers publicó en Der Spiegel unas declaraciones en las que defendía la imprescriptibilidad del genocidio, lo cual supuso llevar al debate público las diferencias entre crímenes de guerra y crímenes contra la humanidad, definidos estos como “la presunción de tener derecho a decidir qué grupos de personas o de pueblos tienen derecho a vivir”. El resultado fue que se prolongó el plazo de prescripción.

Ya en esos años los jóvenes comenzaron a preguntar a sus padres sobre su vida durante el nazismo y se empezó a ser consciente del papel de los mitläufer. Geraldine Schwartz da un ejemplo de lo que esto supuso a nivel familiar: su padre captó que el mobiliario de la casa familiar estaba por encima de su estatus social, por lo que debía proceder de bienes judíos comprados a saldo cuando se ocuparon sus viviendas. El ansia de saber también llegó a la enseñanza. En 1979 se estrenó en Europa la serie Holocausto, que pese a su mediocridad llamó la atención y fue vista en Alemania por 20 millones de personas, la tercera parte de la población. Después de cada episodio había un debate de historiadores en el que al final la gente podía llamar. Holocausto se benefició del trabajo previo de escritores, documentalistas e historiadores. Poco después el Bundestag decidió que los crímenes contra la humanidad no podían prescribir. Y en 1982 vio la luz al fin la obra de Raul Hilberg La destrucción de los judíos europeos (Akal, 2005), el gran trabajo sobre la Shoá que tantas dificultades tuvo que superar hasta su publicación, contadas con detalle en la obra del mismo autor Memorias de un historiador del Holocausto (Arpa, 2019).

 

En 1985 el presidente democristiano Richard von Weizsäcker, que había alcanzado el grado de teniente durante la guerra, declaró: “El 8 de mayo [día de la capitulación alemana] fue un día de liberación. Nos liberó a todos del sistema de dominación nacionalsocialista, basado en el desprecio del ser humano. Debemos mirar la verdad de frente, sin adornos ni parcialidad, y tenemos la fuerza para hacerlo. (…). Nuestra memoria histórica debe ser la línea directiva de nuestra actitud y permitirnos realizar las tareas que nos esperan”.

En este sentido, la autora olvida que quince años antes, en 1970, durante una visita a Varsovia, Willy Brandt realizó un gesto de gran importancia histórica: arrodillarse ante el monumento que recordaba el levantamiento del gueto y pedir perdón por los crímenes cometidos por Alemania durante la Guerra Mundial. Todo ello facilitó que años después, en 1995, se organizara la exposición Guerra de exterminio. Crímenes de la Wehrmacht (1941-1944), que acabó de raíz con el mito del Ejército ajeno al terror nazi al mostrar su historial criminal, por más que provocó tal movilización por parte de la derecha que finalmente fue clausurada y reformada cuatro años después.[2] Lo cual no es de extrañar cuando hasta el mismo Helmut Kohl creía en la limpieza de la Wehrmacht. Por otra parte, en 2000, con el socialdemócrata Gedhard Schröder en la cancillería, se creó tras una serie de acuerdos internacionales la Fundación Recuerdo, Responsabilidad y Futuro, dedicada a indemnizar a los trabajadores forzados de diversos países europeos y dotada con más de 10.000 millones de marcos proporcionados a medias entre el Estado y más de 6.000 empresas privadas. Hasta ese momento habían vivido mejor los exnazis que los expresos. Además, al mismo tiempo que los medios de comunicación se abrían al debate social, bancos y empresas abrieron sus archivos a los historiadores, lo que lleva a la autora a decir que “los archivos también son una muralla contra el olvido”. En 2005 ministerios e instituciones públicas pidieron a “historiadores independientes” que trabajaran sobre su papel en aquellos años.

Hasta aquí las notas que fui tomando del libro de Geraldine Schwartz, que concluye con la idea de que sin los trabajos de memoria se acaba relativizando el fascismo. Es este el momento en que se pasa al epílogo firmado por José Álvarez Junco, anunciado en portada. El salto es de tal calibre que uno llega a plantearse si Álvarez Junco ha leído el libro y si las páginas que escribe no estaban pensadas para otra obra. Ajeno al libro y a lo que en él se trata, su obsesión parece ser resaltar una vez más la transición, como si esta tuviera algo que ver con lo ocurrido en Alemania. Resulta evidente que pertenece a esa generación que sacándola de ahí y del régimen que contribuyeron a crear se encuentran absolutamente descolocados. Es lógico pues que piense que fueron “los más inteligentes de la izquierda”, entre los que debe contarse, los que hicieron posible la transición.[3] No es extraño que Jordi Gracia aluda en un artículo reciente al “valent epíleg” (valiente epílogo) de Álvarez Junco.[4] Lo que no deja de llamar la atención es que en el espacio que dedica al caso español no haga la más mínima alusión a la evolución de la memoria histórica en España. Y digo esto porque en su currículum consta haber presidido la comisión interministerial que elaboró en 2007 aquello que impropiamente se dio en llamar “ley de memoria histórica” y haber sido vicepresidente de la surrealista comisión constituida en Madrid en la época de Manuela Carmena para la revisión del callejero, que acabó en otro sonoro despropósito.

Dicho esto, cabe explicarse que, cuando el 31 de marzo de 2020 el blog conversacionsobrehistoria publicó una reseña de Zita Arenillas sobre el libro de Schwartz, en un comentario escrito por Bartolomé Clavero se leyera: “¿Qué hace un amnésico español epilogando una obra contra los amnésicos europeos? Seguimos con el trampantojo de la memoria del nazismo encubriendo la desmemoria del franquismo”.

Desde España

¿Qué decir del caso español tras leer Los amnésicos? De entrada hay que plantear la gran diferencia entre Alemania y España, que no es otra que, al contrario que el nazismo, el fascismo español se perpetuó con el beneplácito de los aliados durante cuatro décadas y, llegado el momento, impuso el modelo de transición, basado en el retorno a la monarquía, la ley de (auto) amnistía, los “pactos de la Moncloa” en su vertiente económica, una constitución acorazada que dejaba el futuro encauzado y una ley electoral al servicio del bipartidismo. Todo ello conduce a lo que se conoce como el Régimen de 78, caracterizado por la restauración de la monarquía desaparecida por méritos propios en abril de 1931, por la consolidación de los poderes económicos que venían de la dictadura, por el olvido de los crímenes del fascismo y por favorecer que a partir de 1982 el país fuera regido durante décadas por un partido centrista que se sumó a las políticas de olvido y una derecha que nunca rompió con el franquismo.

