sábado, 27 de junio de 2020

Salvador Allende




CHILE. Allende sin pedestal (aniversario 112 de su natalicio)

INSURGENTE .ORG / 26/06/2020 

Salvador Allende nació el 26 de junio de 1908, hace 112 años. Pero está vivo en el alma del pueblo que lo considera uno de sus héroes.

Sus críticos lo llamaban ‘El Pije’ porque era muy cuidadoso en el vestir. Eso gustaba a las mujeres y a Allende le gustaban las mujeres. Siempre fue valiente, no solo el 11 de septiembre en La Moneda. En 1952 se batió a duelo con el senador Raúl Rettig. Dispararon a matarse una fría madrugada de agosto. Para el público el motivo fue lavar injurias, para los íntimos, un lío de faldas.

Sus familiares y amigos lo llamaban ‘El Chicho’. Luchó toda su vida para ser Presidente de la República. Candidato cuatro veces. La primera en 1952 obtuvo 5,4 por ciento de los votos, la nada misma. No se rindió. Él mismo acuñó el chiste de la lápida de su tumba: ‘Aquí yace el Dr. Salvador Allende, futuro Presidente de Chile’.

Tenía un olfato político extraordinario. En su tercer intento, 1964, todo parecía indicar que triunfaría. A media mañana, en las puertas de un recinto electoral, nos dijo al Negro Jorquera y a mí -eufóricos por el ambiente de victoria que se respiraba-: ‘No, cabros, vamos a perder otra vez?’.

Y así fue. Aunque Allende logró 38,92 por ciento, lo aventajó el demócrata cristiano Eduardo Frei Montalva, cabalgando una campaña del terror que le costó (a la CIA) seis millones de dólares.


La tenacidad de Allende era admirable. En 1964 lo acompañé -como redactor político de ‘El Siglo’- en la elección complementaria de un diputado en Curicó. Detrás de cada candidato estaban Allende, Frei y el radical Julio Durán, apoyado por la derecha. A diario había mítines en pueblos y caseríos de la provincia.

En las mañanas Allende salía a recorrer los campos en su vehículo provisto de un altavoz. Donde veía un grupo de campesinos labrando la tierra se detenía y dirigía a ellos: ‘Compañeros, buenos días, les habla el doctor Salvador Allende?.’.

Y seguía un breve discurso en tono coloquial sobre la reforma agraria, la nacionalización del cobre y otros cambios que necesitaba Chile. La semilla política quedaba sembrada.

La elección complementaria la ganó el candidato socialista. Pero eso motivó que la derecha se volcara a favor de Frei. Corrían ríos de dinero y toneladas de mentiras.

Pero Allende no levantó bandera blanca. Representaba una Izquierda vigorosa con un programa socialista acorde a la realidad del Chile de entonces. Un ‘socialismo con sabor a empanadas y vino tinto’. La piedra angular: la nacionalización del cobre.

En el plano regional la Revolución cubana iluminaba nuevas esperanzas. En septiembre de 1970 Allende recibió el 36,6 por ciento de los votos. La decisión quedó en manos del Congreso Pleno y se tejió una conspiración que permitiría la reelección de Frei después de un gobierno express de Jorge Alessandri. La CIA armó un comando terrorista que en octubre asesinó al comandante en jefe del Ejército, René Schneider.


Allende firmó entonces un pacto de garantías democráticas para obtener los votos de la Democracia Cristiana. Una camisa de fuerza que luego serviría a la oposición para una sucesión de acusaciones constitucionales contra ministros, intendentes y el propio Presidente Allende, que dio cobertura al golpe de 1973.

Al grupo de amigos de suma confianza de Allende, lo llamaban la ‘Orden del Baño’. Entre ellos Víctor Pey, Manuel Mandujano, Jaime Faivovich y los periodistas Augusto Olivares y Carlos Jorquera. Los tres últimos mis compañeros en ‘Punto Final’.

A veces Allende participaba en nuestras reuniones en el departamento de Faivovich en Pedro de Valdivia Norte. Valiente en todos los terrenos, arriesgaba todo su capital político cuando lo veía necesario.

Lo demostró en 1968: era presidente del Senado y acompañó a Tahití a Pombo, Urbano y Benigno, los cubanos sobrevivientes de la guerrilla del Che, lo que desató una virulenta campaña en su contra.

