viernes, 9 de agosto de 2019

SANTIAGO ABASCAL SOLO DEFIENDE A LA PATRIA POR MONTES, NUBES Y CANALES. PERO HAY OTROS HÉROES NACIONALES QUE ADEMÁS DE ENRIQUECERLA CON SU TRABAJO MUEREN EN EL TRABAJO

 
 
Siniestralidad laboral
 
La tragedia silenciosa de morir trabajando
 
 
  
Raúl Navas
VIENTOSUR.INFO
08/08/2019
 
Recientemente circulaba en redes sociales un ejemplo de reacción escandalosa de una empresa ante un accidente laboral[1] ocurrido en Argentina. Un repartidor de pizza sufrió un accidente y su superior le insistía en qué estado se encontraba el pedido, pese a que el trabajador contestaba que estaba en el suelo sin poder moverse; le contestaban que era el procedimiento y que debía informar del pedido haciendo una foto. La persona que socorrió al trabajador que se encontraba en el suelo y sangrando, denunció los hechos en las redes sociales con el siguiente mensaje: “Hace un rato socorrí a un repartidor de pizza al que atropelló un auto. Mientras yo llamaba al Same, el hombre - tirado en el piso y sangrando- avisaba a la app que había tenido un accidente. Lo único que le importaba a ellos era el estado de la pizza. Perverso es poco”. Un ejemplo de tantos que se sufre cada día en el mundo del trabajo y que evidencian la precariedad laboral y la escasa importancia existente respecto a la seguridad y salud de quienes trabajan.

Un informe de la OIT de este año alertaba de que cada año 374 millones de trabajadores sufren accidentes laborales y que se producen 1.000 muertos al día a causa de accidentes laborales y 6.500 por enfermedades profesionales[2]. Hemos pasado de 2,33 millones de muertos anuales en 2014, a 2,78 millones en 2017. Son datos aterradores e ignorados a la vez, que evidencian la urgente necesidad de mejorar las condiciones de trabajo y emplear mayores recursos y esfuerzos en la prevención de riesgos laborales y en proteger la seguridad y salud de quienes trabajan.

Pero y pese a la gravedad de la amenaza a la que nos enfrentamos, los medios de comunicación prestan escaso interés en lo referente a asuntos relacionados con la seguridad e higiene en el trabajo. Ha tenido escasa relevancia noticias, por ejemplo, lo ocurrido el pasado 5 de julio, cuando la policía detuvo a 30 personas en Alicante y Murcia[3], acusados de explotar a trabajadores inmigrantes en condiciones de esclavitud. Hablamos de una red empresarial que empleaba sin contrato, siendo alojados en pésimas condiciones en naves, talleres y garajes. Tampoco tuvo relevancia la detención de dos empresarios el mismo 5 de julio en Girona[4], a raíz de un accidente laboral ocurrido el pasado 7 de mayo en una obra de construcción. El trabajador fallecido no tenía contrato de trabajo, ni estaba de alta en la seguridad social. Las investigaciones indicaron que la empresa no proporcionaba equipos de protección, tenía a más trabajadores sin contrato y las medidas de seguridad brillaban por su ausencia. Esa misma semana, el 9 de julio murió un trabajador aplastado en una empresa de Bellpuig[5] (Lleida) y el mismo día moría otro trabajador en Pozo Alcón (Jaén) al caerse de un andamio[6]. Una semana después, el 15 de julio, murió un trabajador en Cogollos de la Vega (Granada) tras volcar una máquina de obra y en esa misma fecha murió otro trabajador en Galicia al caer de un tejado y otro en Casarrubios del Monte (Toledo) también realizando tras la caída desde un tejado. Tres días después un trabajador moría arrollado por una carretilla elevadora en una fábrica en Mungia (Bizkaia) y dos días más tarde se produjo otro accidente mortal en una planta incineradora de residuos de Melilla. Una tremenda e interminable carrera: el 24 de julio moría un trabajador aplastado por una piedra de grandes dimensiones en una cantera de Castellet i la Gornal (Barcelona); el 29 de julio un trabajador moría al caer de un tejado de una nave industrial en Martos (Jaen); el día 30 moría un trabajador en O Porriño (Pontevedra); el 31 tuvieron lugar dos accidentes laborales mortales en Asturias, un trabajador murió al caer de una chimenea de la central térmica de La Penda en Mieres, y otro trabajador de Tragsa murió al caer al río Nalón cuando estaba realizando labores de limpieza. Interminable, de verdad, esta asesina carrera
Recientemente, el Ministerio de Trabajado ha publicado los datos de siniestralidad laboral registrados entre enero y mayo de 2019. En los cinco primeros meses del año se ha producido la friolera cifra de 250 muertos en accidentes de laborales. En este periodo se contabilizan 548.583 accidentes laborales. Entre ellos, los accidentes con baja han aumentado un 4,6% respecto al mismo periodo en 2018, los graves, han aumentado un 8,8% en este periodo. Se siguen registrando índices estadísticos sobre siniestralidad laboral notablemente peores respecto a otros estados europeos. Pero pese a la gravedad de la situación, los gobiernos continúan pasivos ante esta lacra, y el problema y sus victimas siguen sin visibilizarse.