Con ese modelo de transición aquí nunca se planteó la devolución de lo robado y mucho menos la salida de los franquistas de espacios tan sensibles como el judicial o el militar. De hecho, uno podía entrar en una dependencia militar y encontrarse en las paredes de los despachos fotos de Franco o Queipo. La gente que partió al exilio y perdió su patrimonio y tuvo que rehacer su vida a duras penas nunca recibió compensación alguna. En Mannheim fueron destruidas las sinagogas y asaltados los negocios y viviendas de los judíos; en España los golpistas, en su avance hacia Madrid, no solo asaltaron, saquearon y destruyeron lo que les vino en gana sino que pusieron en práctica un plan de exterminio que dejó la ruta sembrada de cadáveres. Leyes similares a las de Adenauer se resumen aquí en la ley de amnistía, pero no porque se pudiera producir un hipotético proceso de desfranquización sino preventivamente antes de la aprobación de la Constitución. Es decir, que si en Alemania permitieron que el Estado fuese ocupado de nuevo en porcentajes importantes por individuos de pasado nazi, en España se actuó de manera que nada alterara el orden establecido, de modo que el aparato de Estado franquista pasó íntegro a la democracia.

Con ese modelo de transición aquí nunca se planteó la devolución de lo robado y mucho menos la salida de los franquistas de espacios tan sensibles como el judicial o el militar

Lógicamente en España no hubo reparación alguna por daños materiales e inmateriales. Tal cosa solo existió para los vencedores tras la guerra. En 1978, mediante el llamado real-decreto ley “por el que se conceden pensiones a los familiares de españoles fallecidos como consecuencia de la guerra 1936-1939”, se trató de compensar a las familias de los desaparecidos pagándoles 1.172 pesetas al mes (7 euros), cuando el salario medio andaba por las 17.000 pesetas mensuales (102 euros). Hay que observar que el decreto limitaba las pensiones a quienes habiendo participado en la guerra “hubieran muerto en acciones bélicas o como consecuencia inmediata de las heridas en campaña”, aunque luego, en disposición adicional, se incluyera a “los que sin haber participado en acciones de guerra” hubieran muerto violentamente o hubiesen sido ejecutados.

Tantas vueltas para no reconocer abiertamente el verdadero objetivo del decreto, que no era otro que las víctimas de la represión franquista. Pese a disponer de medios para saber quiénes habían sido asesinados, el Estado obligó a las familias afectadas a demostrar que habían muerto, lo cual motivó un caos administrativo que afectó a ayuntamientos y juzgados, y que supuso la inscripción fuera de plazo de miles de personas, muchas de las cuales fueron inscritas por segunda vez dada la dificultad de localizar sus anteriores inscripciones en los Libros de Defunciones. En realidad hubiera bastado con que el Ejército, la Guardia Civil o la Policía proporcionaran los listados de víctimas que conservaban. Aunque tal cosa hubiera supuesto reconocer su implicación en aquellos crímenes contra la humanidad.

En España al único juez que intentó llevar justicia a las víctimas del franquismo, Baltasar Garzón, titular del Juzgado nº 5 de la Audiencia Nacional, le costó su expulsión de la carrera judicial. Representó una oportunidad perdida que hubiera puesto un buen final al movimiento en pro de la memoria iniciado en 1996 y consolidado a partir de 2002. Pero ni el poder político ni el judicial ni el mediático estaban dispuestos a permitirlo. En Alemania jugó un papel importante en el establecimiento de la verdad la masa documental que dejó el nazismo; en España los fondos relativos al denominado Movimiento, entre los que destacaban los de Falange, fueron destruidos en la transición por orden del entonces ministro de Gobernación Rodolfo Martín Villa, miembro de Falange durante la dictadura. La investigación del golpe militar y la represión siempre ha constituido un camino sembrado de dificultades y el proceso de apertura de los archivos, aún inacabado, ha sido un proceso lento y difícil. Los diferentes gobiernos han permitido que los cuerpos y organismos implicados en la represión hagan con su documentación lo que prefieran, desde administrarla a su antojo hasta destruirla. Si en Alemania los archivos constituyen una muralla contra el olvido, en España no han dejado de ser una muralla contra la memoria.

En España los fondos relativos al denominado Movimiento, entre los que destacaban los de Falange, fueron destruidos en la transición por orden de Martín Villa

La apología del franquismo nunca se había planteado hasta que recientemente la coalición PSOE-Podemos se mostró partidaria de hacer algo sobre esto. La respuesta mayoritaria de los juristas fue contraria a que se legislara en tal sentido, ya que, según decían, conculcaba la libertad de expresión y era por tanto inconstitucional. Sin embargo, en un país en el que tanto la derecha como la ultraderecha no han dejado de decir barbaridades contra el movimiento de memoria histórica y sobre las víctimas del franquismo, esto no soluciona el dolor que causan, sabedores de la impunidad de que gozan. De este modo, la doctrina del Tribunal Constitucional se aleja en este sentido de la de los países europeos, caso de Alemania, Francia e Italia, que, conscientes de su pasado y de que la libertad de expresión no debe existir para el fascismo cuando incurra en dicha apología, optaron por una “democracia militante” orientada a la autoprotección. No resulta extraño que unas instituciones judiciales procedentes del franquismo y estrechamente ligadas al poder político opten por no castigar la apología del golpismo y de la dictadura.

Si en Alemania se emitió la serie Holocausto en 1979, en España se pudo ver en 1987 el programa de treinta capítulos España en guerra, que con Manuel Tuñón de Lara a la cabeza reunió a un equipo de historiadores que pretendió abarcar todas las tendencias.[5] Tras cada capítulo, ya muy tarde, había un debate transmitido por la radio que mostró la ignorancia y el desconcierto con que algunos sectores de la sociedad española recibían esos contenidos. Al ser emitido los miércoles por la noche, tras el partido de fútbol que la TVE solía transmitir ese mismo día, el programa fue víctima de constantes cambios de hora, llegando a veces a emitirse a media noche. Igualmente, en diversas ocasiones, la emisión fue pospuesta a la semana siguiente. Unido a este maltrato, que mostraba la desgana con que la dirección de TVE afrontó el proyecto, la derecha y sus medios montaron una campaña permanente contra el programa, cuyo resultado fue que algunos de los historiadores que intervinieron fueron objeto de todo tipo de insultos y amenazas.[6] Ni la historia ni la memoria democrática tenían cabida en la España de 1987. ¿Cómo olvidar la declaración oficial del gobierno encabezado por González y Guerra en 1986, con motivo del 50 aniversario de la guerra civil, en la que además de honrar la memoria de los que dieron su vida por la libertad y la democracia, mostraban “su respecto a quienes, desde posiciones distintas a las de la España democrática, lucharon por una sociedad diferente a la que también muchos sacrificaron su existencia”.