Cuando ‘el doctor’ se transformó en el ‘compañero Presidente’ estuve con él en algunas ocasiones. Una vez recibí una invitación a cenar en la casa de calle Tomás Moro. También estaban su hija Beatriz (la Tati) y el novelista Jorge Edwards. Nunca supe para qué me invitó.

En su novela ‘Persona non grata’, la imaginación de Edwards me hace aparecer como un ‘comisario político’ encargado de dar visto bueno a su designación como ministro consejero de la embajada de Chile en La Habana. La verdad es que yo no tenía idea de su nombramiento, por cierto un error de Allende.

Otra vez fue cuando estuvimos a punto de ir a una huelga en ‘Noticias de Última Hora’, diario propiedad del Partido Socialista. Para evitar el escándalo político que significaría, el Presidente Allende nos llamó a la directiva del sindicato a La Moneda. Nos sacó el compromiso de llegar a un acuerdo con la empresa. Lo que no supo fue que no teníamos intención de llegar ir al paro, sólo presionábamos por un arreglo mejor.


Luego fue en la primera Asamblea de Periodistas de Izquierda, en abril de 1971. Presidí la comisión organizadora y Felidor Contreras era el secretario. Ambos hicimos los discursos de rigor y luego habló el Presidente. Un discurso que abarcaba las rutas probables de un periodismo libre y democrático, compañero de las luchas del pueblo.

Fue una Asamblea histórica: baste decir que la delegación más numerosa era de periodistas de ‘El Mercurio’ y que las deliberaciones las presidió Eliana Cea, redactora política de ‘La Segunda’.

Bueno, sí, eran otros tiempos. Pero quién asegura que no volverán. Con otros nombres, nuevas ideas y otras propuestas. Pero con el coraje y lealtad al pueblo que tuvieron Salvador Allende y otros héroes de nuestra Izquierda.

(Manuel Cabieses Donoso / Revista Punto Final y PL)

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En Argentina como en España o en Bilbao, que es un Barrio de Utebo, Zaragoza, de la crisis capitalista no se puede salir dentro de los parámetros capitalistas. La cosa es: blanca y en botella. Claro que, para ello hace falta un gobierno que no fie la solución del problema a la maestria del repique de las castañuelas.



El caso Vicentín, una prueba de fuerza para dar vuelta al modelo del neoliberalismo en Argentina


Por Andrés Ruggeri / Argentina
Rebelión
Fuentes: La Tizza

El caso de la anunciada estatización del grupo agroexportador Vicentín sacude a la Argentina y trasciende sus fronteras, en un contexto de aguda crisis económica mundial, que en la nación suramericana se suma al desastre dejado por el gobierno de Mauricio Macri. Una prueba de fuerza en que la derecha intenta llevar al gobierno recién asumido a la defensiva mientras intenta reparar un enorme fraude contra el Estado y la economía argentina.

El lunes 8 de junio el presidente argentino, Alberto Fernández, anunció junto a Matías Kulfas, su ministro de Desarrollo Productivo, una medida impensada: la intervención estatal de una gran empresa privada y la intención del gobierno de enviar al Congreso un proyecto de ley para su expropiación. Después de cuatro años de ultraneoliberalismo del gobierno de Mauricio Macri, la noticia cayó como una bomba en la política argentina. No solo por la estatización, sino porque se trata de Vicentín, uno de los más grandes grupos económicos de capitales nacionales que opera en el sector agroexportador, es decir, el sector que históricamente proporciona el grueso de las divisas provenientes de las exportaciones, eje central de los conflictos y disputas por la renta desde la consolidación del Estado-Nación en la segunda mitad del siglo XIX.

Mientras el anuncio generó entusiasmo en los seguidores del nuevo gobierno, que vieron confirmada así la voluntad de avanzar en una vía no neoliberal y con amplia participación estatal en la economía en tiempos de enorme zozobra provocada por la pandemia mundial de la Covid-19, despertó en cambio airadas reacciones en la derecha argentina. Se repite así la situación que se dio cuando la nacionalización de Repsol-YPF en el gobierno de Cristina Kirchner, aunque en aquel caso se trataba de una empresa asociada de manera simbólica a la independencia económica, la compañía nacional de petróleo Yacimientos Petrolíferos Fiscales, privatizada en los años noventa por Carlos Menem. El anterior gobierno kirchnerista había avanzado en la reestatización de empresas públicas en su forma original y privatizadas durante el anterior período neoliberal: además de YPF, otras empresas como Aguas Argentinas —ex Obras Sanitarias de la Nación— o Aerolíneas Argentinas, pero no en otras áreas privatizadas como las telecomunicaciones o la electricidad. Es decir, en el período de Néstor y Cristina Kirchner el Estado había recuperado centralidad y posiciones, pero sobre empresas antes estatales, y ni siquiera sobre todas las privatizadas durante los noventa, pues la mayor parte de las estatizaciones ocurrieron por graves irregularidades de las concesionarias y frente a la ausencia de capitales privados dispuestos a reemplazarlas o, como en el caso de Repsol-YPF o las AFJP —Aseguradoras de Fondos de Jubilaciones y Pensiones—, por la grave pérdida que estaban ocasionando al patrimonio público y a la capacidad del gobierno de avanzar en las líneas maestras de su política económica.

Tampoco Macri, desde el polo opuesto, había avanzado para revertir estas nacionalizaciones. Su política fue, en cambio, el boicot de las empresas públicas desde el propio gobierno, desfinanciándolas y beneficiando a sus competidoras para hacerles perder mercado y forzar, con posterioridad, su reducción a meras empresas marginales o su nueva privatización. Si esos eran los planes, la derrota electoral los frustró, pero el efecto fue que, tanto Aerolíneas Argentinas como otras compañías públicas, llegaron en pésimas condiciones al cambio de gobierno.

Sin embargo, desde el primer periodo peronista de los años cuarenta y cincuenta del siglo pasado no se veía a un gobierno proclamar la voluntad de estatizar una empresa que no fuera una de las viejas y emblemáticas empresas públicas, operantes en las comunicaciones — trenes, teléfonos, correos— o en la industria pesada —como la siderúrgica SOMISA—. Tampoco se trata de una empresa en expansión o una compañía monopólica a estatizar para buscar el dominio de ese resorte económico. El grupo Vicentín no responde a las características clásicas que el Estado keynesiano usualmente estatizaría para tomar control de un área decisiva de la economía, ni una empresa próspera, pues iba camino a una quiebra casi segura, si bien provocada de manera intencional por sus propios directivos. Es, en cambio, solo uno de los diez grupos que dominan las exportaciones de granos, uno de los cuatro de capitales argentinos. Entonces, ¿por qué el gobierno de Alberto Fernández se arriesgó a un conflicto con uno de los sectores más poderosos de la clase dominante y que evoca al célebre «conflicto del campo» que en el año 2008 casi hacer caer el primer gobierno de Cristina Fernández? ¿Cuál es la conveniencia y la verdadera razón de expropiar Vicentín y convertirse en el blanco de las acusaciones destempladas de una derecha que, a nivel mundial, está más radicalizada y violenta de lo habitual en las últimas décadas, recuperando en su lenguaje y actitudes la hostilidad y agresividad contra el «populismo» y el «comunismo»? ¿Por qué hacerlo en medio de una pandemia, con una actividad económica paralizada en un 50 o 60 por ciento? Y, finalmente, cuál será el resultado de esta prueba de fuerzas: ¿avanza hacia una estatización, se queda a medio camino o fracasa en el intento?

Estas preguntas no son ociosas. A partir del anuncio del presidente se inició una confrontación política que el gobierno intenta reducir, mientras lo más radicalizado de la oposición quiere escalar hasta llegar a una batalla por todo o nada. En tiempos en que el mundo ve a una izquierda o centroizquierda apenas moderada, tímida, y una derecha cada vez más ultra y lanzada a posiciones que semejan un fascismo invertebrado, que a lo sumo articula prejuicios y defensa clara de intereses inconfesables, el todo o nada para el proyecto político del gobierno es casi decisivo en caso de derrota, mientras que para la derecha representaría solo un «nada» hasta la próxima oportunidad. El mérito de la oposición es haber convertido las dudas e improvisaciones del plan gubernamental en la posibilidad de dar esa pelea a fondo, surgida de una de las tantas consecuencias de su accionar en el gobierno hace apenas unos meses.