El alumnado, salvo excepción, podía y puede acabar la Enseñanza Secundaria Obligatoria, e incluso sus estudios universitarios, sin tener ni idea de la historia reciente de su país

El impacto que tuvo en Alemania la obra de Raul Hilberg y el conocido por Historikerstreit (debate de los historiadores) en la década de los ochenta sobre el origen y desarrollo del nazismo hasta su derrota, mostró la importancia que la historia fue adquiriendo para la sociedad. En este contexto hay que situar la declaración de 1985 del presidente democristiano Weizsäcker celebrando el aniversario de la capitulación nazi y reivindicando la memoria histórica. El gran mito del Ejército inmaculado ajeno a los crímenes nazis caería a mediados de los noventa con la exitosa exposición sobre “Los crímenes de la Wehrmacht”. Todo esto culminará con la creación de la fundación que debía indemnizar a los trabajadores forzados con fondos tanto del Estado como de las empresas privadas. Solo resta decir que, desde los ochenta, los planes de enseñanza habían asumido la necesidad de mostrar a las jóvenes generaciones qué fue el nazismo. El historiador Ludger Mees estableció las bases para que la sociedad afrontara el pasado: la existencia de un debate académico sobre el tema, la implicación no partidista de las instituciones y la socialización de debate. Ninguna de ellas se dio en España.

En nuestro país las investigaciones sobre el golpe militar y la represión, temas sobre los que existía un vacío total, fueron abordadas tímidamente desde fines de los setenta. Pronto quedó claro que lo que se llamaba “Guerra Civil” no fue sino un calculado plan de exterminio en más de medio país. Como casi toda la Universidad se mantuvo al margen –no en vano los departamentos de historia estaban en manos por lo general de profesores allí instalados desde hacía décadas–, el trabajo hubo de hacerse por libre, con la participación de maestros, licenciados, profesores de Secundaria, etc. Al hacerse de esta manera, y debido a que los planes de estudios relegaban constantemente a un plano secundario la enseñanza de lo ocurrido en España entre 1931 y 1978, el resultado de las investigaciones no se trasladó a la sociedad. El alumnado, salvo excepción, podía y puede acabar la Enseñanza Secundaria Obligatoria, e incluso sus estudios universitarios, sin tener ni idea de la historia reciente de su país. En este contexto resulta impensable que algún gobierno adoptase una postura clara respecto al pasado y a la importancia de la memoria histórica. En la derecha, porque iría contra su esencia, y en el centro, por su ambigüedad, ya que, si Felipe González decidió “no mirar atrás”, el compromiso de Rodríguez Zapatero tampoco sirvió de mucho. El resultado es que la historia reciente viene a ser un campo minado que casi todos quieren eludir.

La investigación sobre los perpetradores, siempre posterior a la de las víctimas, se produce normalmente cuando aquellos han fallecido. En Alemania la exposición de 1995 antes comentada abrió una vía lenta y laboriosa que permitió adentrarse en el oscuro mundo de los que se sumaron a las prácticas violentas. En España ha sido más complicado, dado que la libertad de expresión choca con el concepto de derecho al honor que se coló en la Constitución, al que se acogen los familiares de personas implicadas en actos represivos para bloquear todo tipo de publicaciones. Prueba de ello son las demandas y querellas que desde los años ochenta han acompañado a las iniciativas que indagaban y exponían públicamente dichos crímenes.[7] Aunque ha habido algunos intentos de adentrarse en el mundo de los perpetradores, en el caso español quizás la comunidad más avanzada sea Navarra, pionera en cuestiones de historia y memoria con su proyecto Fondo Documental de Memoria Histórica de Navarra (UPNA).[8]

En cuanto a los medios de comunicación, al contrario que en Alemania, aquí no solo no han favorecido debate alguno sino que, conectados con la política como están, se alinean en general en el campo de la antimemoria. Casi todos los de papel y buena parte de los digitales son de derecha o extrema derecha y han jugado un papel clave en la promoción del revisionismo neofranquista. A la derecha española nunca le ha interesado crear canales de debate sobre el pasado reciente.

Final

Resulta impensable que la derecha española llegue a un acuerdo con alguien que no sea otra derecha similar o la extrema derecha (que de ella procede) sobre cómo afrontar el pasado y de qué manera debe plasmarse en los planes de enseñanza. Basta mirar los que ha habido desde la transición hasta ahora para darse cuenta de la imposibilidad de alcanzar un acuerdo común. Y del PSOE, que estuvo en el poder durante catorce años, ¿qué cabe decir? Fue este partido precisamente el que consolidó la posición dominante de la Iglesia en el campo de la enseñanza mediante el invento de los eufemísticamente llamados “conciertos educativos” (dinero público/gestión privada), medida que se pretendió vender como transitoria hasta que el Estado dispusiera de una red pública lo suficientemente amplia como para no tener que contar con los centros privados. No les debe haber dado tiempo, porque no han dejado de crecer y de imponer sus propios “idearios” con el visto bueno de los diferentes gobiernos. Y así seguimos con un país constitucionalmente aconfesional que subvenciona con dinero de todos la enseñanza católica y concede a la Iglesia un poder y una influencia que socialmente ya no tiene.

Creía Eisenhower que la desnazificación alemana no se produciría antes de cincuenta años. Hemos visto ese proceso, que llevó entre cuatro y cinco décadas. Hablamos de un país que sufrió una derrota total. ¿Cuánto tiempo tendrá que pasar para que España, donde el fascismo triunfó, afronte su pasado de manera que se pueda superar? ¿Cuándo se pondrá fin a la existencia de cientos de fosas comunes dignificando los restos humanos que contienen? ¿Cuándo se anularán las sentencias políticas dictadas por la maquinaria judicial militar franquista? ¿Cuándo se abrirán a la investigación todos los fondos documentales que cumplan los plazos legales? ¿Cuándo se dotará a los archivos del personal suficiente para que cumplan sus funciones? ¿Cuándo pasará toda la documentación de carácter represivo relativa al ciclo histórico 1931-1955 a manos civiles? ¿Cuándo se dedicará la atención que merece a la enseñanza de la historia reciente en la ESO? ¿Cuándo se reconocerá el carácter criminal y genocida de un régimen que, además de acabar con la vida de miles de personas sin procedimiento alguno, firmó más penas de muerte que Alemania e Italia juntas?[9]


Notas

[1] Debo estas reflexiones críticas al diálogo sobre el caso alemán con el profesor Georg Pichler, el cineasta Dietmar Post y la investigadora Eva Fernández.

[2] Sobre las vicisitudes de la exposición puede verse F. Miguel del Toro, “La exposición Vernichtungskrieg. Verbrechen der Wehrmacht 1941 bis 1944. El debate sobre los crímenes de la Wehrmacht”, en rev. KAMCHATKA, 16 (junio 2020), pp. 47-69.