Ascenso y debacle del grupo Vicentín

Vicentín es un grupo de empresas que actúa en el rubro de la exportación de granos, de manera preferencial soja y otros cereales, y sus derivados, integrando una cadena que agrupa a productores agrícolas de las zonas más ricas de la Pampa húmeda de las provincias de Santa Fe y Córdoba. El grupo además está diversificado y posee fábricas de hilado de algodón, frigoríficos faenadores[1] de carne vacuna, destinados en su mayoría a la exportación, algunos complejos agroindustriales y participación en sociedades conjuntas con grupos internacionales, como la productora de biodiésel Renova, en asociación con la compañía suiza Glencore. Además, Vicentín tiene varias filiales y posesiones en otros países, entre las que se destacan Vicentín Uruguay y Vicentín Paraguay. El grupo nació a fines de los años veinte en la localidad de Avellaneda, que no es la famosa ciudad del Gran Buenos Aires cuna de dos de las grandes instituciones del fútbol argentino, sino una pequeña ciudad en el norte de la provincia de Santa Fe, zona agropecuaria en la llamada «pampa gringa», caracterizada por las colonias de agricultores migrantes europeos que llegaron al país en oleadas entre la segunda mitad del siglo XIX y la Segunda Guerra Mundial.

De esos humildes comienzos, las familias fundadoras (Vicentín, Padoan y Nardelli, nombres que todavía se encuentran entre los propietarios de la empresa) fueron desarrollando una compañía pujante que recién encontró su despegue haciendo negocios con la última dictadura militar. No por casualidad, los actores clave de la clase dominante argentina en la actualidad son, en gran medida, los empresarios que multiplicaron sus patrimonios y negocios en los años del terrorismo de Estado, entre ellos la familia Macri (SOCMA), la familia Rocca (Techint), el grupo multimedios Clarín y, también, el caso que nos ocupa. A partir de esos contactos con los militares, tomando préstamos al exterior no devueltos y luego convertidos en deuda pública al final de la dictadura (también Vicentín tomó dos millones de dólares, una cantidad «insignificante» en el conjunto de 30.000 millones que dejó de deuda externa el «proceso» militar, pero una inyección decisiva para su desarrollo) y logrando diversas ventajas para el crecimiento de la empresa, la vieja Vicentín se fue convirtiendo en un poderoso grupo económico que, con el boom de la exportación de soja y el desarrollo del agronegocio, se elevó a los primeros planos de la economía argentina. Nótese el detalle: de la estatización de deuda privada por el Estado argentino jamás se quejaron los que hoy braman contra la supuesta implantación del comunismo.

Al asumir Mauricio Macri la presidencia, Vicentín ocupaba el lugar decimonoveno entre las grandes empresas del país y la cuarta posición entre los exportadores de granos, con un volumen de 3.000 millones de dólares anuales de facturación. En 2018, ya con el mandato de Macri avanzado, y antes de empezar a tomar créditos en forma desaforada en distintas instituciones bancarias, pasó a ocupar el sexto lugar entre las primeras 200 empresas y el primero entre los exportadores de cereales, junto con los grandes del agronegocio a nivel mundial, como Cargill o Dreyfuss. Sus ventas, que eran en el 90 por ciento al mercado exterior, ya estaban en el orden de los 5.900 millones de dólares anuales.[2] Los hermanos Sergio y Gustavo Nardelli, sus más notables directivos, se convirtieron en hombres muy cercanos al presidente, que premió al sector agroexportador con la quita de las retenciones a la exportación de la mayor parte de los productos y una rebaja sustancial en las que gravaban la soja. Además, Macri quitó toda regulación a los exportadores para liquidar las divisas en el país, lo que permitió a los grandes jugadores del sector vender su producción y dejar todo o casi todo el producto en divisas fuera de la plaza cambiaria local, generalmente en paraísos fiscales.

Todas estas medidas acentuaron la incapacidad del Estado de tener un mínimo control sobre las exportaciones agropecuarias, las más rentables de su economía, pues además de todos esos beneficios la subfacturación era —es— una práctica habitual. En el caso de Vicentín, una de las cuestiones que la crisis de la compañía sacó a la luz es la utilización de las empresas gemelas en Paraguay —en lo principal— y Uruguay para evadir impuestos, haciendo pasar exportaciones de granos argentinos como si fueran de esos países a través de operaciones ficticias entre sus filiales. En el caso de la sucursal de Paraguay la estafa era flagrante: la empresa paraguaya exportaba por 200 millones de dólares que no tributaban impuestos ni en Paraguay ni mucho menos en Argentina, con una estructura de seis empleados en una oficina en Asunción. El secreto a voces era que los barcos salían vacíos del Paraguay, bajaban el río Paraná hasta los puertos privados de la empresa y se cargaban con granos sin declarar en Argentina, que salían como exportaciones paraguayas. De esta manera, se contrabandeaba parte de la producción para la exportación sin rendir cuentas a nadie, ni siquiera en las ampliamente favorables condiciones del macrismo.

Por último, el grupo Vicentín comenzó a pedir abultados créditos a instituciones financieras nacionales e internacionales y acumuló una deuda inexplicable para una empresa exitosa y en crecimiento. En especial a partir de la derrota de Macri en las elecciones primarias de agosto de 2019, el grupo comenzó a recibir dinero del Banco de la Nación Argentina —BNA—, la banca pública más importante, presidido en ese tiempo por un conspicuo e histórico funcionario al servicio del capital financiero, Javier González Fraga. Estos préstamos se aceleraron luego de la definitiva victoria de Alberto Fernández en octubre del año pasado. Ya sabiendo que se iban del gobierno y de la presidencia del Banco Nación, González Fraga hizo aprobar a escondidas de su propio directorio créditos por unos 400 millones de dólares que Vicentín recibía y giraba al exterior. Se consumó así una gigantesca estafa, una maniobra desembozada de fuga de capitales a costa del Estado argentino como pocas veces antes se había visto, pero que no desentonó con lo que parece haber sido la tarea principal del gobierno macrista: un informe del Banco Central de la República Argentina estimó hace pocos días que, de los 100.000 millones de dólares de deuda externa que generó la presidencia de Macri, nada menos que 86.000 millones fueron a parar a cuentas y paraísos fiscales en el exterior.[3]
El 5 de diciembre de 2019, a solo cinco días del cambio de gobierno, el grupo Vicentín anunció de manera repentina que entraba en «estrés financiero», un llamativo eufemismo para la cesación de pagos. La deuda acumulada, entre bancos extranjeros —un 40 por ciento—, bancos nacionales, principalmente los bancos del Estado —30 por ciento— y productores y proveedores, ascendió a unos 1.800 millones de dólares. Una nueva maniobra de acumular, endeudarse y pasar el costo al Estado se había consumado.

¿Justicia financiera o batalla por la supervivencia?

Al asumir el nuevo gobierno, en medio de una crisis económica monumental signada por la cuantiosa deuda dejada por el gobierno saliente — incluyendo uno de los mayores préstamos otorgados por el Fondo Monetario Internacional en toda su historia—, se encontró con la sorpresa del enorme financiamiento que el Banco Nación había dado a una empresa que se declaró en convocatoria de acreedores apenas dejó de recibirlos. El crédito dado por el banco estatal equivalía al 20 por ciento de sus activos, lo que lo dejaba en una situación complicada para el papel de dinamizador económico que el nuevo gobierno tenía pensado para el BNA. Al mismo tiempo, Vicentín había dejado en la estacada a sus principales proveedores, a los cuales obligaron a entregar materia prima hasta casi el mismo día de declararse en «estrés financiero», sabiendo perfectamente que no iban a pagarles. Esto dejó un tendal de víctimas entre los productores agropecuarios de la zona que les proporcionan los granos al grupo, muchos de ellos pertenecientes a las cooperativas agrarias.

El Estado nacional, como uno de los principales acreedores de la empresa, comenzó a manejar la idea de la intervención o expropiación, pero no solo para recuperar sus pérdidas, sino para evitar la destrucción de un entramado productivo que, a pesar de su historia de fraudes y extorsiones, representa un grupo de capitales nacionales en medio de un rubro de la economía cada vez más extranjerizado. Además, un sector decisivo en el mercado exportador y en la provisión de las divisas que el país necesita y que el gobierno de Macri, al igual que en todos los períodos neoliberales anteriores, se especializó en brindar las herramientas legales para que salieran del país sin trabas. La lógica de la intervención estatal aparece clara y, asumiendo uno de los lugares comunes de los neoliberales, le permite «convertir la crisis en una oportunidad». La Vicentín estatal tiene muchas virtudes: recupera activos, evita la quiebra de productores pequeños y medianos y, por lo tanto, la mayor concentración del agronegocio, pone un pie en la producción de alimentos (a lo que llamó «soberanía alimentaria», provocando el airado enojo de los puristas), entra como actor en la exportación de granos y subproductos como empresa testigo que pondrá en evidencia, por contraste, las infinitas maniobras de evasión, subfacturación y contrabando de los exportadores y, por último, interviene en el mercado de cambios aportando una fuente genuina de divisas a las reservas del país.