[3] J. Álvarez Junco, “Recuerda que eres mortal”, El País, 9 de agosto de 2020.

[4] J. Gracia, “Penes y treballs de la memoria a l´Europa contemporània”, en política&prosa, nº 17, març 2020, pp. 92-94. Dada la particular lectura que Gracia ha hecho del libro de Schwartz, mostrada en poco más de una página, no es de extrañar que el epílogo de Junco le parezca valiente.

[5] Fueron F.F. Basterretche, J. Benet, A.M. Calero, G. Cardona, F. García de Cortázar, A. Cucó, J.M. Cuenca Toribio, G. Mir, A. Reig Tapia y Á. Viñas.

[6] Testimonio de Alberto Reig Tapia.

[7] Un recorrido por algunas de ellas puede ver en F. Espinosa Maestre, Callar al mensajero. La represión franquista, entre la libertad de información y el derecho al honor, Península, Barcelona, 2009.

[8] Sirva de muestra la obra de Fernando Mikelarena Sin piedad. Limpieza política en Navarra, 1936: responsables, colaboradores y ejecutores, Pamiela, Navarra, 2015.

[9] Cerrado el artículo, hace unos días se ha hecho público el “Anteproyecto de Ley de Memoria Democrática”, que ya anticipó Ángel Munárriz en Infolibre el 09/09/2020. En dicho anteproyecto se detallan algunos de los apartados: auditoría del expolio, reparación del trabajo forzado, nulidad de las resoluciones de los tribunales franquistas, localización y exhumación de fosas, fiscalía para la investigación de ciertos hechos producidos entre 1936 y 1978, banco de ADN, censo de víctimas, retirada de honores, extinción de las fundaciones pro franquistas, introducción de la memoria democrática en la ESO y acceso a los archivos. Sin duda el contenido alienta el optimismo de la voluntad, por más que las dudas en torno a los fondos que han de financiar tan ambicioso programa produzcan cierto pesimismo de la razón.

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Descifrando China

 

DESCIFRAR CHINA (II)

¿Capitalismo o socialismo?

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 CLAUDIO KATZ

28 SEPTIEMBRE 2020 | CAPITALISMO, CHINA, SOCIALISMO

Vientosur

 La gigantesca expansión de China es el mayor ejemplo contemporáneo del desarrollo desigual y combinado. Una economía retrasada convenientemente enlazada con el mercado mundial escaló en el ranking global, dejando atrás su status subdesarrollado. Capturó tecnologías e inversiones de las potencias más avanzadas y utilizó la baratura de sus recursos, para motorizar un inédito crecimiento con rentabilidades superiores al promedio global.

Con ese asombroso despegue se ubicó en el podio de las economías centrales, luego de aunar transformaciones internas con ventajosas inserciones en la globalización.Copió innovaciones, lucró con los costos inferiores que imperan en los países relegados y consumó una expansión sin parangón. Otras economías asiáticas también crecieron, pero sin esa intensidad y con poblaciones o territorios incomparablemente menores.

El principio del desarrollo desigual y combinado operó en un nuevo contexto de globalización. Ningún precedente histórico de la expansión china actual -Estados Unidos, Japón, Alemania o la Unión Soviética- presentó una conexión tan peculiar con el capitalismo mundial.

China retomó el lugar preeminente que ya tuvo en su milenaria trayectoria. Pero los vínculos de ese remoto pasado con el renacimiento actual no son nítidos. El despunte de la nueva potencia asiática obedece a varias especificidades contemporáneas.

Pilares, etapas y singularidades

La expansión china fue posible por la existencia de un pilar socialista previo, que permitió articular los modelos planificados y mercantiles en una sorprendente dinámica de crecimiento. Ese cimiento facilitó el salto productivo desde un piso muy bajo de subdesarrollo.

La conformación socialista inicial explica la acelerada industrialización de un país devastado por la guerra, que en 1949 tenía un PBI per cápita inferior a muchos países africanos. En tres décadas remontó ese atraso con espectaculares avances en materia sanitaria (erradicación de las epidemias y aumento de la esperanza de vida de 44 a 68 años entre 1950 y 1980). Lo mismo ocurrió en el plano educativo (reducción del analfabetismo del 80 % al 16% entre 1950 y 1980) o familiar (eliminación del patriarcado ancestral) (Guigue, 2018). Las grandes mejoras en la agricultura apuntalaron el despegue posterior.

La reversión del subdesarrollo con políticas económicas no capitalistas emparenta a China con la Unión Soviética y distingue su trayectoria del curso seguido por las grandes potencias de Occidente. Las estrategias socialistas demostraron una incuestionable efectividad, frente a un retraso extremo que tiene correlatos hasta la actualidad.  La segunda potencia del mundo todavía ostenta la posición 90 en el índice de Desarrollo Humano (Ríos, 2017). Es el principal proveedor comercial y acreedor financiero de Estados Unidos, pero tiene un PIB per cápita inferior a la séptima parte de su competidor (Watkins, 2019).

El pilar socialista aportó un gran sostén a los dos períodos de desenvolvimiento posterior. Entre 1978 y 1992 predominó una etapa de generalización de las relaciones mercantiles, con estrictos límites a la privatización y a la acumulación privada de capital. El agro fue protagonista de un modelo centrado en el mercado interno. Los dirigentes chinos comprendieron con anticipación el suicidio que implicaba socializar la pobreza. Captaron que la renuncia abrupta y total al mercado conducía al dramático rumbo transitado por Camboya (Prashad, 2020). Por eso retomaron las políticas de introducción del mercado en la gestión planificada, que primero experimentaron Hungría y Yugoslavia.

A mitad de los 90 se optó por otro curso de signo pro-capitalista. Se incentivó la privatización de las grandes empresas, la gestación de una clase burguesa y la integración a la globalización. Ese giro introdujo un cambio cualitativo en la economía, que comenzó a registrar los típicos desequilibrios del capitalismo (Lin Chun, 2009a).

El correlato social de esa segunda fase se verifica en los índices de inequidad. El coeficiente Gini retrata un aumento de la desigualdad superior al registrado en cualquier otra economía asiática (Roberts, 2017). Una nueva elite de millonarios ostenta su riqueza, exalta el lujo y estrecha vínculos con sus pares del exterior. Son los protagonistas de todos los escándalos de corrupción de los últimos años. Los grupos enriquecidos propagan la cultura de la mercantilización y del consumismo que asimila gran parte de la ascendente clase media. En el polo opuesto un enorme segmento de emigrantes rurales nutre la masa de trabajadores precarizados, que sostiene el crecimiento industrial.