Todo esto estuvo en la cabeza del gobierno al anunciar la intervención y la intención de expropiar a través de una ley del Congreso, que es como la Constitución Nacional lo establece. Aunque la derecha habla de confiscación, comunismo, etcétera, es la carta magna liberal de 1853 la que proporciona el instrumento, como en casi todas las constituciones liberales del mundo, por causas de «utilidad pública», y mediante el pago de una indemnización. Por supuesto, es el Estado el que definirá para qué usa la herramienta, y así como en otras ocasiones se utilizó para una enorme variedad de cosas –desde la construcción de obras de infraestructura hasta para recuperar fábricas y dárselas a cooperativas de trabajadores–, si se logra justificar la utilidad pública —que en este caso parece más que clara—, es cuestión de tener los votos en el parlamento para hacerla válida.

Pero, así como en el pensamiento del gobierno las razones son claras, también lo fueron para la derecha. Aunque argumenten cualquier otra cosa, ven clara la jugada y salen a convertirla en su propia oportunidad, una batalla política contra el «populismo» y el «comunismo» que quieren hacer ver en el gobierno de Alberto Fernández que, de ganarla, debilitaría el proyecto político-económico del Frente de Todos y dejaría al país al borde de la ingobernabilidad. Todo, en medio de una situación nunca vista como la pandemia del coronavirus que está llevando a una economía castigada al borde del nocaut.

Medios para dar la batalla no le faltan a una derecha poderosa, que acaba de dejar el gobierno con una derrota amplia pero que lograron presentar casi como una victoria. Desde la hegemonía en la comunicación hasta su excelso manejo de las redes sociales, que hacen pasar por masiva una manifestación marginal de algunos miles de burgueses airados y delirantes de las conspiraciones que salen a protestar, tanto por la defensa de la propiedad privada, como contra el dominio de un imaginario Nuevo Orden Mundial provocado por la tecnología china del 5G y el aislamiento social por lo que juzgan como una pandemia imaginaria y que coarta la libertad. Pero, en lo fundamental, por la capacidad de lobby que demuestran, incluso llevando a parte de los acreedores a estar en contra de la única posibilidad que tienen de recuperar su dinero, y elevando la expropiación al nivel de la amenaza del comienzo de un Estado que viene a llevarse puesto al capital. Esta presión apuntó no solo a su propio sector social, sino a quebrar la base de sustentación del gobierno, una coalición peronista que incluye sectores moderados o, incluso, de derecha, que por ideología y temor dudan de apoyar una medida que lograron hacer aparecer como de gran radicalidad.

En esa estrategia, cacerolazos, manifestaciones de locos anticuarentena, airadas editoriales mediáticas y presiones —más serias— de los poderes financieros internacionales que amenazan con llevar el caso a los tribunales internacionales que castigaron ya repetidamente a la Argentina por decisiones soberanas llevadas a cabo en anteriores gobiernos, forman parte de ese empuje destinado a romper el frente interno gubernamental. Agitan, entonces, el fantasma de «la 125», la fallida resolución que aumentaba los derechos a la exportación de granos —las retenciones— que llevaron a una rebelión de las patronales agrarias que casi hace caer al gobierno de Cristina Kirchner en 2008, justamente al haber logrado cooptar a parte de la alianza de gobierno, empezando por el mismísimo vicepresidente.
Esta situación es la que está llevando al caso Vicentín a una coyuntura de riesgo para el gobierno. Si la anunciada intervención fracasa —por ejemplo, al no reunir los votos decisivos en el Congreso por falta de aliados o pérdida de votos parlamentarios propios— o porque el mismo gobierno da marcha atrás ante este riesgo, la derecha va a ir por más. Si logra imponerse, la oposición solo deberá esperar la próxima oportunidad. Es una dinámica permanente a la que todo proyecto político que no responda al bloque de poder dominante en el país, la región y en el mundo, deberá acostumbrarse.

Entendiendo esta situación, el gobierno hizo jugar la carta de una intervención de la mano del moderado gobernador de la provincia de Santa Fe, Omar Perotti, que permitiría evadir la batalla por la expropiación sin renunciar al objetivo del control estatal de la empresa. Justo antes de presentar esta nueva propuesta, el juez del concurso —un oscuro juez de una ciudad de mediana importancia del interior de esa provincia— desconoció la intervención decretada por el Gobierno nacional y restituyó a los directivos de la empresa en sus cargos. La batalla judicial, terreno propicio donde el poder de clase se mueve a sus anchas, también empezó a mostrar sus rispideces, como lo viene haciendo en toda América Latina. La propuesta de Perotti gira en torno a sumar al Estado provincial a la intervención y a conseguir el aval de los principales acreedores argentinos, públicos, cooperativos y privados, para una gestión estatal que logre preservar los activos del grupo y devolver las acreencias asociando a los productores al destino de la nueva empresa. Una manera de estatizar, con propiedad mixta pero garantizada por los poderes públicos, y quitarle a la oposición radicalizada la bandera de la lucha contra la expropiación, usando sus propios argumentos —uno de ellos es que hay un concurso y se debe resolver por la vía ordinaria y no por la expropiación—.

El gobierno de Alberto Fernández asumió sabiendo que tomaba las riendas de un país difícil de controlar, con una economía destruida por cuatro años de neoliberalismo salvaje y una deuda externa condicionante. Sin contar con la extraordinaria situación de la pandemia de la Covid-19, imaginó un primer año difícil, haciendo equilibrio entre las acuciantes necesidades de un pueblo que sufrió el macrismo y esperaba —y lo continúa haciendo— un gobierno que alivie su pesar y restituya derechos perdidos, y una difícil negociación por una deuda externa impagable. Se encontró con algo aún peor, con sorpresas como esta de Vicentín. Como algún funcionario ejemplificó, «en cualquier cajón que abras en una oficina de un Ministerio aparece una deuda». El neoliberalismo o ultraneoliberalismo, no solo es un programa económico y político, sino un arma de destrucción masiva de la capacidad del Estado para intentar dar marcha atrás con ese proyecto o para hacer cualquier cosa que se desvíe de las líneas maestras dictadas por el capital concentrado.

El desafío del gobierno es no solo tomar las riendas de la economía desde el Estado y a favor de los intereses nacionales y el bienestar popular, que es para lo que fue votado y lo que se espera de él, sino que debe hacerlo con un instrumento inutilizado, el llamado «Estado bobo» neoliberal y al que debe transformar. Nada que no se haya puesto en blanco y negro desde hace más de un siglo y medio, pero sin haber hecho ninguna revolución, sino formando parte del mismo sistema político, lo que es un signo de los tiempos que corren. El caso Vicentín es un claro ejemplo.

Notas:
[1] Faenar: Matar reses y descuartizarlas o prepararlas para el consumo (Nota de La Tizza).
[2] Datos provenientes del informe del director del BNA, Claudio Lozano, sobre el caso Vicentín (Nota del Autor).

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viernes, 26 de junio de 2020

En España un 0,0035% de su población (unas 1.400 familias) controlan mas de 80 % de la riqueza nacional; mientras más del 99,99% de su población controla menos del 20 % de la riqueza. El punto de vista y los intereses del 0,0035% de la población es contrario al punto de vista e intereses del 99,99 % de la población. Al gobierno lo condiciona, coarta y chantajea el 0,0035% de la población. Mientras esto no lo tengamos claro la mayor parte los trabajadores no es que las cosas seguirán igual, sino que seguirán empeorando, porque el modo de producción capitalista a partir de 2008 deja de ser elemento de progreso para transformarse en elemento de regreso, de retroceso. Y una de dos, o el trabajador se moja el culo, pero bien mojado, hasta las trancas, o se quedan sin peces. Eso sí, puede esperar un milagro de San Nicolas (en Zaragoza dicen que los hace) o de Periquillo el listo, pero que como no se moje el culo se queda sin peces como yo me quedé sin abuela. Tambien se puede transformar en demócrata con fe consensual de San Isidro el labrador y patriótico de toda la vida, pero que sin mojarse el culo no hay peces, se mire por donde se mire y se progrese por donde se quiera progresar: agua.mojadura de culo y peces, y si no, a mirar como será el trote del caballo de Santiago Abascal.


La Banca española «pone firme» al gobierno de coalición: «Si tocan a nuestros intereses, arruinamos al país»

La Banca se revuelve y el "gobierno progresista" se repliega


kaosenlared
Publicado el Jun 26, 2020
 
La Banca española no está dispuesta – escribe Manuel Medina – a que se toque ni el más ínfimo de sus cojinetes. Por esa razón, ha comenzado a movilizar a su poderoso aparato mediático, ante la remotísima posibilidad de que a alguien -o a algunos- se les ocurra la idea de exigirle el pago de una misérrima dádiva, a cambio de la multimillonaria «ayuda» de 60 mil millones de euros que el Estado español, usando el patrimonio social, le «prestó» durante la pasada crisis.