El principal secreto de la altísima expansión china ha sido la retención local del excedente. Esa captura explica la ininterrumpida continuidad del proceso de acumulación. Una economía con niveles de apertura externa muy bajos forjó sólidos mecanismos para asegurar la reinversión local de las ganancias.

En el debut de esa capitalización la diáspora china fue cooptada para facilitar el desenvolvimiento interno. Por esa razón entre 1985 y 2005 fue artífice de las inversiones llegadas al país (Guigue, 2018). Su gravitación inicial perdió incidencia frente al despunte posterior de una clase capitalista en el propio país, que preservó la norma de reciclar los excedentes en el ámbito local.

El despegue chino obedeció, además, a una compleja mixtura de ingredientes internos y externos. La intensa acumulación local quedó enlazada con la mundialización, en circuitos de reinversión facilitados por el gran control a la salida de capitales. Los sucesivos modelos de transición socialista, expansión mercantil y parámetros capitalistas mantuvieron una elevada tasa de crecimiento. La diáspora brindó el puntapié inicial a un modelo productivo posteriormente enlazado con la globalización.

Ese esquema incluyó el pasaje de la fabricación inicial de manufacturas básicas a la elaboración de mercancías de nivel medio en la cadena de valor. Este avance se asentó en una absorción de tecnologías muy diferente a la pauta prevaleciente en el mundo.

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miércoles, 30 de septiembre de 2020

Rossana Rossanda

 

Las Memorias de Rossana Rossanda: para el libro blanco del comunismo en el siglo XX


El Viejo Topo

22.09.2020

Fuera de Italia el nombre de Rossana Rossanda empezó a ser conocido en 1969 a raíz de la expulsión del partido comunista italiano del grupo Il Manifesto. Desde entonces, y a lo largo de cuarenta años, su nombre ha quedado asociado a esta publicación, sin duda la más singular de las aventuras político-culturales del comunismo crítico en la segunda mitad del siglo XX. Singular porque, sin llegar a constituir propiamente un partido político comunista, Rossanda y sus compañeros de Il Manifesto han estado constantemente presentes, con sus análisis e intervenciones, en todos los acontecimientos políticos, socio-económicos y político-culturales de importancia para la izquierda revolucionaria en el mundo.

Para valorar en sus justos términos lo que ha sido esta aventura hay que tener en cuenta que hacia 1968 los comunistas se dividían por así decirlo en dos: los que pensaban que fuera del partido no había «salvación» (en términos cuasi religiosos) y los que estaban convencidos de que fuera del partido no había acción posible, al menos eficaz, para cambiar el mundo en un sentido socialista de acuerdo con los intereses de aquellos que se suponía que habían de ser sujeto de la revolución, los proletarios, los obreros de la industria. Hoy esto suena raro, pero sólo prestando atención a aquellas convicciones se puede entender bien el impacto que entonces tuvieron las palabras con las que Aldo Natoli, en nombre del grupo de Il Manifesto, se despidió del partido comunista: «Para ser comunista no hace falta carnet». De hecho, si se mira la cosa con una perspectiva histórica más amplia, aquella declaración que Rossanda compartía entonces y sigue compartiendo hoy, no debería haber resultado tan traumática como lo fue en el momento en que se hizo. Pues el fundador del comunismo moderno, Karl Marx, en el que decían inspirarse unos y otros, había sido un comunista sin partido (y sin carnet) la mayor parte de su vida. Solo que en las controversias políticas del momento esas cosas, relevantes para los historiadores, no solían tenerse en cuenta.

También esta historia ha conocido su paradoja: veintitantos años después de aquellos hechos Rossana Rossanda y los compañeros de Il Manifiesto expulsados del PCI seguían haciendo una publicación que se declaraba comunista mientras la dirección del partido que los había expulsado decidía dejar caer el viejo nombre y con él la cosa misma, o sea, el concepto de comunismo, obviamente deshonrado en varios lugares del mundo en los que se impuso el denominado «socialismo real», pero no precisamente en Italia. Así, en los últimos veinte años Il Manifesto de Rossana Rossanda pasó a ser uno de los pocos referentes explícitamente comunistas con eco internacional. Eso explica, entre otras cosas no menores (como la capacidad de análisis político y el haber sido una especie de periodista de guardia de los valores renovados de la tradición comunista durante años y años) que Rossana Rossanda haya acabado siendo un mito para muchas personas que, en Italia y fuera de Italia, conservaron sus ideales comunistas o los encontraron cuando sus mayores los abandonaban.

Y mito es justamente la primera palabra con la que Rossanda ha querido enfrentarse al escribir sus recuerdos en La ragazza del secolo scorso, cuya primera edición apareció en Italia hace tres años y que ahora acaba de ser traducida al castellano. A Rossanda, que ha defendido siempre un comunismo laico y que lleva décadas combatiendo toda versión religiosa, doctrinaria o dogmática del marxismo, esa palabra no le gusta ni siquiera cuando se pronuncia amablemente y con empatía. Los mitos, dice, son una proyección ajena con la que ella no tiene nada que ver; algo que desazona porque trae a la memoria las lápidas y que no puede aceptar una mujer que, como ella, se considera metida en el mundo, comprometida con su mundo y con su tiempo, a pesar de no tener partido, ni cargos, ni ser siquiera propietaria del periódico que ayudó a fundar.

Ya eso da una pista sobre la orientación de las memorias de Rossanda. No hay en La muchacha del siglo pasado nada que se pueda considerar contribución personal al enaltecimiento del mito. Si, a pesar de la declaración inicial de su autora, aún hubiera que conservar la palabra que emplean personas que le admiran se podría decir que la sustancia de este ensayo autobiográfico es la narración reflexiva de la vida de una mujer, protagonista de la historia del comunismo, antes de que su actuación y las circunstancias que han condicionado ésta la convirtieran precisamente en ese mito. Pues Rossanda habla en el libro de su infancia y adolescencia, de sus estudios universitarios, de su maduración política al final de la segunda guerra mundial, de su actividad como responsable de la política cultural del PCI, de la batalla de las ideas en las décadas de los cincuenta y los sesenta, de los encuentros y desencuentros ocurridos durante esos años y de muchas otras cosas interesantes, pero  termina su relato en 1969, en el momento de su expulsión del partido comunista, o sea, precisamente  en el momento en que empezó a ser conocida y reconocida fuera de Italia. Lo que vino después de la creación de Il Manifesto, los cuarenta años de singular aventura político-cultural que han hecho de ella una leyenda, queda fuera de consideración. Eso es, como ella dice al final del libro (tal vez anunciando su continuación), «otra historia».