     Según la prensa económica española, el plan concertado entre PSOE y Podemos con el que se que pretendía implantar un «impuesto especial« a la Banca, para poder hacer frente a su política social y económica, ha terminado quedando en pura «agua de borrajas» .

     Con este plan se intentaba recuperar algunas de las ayudas públicas inyectadas a la Banca durante la pasada crisis económica,  que  ascendieron a la nada despreciable cifra de 60.000 millones de euros.

     De acuerdo con fuentes próximas al Ministerio de Hacienda, en el proyecto de Presupuestos Generales del que forma parte el acuerdo de Gobierno no figura ningún tipo de gravamen especial a las entidades financieras, ni tampoco  ninguna subida del impuesto de  Sociedades que esté orientado incrementar la  recaudación.

      De acuerdo con lo que informa la prensa económica española, que tiene claros vínculos y dependencias económicas con la gran banca y otros sectores financieros, tal imposición resultaría «discriminatoria y, posiblemente anticonstitucional», según alega el diario «El Economista». 

     En opinión de esos medios, «no se puede castigar en demasía al sector financiero», porque según  argumentan,  estas entidades «son en estos momentos una pieza clave para la recuperación económica del país»  .

    El diario «El Economista» razonaba de esta forma la improcedencia de proceder a  incrementar la tasa impositiva  de esas entidades financieras:

    «Cuánto más dinero se le retire, menos crédito otorgarán, tanto a familias como empresas, para que la reactivación de la economía sea lo más rápida y contundente posible. Y dos, el acercamiento de Sánchez a los partidos de la derecha (especialmente Ciudadanos) para lograr el apoyo definitivo a las Cuentas del Estado, que llevan a bloqueadas varios años y que son necesarias para impulsar todas las medidas sociales surgidas tras la pandemia del coronavirus».

      El diario «El Economista» opinaba en su edición del pasado lunes,  que en el sector bancario  se confiaba

     «en que tal gravamen finalmente caiga en saco roto, pero temen que se produzca un giro en los acontecimientos… Pese a ello, lo que sí está encima de la mesa del Gobierno es el aumento en la tributación de la banca por encima del resto de empresas».

       Los «argumentos» de los banqueros son recurrentes en el fondo y en la forma. «Tocar» a la Banca es tocar al conjunto de la sociedad. Si se toca a la Banca, no habrá créditos ni para las familias, ni para las empresas.

EL SILENCIO DEL EJECUTIVO

      No deja de resultar llamativo que mientras la Banca Española, gran beneficiaria de las multimillonarias contribuciones públicas durante la crisis, no ha dudado un instante en desplegar una intensa campaña de movilización mediática para cortocircuitar  cualquier tipo de tentativa, por muy epidérmica que esta sea,  de introducir variaciones en su tasa impositiva, el «Ejecutivo de la coalición» no haya sido siquiera capaz de pronunciarse, ni tampoco de informar a la sociedad sobre cuál es realmente el «estado de esta cuestión«.

      Este silencio es indicativo de que la llamada «coalición progresista» no parece estar en disposición siquiera de reclamarle los banqueros una miserable dádiva  en forma de imposición fiscal, por los servicios  que en su día el Estado les prestó, con los fondos patrimoniales  de la sociedad española.  Ello pone de manifiesto, una vez más, que el tipo de relación que el Estado español mantiene con las entidades financieras de este país es drásticamente desigual y humillantemente subordinada, inusual incluso en las normales reglas mercantiles que se mantienen habitualmente en el mundo de los negocios.  Una desigualdad que sólo podría entenderse si se tiene en cuenta que los gobiernos  encargados de administrar el aparato del Estado, – independientemente  de cuáles sean sus propósitos – terminan siendo siempre sus leales administradores . 

      Hace ya siglo y medio,  un caballero de blancas y luengas barbas descubrió algo que a estas alturas deberia de resultarnos obvio. El gobierno no es el Poder. Es tan solo su Consejo de Administración. Y cuando el primero no responde a los intereses del segundo, simplemente se le destituye o se le derroca. Así de sencillo.


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