Tampoco quiere Rossanda que La muchacha del siglo pasado sea leído como un libro de historia. Y, en efecto, no es un libro en el que la protagonista de la historia pretenda combinar y amalgamar los recuerdos propios de acontecimientos vividos con la reconstrucción historiográfica de los hechos, precisamente documentada, desde la perspectiva que da el tiempo pasado. En esto el libro de Rossanda se diferencia de otras memorias publicadas. Pues no son pocas las memorias de protagonistas de la historia del siglo XX en las que el que escribe o la que escribe se dedica a romper todos los espejos en los que sus contemporáneos se miraron (o dijeron que se miraban) para, al final, dejar intacto un único espejo, el que devuelve el rostro propio idealizado, el espejo del cuento de Blancanieves que dice siempre a la madrastra lo hermosa que es cuando se mira en él.

Rossanda sabe de los agujeros de la memoria personal y de las trampas de la memoria que se presenta a sí misma como reconstrucción fetén de los hechos históricos colectivos. Ha optado por narrar en primera persona, sin aducir documentos o papeles, a partir de los recuerdos propios y, casi siempre, claro está, reflexionando sobre los hechos que recuerda mejor, o a los que presta mayor atención, para valorar así lo que ella misma hizo (o creyó en su momento estar haciendo) y lo que hacían las personas y personajes con los que se relacionó en aquellos años. El resultado es un libro que combina la calidad literaria (como reconoció en 2005 el jurado del premio Strega), con la honestidad intelectual; un libro que responde, también en primera persona, a la pregunta que muchos pueden hacerse hoy, en la época del libro negro del comunismo: cómo se ha sido comunista y cómo se puede seguir siéndolo, a pesar de todo lo ocurrido y de que la misma persona que escribe es consciente de que está hablando de una historia que acabó mal.

En los primeros capítulos de La muchacha del siglo pasado, Rossanda narra sus recuerdos de la infancia y de la adolescencia en los años de la Italia fascista y de la guerra con una distancia tan calculada como apreciable, sin nostalgia de la edad feliz en años difíciles pero sin resentimiento por los primeros tropiezos, como para que el lector pueda tener desde el principio la idea de que, al menos en su caso, el comunismo no lo encontró en la casa familiar. Y en ese sentido no es casual que los primeros recuerdos que valora desde las alturas de la edad, por lo que anticipan, hayan sido, por una parte, la tendencia a escapar y, por otra, la atracción fatal por los tropiezos, atracción «evocada una y otra vez por los mayores como demostración de una personal inclinación a no estar en el mundo como dios manda».

Al escribir eso no está sugiriendo, sin embargo, la conformación en su caso de un carácter particularmente rebelde desde la más tierna infancia; lo cual ya dice mucho acerca de la madurez de la narradora. Como mucho dice, también, la tranquilidad de espíritu con  que reconoce, sin darle mayor importancia, sus relaciones de entonces con jóvenes fascistas, que era lo habitual, o la declaración de que antes de 1943 su imagen de los comunistas no haya diferido gran cosa de la que estaba difundiendo el régimen mussoliniano, sobre todo en los años de la guerra de España. Comunistas eran para ella entonces, como para tantos otros, «vengadores de los pobres, violentos y temibles».

Una idea, ésta, que iba a cambiar radicalmente aquel mismo año 1943, a partir de la relación que estableció con uno de los grandes intelectuales del momento, el filósofo Antonio Banfi, a través del cual se produjo su aproximación a los núcleos comunistas que animaban la Resistencia antifascista. Incluso al llegar ahí Rossanda  evita apuntarse medallas de las que predisponen favorablemente al lector para lo que va a venir después. No cuenta sus actividades juveniles en la Resistencia con tonos heroicos, sino más bien como una consecuencia de circunstancias, entre las cuales la más importante fue la sorpresa, confesada también, que produjo en la estudiante universitaria el descubrimiento del vínculo comunista del filósofo al que apreciaba intelectualmente en aquel momento: «Me vi metida. No tengo glorias de las que alardear, no pedí el diploma de partisana… Hice poco y con dificultad y errores».

De estas páginas, que corresponden a los cuatro primeros capítulos del libro, hay al menos dos cosas que querría subrayar. Una de ellas es el esfuerzo que Rossana ha hecho por captar y representar el ambiente cotidiano de la Italia de aquellos años a partir de la selección de los propios recuerdos de la infancia, adolescencia y juventud. En esas páginas anticipa lo que va a ser el tono general de todo el libro: veracidad y equilibrio en el juicio, incluso cuando se refiere a cosas, actitudes y personas que, evidentemente, no eran de su agrado. Ni siquiera le gustó que la pusieran «Miranda» de nombre guerra, cuando entró, en 1943, en el grupo comunista clandestino. Consideraba ese nombre «imbécil» [nome cretino], pero enseguida quita importancia al asunto.

La segunda de las cosas que llama la atención en esas páginas es la contención con que Rossanda aborda las relaciones familiares y afectivas. Da a conocer en ellas sus aficiones literarias y artísticas, sus lecturas, su llegada a la universidad para estudiar letras y los nombres de los profesores a los que allí apreció, pero dedica escasísimo espacio a lo que fue la propia educación sentimental y a la expresión de los sentimientos íntimos. De sus sentimientos respecto de los familiares más próximos dice poco y casi siempre de forma alusiva: de los padres, lo más relevante en el momento en que tiene que enfrentarse a su muerte; y de sus amores, de los varones con los que convivió, de los que fueron compañeros sentimentales (Rodolfo Banfi y K.S. Karol), apenas nada. (Tan poco dice que los editores de la obra en castellano, que se han tomado la molestia de añadir un índice de nombres citados, ni siquiera los han incluido en él).

Como sabemos, por otros libros suyos, de la importancia que con el tiempo Rossana Rossanda iría dando a la relación entre actividad política y educación sentimental, entre lo público y lo privado, así como de sus batallas en el ámbito del feminismo italiano, hay que pensar que esta brevedad, esta autocontención de la memoria, en todo lo que tiene que ver con la propia vida sentimental, no es olvido sino más bien consecuencia de una decisión pensada al escribir La ragazza del secolo scorso.

Puede que eso se deba a que este libro es sustancialmente, como ha dicho Mario Tronti en el prólogo a la segunda edición italiana, el relato de un gran amor malogrado, y que ese amor es el amor entre Rossanda y el PCI. O puede también que tal autocontención se derive de su particular forma de entender y de defender el papel de las mujeres en la historia, tan alejada del feminismo italiano de la diferencia, que exaltaba la conservación de los valores tradicionalmente considerados femeninos. Tronti, en el par de líneas que dedica al asunto declara esto «terreno minado» y pasa por ahí como de puntillas, para «no saltar por los aires», dice. Hay en esto, en cualquier caso, un rasgo de carácter que le impulsa a uno a vincular aquel recuerdo suyo del «escapar» y de los repetidos «tropiezos» de la infancia con la declaración ya madura, que Rossana  fecha en 1962, de un impulso que conduce, que la conduce, a la huida, a la vacilación, a la retirada: «El descubrimiento de que no escapaba de lo femenino. Desde entonces, cuando se trata de elecciones graves en la esfera pública reconozco el impulso de dar un paso atrás. Y no me parece esto una virtud pacifista, sino el reflejo de quienes durante siglos han estado fuera de la historia… Combatir pero en segundo puesto. No decidir en primera o última instancia… No un fin de los llamados saberes femeninos».

Una de las cosas más sugestivas de este libro es, para mí, precisamente lo que queda implicado en tal declaración, sobre todo si se la compara con lo que ha sido la vida política de su autora desde el momento en que dice que hizo ese descubrimiento hasta ahora. O sea: la tensión interior que sugiere aquella tendencia al paso atrás, a pasar a un segundo plano en el momento de las decisiones graves, en una mujer que, desde entonces y por la propia historia, ha tenido que estar tantas veces en el primerísimo plano de la esfera pública cuando tantos varones, aquellos de las decisiones en primera o en última instancia, vacilaban, se retiraban o negaban los ideales que un día defendieron.

En la parte central del libro, la que está dedicada propiamente al relato del amor malogrado con el PCI, a los años que van desde 1947 (momento en que Rossanda decide dedicarse preferentemente al trabajo político después de haber hecho una tesis académica sobre los tratados de arte entre la Edad Media y el primer Renacimiento)  hasta 1968, momento en el que empieza «la otra historia», hay recuerdos y reflexiones que, por su lucidez, pasarán seguramente a ser parte de la otra historia del comunismo del siglo XX; observaciones que por olvido, por oportunismo o por corrección política mal entendida, no han sido subrayadas convenientemente en estudios historiográficos documentados y que aquí son parte sustantiva del relato. Por ejemplo: el mal fario que le produjo el resultado del referéndum de 1946, en el que la República, según recuerda Rossanda, fue aprobada «por los pelos» cuando la ridiculez del rey era tan evidente; o la impresión negativa que tuvo ante las primeras elecciones regionales después de la guerra, en la que los comunistas fueron derrotados, a pesar del papel que habían jugado en la Resistencia. O, por poner otro ejemplo, el recuerdo de que, a pesar de su peso social y de lo que se ha dicho y repetido tantas veces después sobre el poder del partido, ningún comunista hubiera podido hablar en Italia ante los micrófonos de la radio y ante las cámaras de televisión hasta 1963.

Desde un punto de vista ya estrictamente político, son interesantísimos los recuerdos y reflexiones de Rossanda sobre su primer viaje a Moscú, todavía en vida de Stalin; sobre lo que representó para el PCI el XX Congreso del PCUS; sobre los acontecimientos de Hungría en 1956 (y la controversia entre el grupo dirigente del PCI y algunos de los intelectuales comunistas italianos entonces); sobre la pobre impresión que sacó del antifranquismo organizado durante su viaje a España a comienzos de 1962, poco antes de la huelga de los mineros de Asturias; sobre lo que vio en Cuba y de la revolución cubana después de la crisis de los misiles, en los meses en que se especulaba en la isla acerca del destino de Guevara; sobre el papel y la personalidad de Palmiro Togliatti; sobre el mayo francés de 1968 y sobre la llamada primavera de Praga, aquel mismo año, sofocada  en agosto por los tanques soviéticos.

Al hacer referencia a estos acontecimientos o asuntos, que Rossana vivió en primera persona o que marcaron su vida política a través de los debates y las controversias en el PCI, he escrito aposta, con intención, las palabras recuerdos y reflexiones. Pues uno de los rasgos que dan valor a esas páginas es que Rossanda construye el relato de los hechos a partir del recuerdo de acontecimientos vividos, o apasionadamente discutidos en su momento, pero reflexionando acerca de ellos casi siempre en dos niveles complementarios: narrando lo que pensaba o hizo ella misma en tal momento y añadiendo por lo general lo que ha llegado a pensar sobre tales asuntos al tener en cuenta acontecimientos posteriores o al volver sobre ellos en el momento en que escribe. Obviamente, esta forma de construir la narración presenta un riesgo, muy corriente y pocas veces superado en los libros de memorias: confundir lo que se pensaba en el momento con lo que se pensó después y atribuir a otros ideas, pensamientos, actitudes o posiciones que no se corresponden precisamente con lo que dijeron o hicieron entonces.

Pero lo más notable del libro de Rossanda, en mi opinión, es que en todas esas grandes cuestiones controvertidas en el movimiento comunista de aquellos años ha logrado distinguir bien entre lo que pensaba y lo que piensa al respecto. Y ha logrado, además, comunicar al lector esa distinción por el procedimiento de advertir sobre la marcha, y sin cortar el relato, cuándo y por qué cambió de opinión, o explicando con verosimilitud y claridad los motivos por los que ahora, cuando escribe, en 2005,  piensa que también ella, como parte que era del movimiento comunista, erró, se equivocó o fracasó en tal o cual momento. Hay una imagen en el libro, cuando Rossanda está contando los avatares de los años sesenta, que me parece muy ilustrativa y que enlaza además con aquello de los «tropiezos». Es la imagen de la lagartija. Dice Rossanda: «Por entonces me pasó, a mí y a otros muchos comunistas, como a la lagartija a la que el gato mordió el rabo: que volvió a crecerle. Lagartija me parece un término apropiado. No he sido un animal de bosque, ni siquiera un gato montés, pero espero que tampoco una gallina».

Tan interesante como lo anterior: Rossanda ha construido el relato de sus recuerdos escribiendo desde la conciencia de la derrota, con el mismo espíritu crítico de su juventud y, sin embargo, con un respeto exquisito por la mayoría de los personajes con los que se discutió o de los que discrepó en el momento de los hechos que cuenta. Esto es de admirar, por raro en las memorias de los protagonistas de la historia del movimiento comunista, en las cuales, como es bien sabido, ha habido mucho cainismo y no poco veneno. Ahí veo yo la prolongación madura de aquel no estar en el mundo como dios manda que le atribuían en la infancia. El ejemplo más patente que se puede aducir a este respecto, aunque no sea el único, es la consideración con que Rossanda ha tratado, en La muchacha del siglo pasado, a Palmiro Togliatti, el personaje más citado a lo largo del libro, como, por lo demás, es natural teniendo en cuenta el papel que éste desempeñó en el PCI y en la vida política italiana. La advertencia sobre el paso del recuerdo a la reflexión es aquí meridiana: “En la década de 1970 le critiqué tanto como hoy le revalorizo, una vez aceptado que su objetivo no fue derribar el estado de cosas existente sino garantizar la legitimidad del conflicto. “

Es difícil decir tanto en tan pocas palabras acerca de lo que se pensaba y de lo que se piensa para dar al mismo tiempo en el clavo sobre el auténtico papel político del personaje, aquel mismo personaje que  había espetado un día a la disidente: «Pero aquí ¿quién es el secretario del partido, tú o yo?». El juicio, la valoración política y la reflexión sobre el ayer y sobre el hoy se superponen, pues, en la forma que se considera más positiva posible. Positiva, desde luego, para quien quiera seguir pensando en la actualidad de los problemas del comunismo sin echar la tradición por la borda y sin renunciar, por otra parte, al espíritu crítico.

Hay otros muchos pasos de parecido tenor en el libro, pero mencionaré, para terminar, uno solo que creo particularmente ilustrativo a la hora de valorar el respeto por los otros y el equilibrio en que ha desembocado al fin aquel amor desgraciado. Está ya al final del libro y se refiere justamente al momento tal vez más decisivo en la vida política de Rossana Rossanda: la narración de los orígenes de Il Manifiesto, lo que incluye su relación con Enrico Berlinger en aquellos días de 1969 y la expulsión del PCI de su propio grupo. Después de recordar las ya mencionadas palabras de Aldo Natoli en la reunión del comité central en la que se decidió la expulsión del grupo, Rossanda ha optado, también aquí, por no hacer sangre a destiempo: llama «amigos» a algunos de los que entonces levantaron la mano para expulsarles; deja claro que, de todas formas,  el grupo de Il Manifesto era «otra cosa», una cosa distinta de aquel PCI; y acaba la narración así: «No he vuelto a contar los votos. No estaba resentida, ni, a decir verdad, conmocionada […] Ya no éramos de los suyos, de los nuestros».

De los suyos, de los nuestros: ahí está la clave.

He dicho arriba que, por forma y tono, estos recuerdos de Rossana Rossanda nada tienen que ver con la socorrida reconstrucción del espejo que siempre dice lo hermosa que es quien se mira en él. El espejo en el que se mira Rossanda es otro. Mario Tronti ha escrito que hay que fijarse en la foto de la cubierta del libro (que se reproduce, ampliada, en la edición castellana) y ve en ella otra representación de la melancolía. Comparto la observación: ese precioso movimiento del alma sensible, la melancolía, recorre como un hilo rojo las páginas que Rossanda ha dedicado al amor desgraciado y al conflicto interior que produce el desfase entre lo que se pudo hacer y lo que se hizo realmente, entre lo que se quiso y lo que no fue posible. Sólo añadiría a la observación de Tronti que, en este caso, la lucidez del análisis que acompaña la imagen de la melancolía no remite necesariamente al lector a aquella profunda tristeza que la palabra denota. Al contrario: el lector con convicciones, el lector que haya tenido conciencia de la tragedia del comunismo del siglo XX, aún cerrará el libro de la muchacha del siglo pasado, de la comunista sin carnet, esperanzado. Pues, como dice ella, también nosotros habremos aprendido que no todo lo que no ha funcionado históricamente era políticamente erróneo.

 

Fuente: Reseña de las Memorias de Rossana Rossanda La muchacha del siglo pasado, escrita por Francisco Fernández Buey y publicada en el nº 27 (2008) de la revista valenciana de pensamiento contemporáneo Pasajes (págs. 123-129). Incluido en el libro de Fernández Buey 1917. Variaciones sobre la Revolución de Octubre, su historia y sus consecuencias. 

 

Que me la juego. A suerte y verdad. Me voy a liar a pensar por mí mismo, y si me pasa algo por pensar que me pase, que sea lo que Dios quiera. ¡A tomar polculo la bicicleta! Ahí voy: es blanco pero ya no va en botella, ahora va en garrafones de 25 litros… Me barrunto que es la misma leche de siempre. Y que como no me moje el culo no hay peces… ¿Esto que querrá decir…? Mojadura…, culo…, peces… Pues, no, no caigo ahora. Pero bueno, tampoco voy tan mal para ser la primera vez que me pongo a pensar.

 

Epidemia de saqueos. Fuera ladrones de la sanidad


En estos meses, políticos de todos los colores han tomado medidas contrarias a lo que dicta el sentido común y lo que clamaban los trabajadores sanitarios

Por CAS Estatal

Kaos en la red

 Sep 30, 2020

 En estos meses, políticos de todos los colores han tomado medidas contrarias a lo que dicta el sentido común y lo que clamaban los trabajadores sanitarios. Nos han aplicado, como vienen haciendo desde hace años, la medicina equivocada. No se ha potenciado la atención primaria, ni los laboratorios, ni las UCIs. No se han contratado los rastreadores necesarios, ni se han incrementado las, ya de por sí, escuálidas plantillas. Los miles de millones de euros, extraídos de nuestros impuestos y repartidos entre las diferentes administraciones sanitarias no han servido nada más que para llenar los bolsillos de las empresas y personajes que llevan años esquilmando la sanidad. Todo legal gracias a que unos ejecutan las medidas que llevan al desmantelamiento y al colapso de los dispositivos sanitarios, y otros las permiten al mantener el entramado legal. Sin embargo, los sectores más dinámicos han estallado en barrios y pueblos.

 Hemos comprobado que ni la masacre de las residencias, ni los muertos producidos por la falta de respuesta del sistema a las patologías No Covid, les importan. Ahora de nuevo es muy probable que los que estén en primera línea pueden verse de nuevo obligados, por falta de medios, a decidir a quién intentar salvar la vida y a quien no. Nos han llevado a la segunda ola, con premeditación, no es incapacidad.

Nos podemos indignar, pero no es suficiente. De nuevo habrá muertos que podrían haberse evitado, centenares de miles de trabajadores al paro, desahucios, pobreza, dolor… sobre todo repartido entre los de siempre, la clase trabajadora. Y el sistema sanitario saldrá más desmantelado, con pavorosas listas de espera, y los seguros privados frotándose las manos ante el negocio que se les abre ante sus ojos.

Este es un problema nuestro, si lo dejamos en las manos de quienes nos han traído a esta situación, nos arrepentiremos. Ahora más que nunca, es una necesidad salir a la calle para expulsar a los ladrones y defender el sistema público de salud. El próximo sábado 17 de octubre, organízate en tu barrio o localidad, sal a la calle, la lucha es el único camino.

Nunca más muertos evitables, Nunca más negocio con la sanidad.

¡Derogación de la ley 15/97 y del artículo 90 de la Ley General de Sanidad!

http://www.casmadrid.org/images/campanas/nunca_mas_muertes/1-PUNTOS%20y%20MANIFIESTO%20NUNCA%20MAS.pdf


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¡Ultima Hora! El Ejército S1rio Derrota al Ejército Turco en Idlib en Tr...