Los datos sobre siniestralidad comienzan a incluir información sobre la siniestralidad entre los autónomos. Desde hace años, se habla bastante de la situación en la que se encuentra este colectivo, aunque el debate mediátíco parece centrarse solo en temas como su fiscalidad, impuestos y cotizaciones. Poco se dice a cerca de las condiciones de trabajo concretas, en particular en lo referente a salud laboral. Durante muchos años apenas se encontraban datos sobre la siniestralidad laboral en este colectivo, pero informes recientes del Ministerio señalan que entre enero y mayo de 2019, han muerto 29 autónomos en accidentes laborales, frente a los 20 en todo 2018 y 13 en 2017. En los cinco primeros meses de este año se han producido 12.850 accidentes laborales, frente a los 4.793 registrado en el mismo periodo en 2018.

Sobreesfuerzos y siniestralidad laboral

Los sobresfuerzos, suponen la mayor causa de baja laboral y tipo de accidente de trabajo. Entre enero y mayo se han producido 75.613 accidentes de trabajo a causa de sobreesfuerzo físico sobre el sistema musculoesquelético, a gran distancia de la segunda causa, los choques contra objeto inmóvil (52.749). Además, las cifras están aumentando en los últimos años, pese a que en numerosos casos este tipo de patologías no son reconocidas como accidente de trabajo y son tratadas en la seguridad social como enfermedad común. En cambio apenas se conocen datos sobre reclamaciones a mutuas por no reconocer accidentes, solicitudes resueltas sobre determinaciones de contingencia, etc.

Los sobresfuerzos pueden producir serias secuelas como dolores crónicos, tendones inflamados, lumbalgia, ciática, hernia discal, roturas musculares, lesiones dorsolumbares, deformaciones en la columna vertebral, roturas de ligamentos, etc. No hablamos de un problema nuevo, un informe del INSHT de 2007 indicaba que el 80% de las enfermedades profesionales con baja se debían a problemas muscculoesqueléticos[7]. El mismo organismo también ha alertado que los factores psicosociales desfavorables tienen influencia en la aparición de lesiones musculoesqueléticos.

Un reciente informe de la OIT señala que el 36% de la población mundial sufre exceso de trabajo y, según la Sociedad Española para el Estudio de la Ansiedad y el Estrés, el 59% de los trabajadores sufre estrés a causa del trabajo. Otro estudio reciente publicado en una revista de la Sociedad Europea de Cardiologia, indicaba que tener estrés laboral e insomnio triplica el riesgo de muerte. Por otro lado, un estudio reciente de la revista Stroke, de la Asociación Americana del Corazón, indica que los trabajadores con largas jornadas laborales tienen mayor riesgo de sufrir un accidente cerebrovascular[8]. Y es que “el trabajo está matando a la gente y a nadie le importa”, afirma Jeffrey Pfeffer, autor del libro Muriendo por un salario, en el que alerta de que el estrés está relacionado con 120.000 muertes de trabajadores en EE UU. Pfeffer se refiere a un sistema laboral tóxico y de trabajos inhumanos, en el que el 50% del absentismo laboral en EE.UU y Reino Unido se debe al estrés. Mientras tanto, la Agencia Europea para la Seguridad y la Salud en el Trabajo (OSHA) indica que el estrés laboral afecta al 51% de los trabajadores. Y no solo es que afecte a más de la mitad de los europeos, sino que según la OSHA el estrés laboral es el segundo problema de salud ocupacional más frecuente.

Una vez más insistimos en que las malas condiciones de trabajo influyen negativamente en la salud, y en que a menores medidas de seguridad, mayor precariedad y cansancio por jornadas agotadoras, se producen más accidentes de trabajo. Y las perspectivas no son buenas. En los últimos años se habla frecuentemente del impacto de la robótica en el empleo, lo cual es importante, pero no se aborda con la suficiente importancia los viejos y nuevos retos relacionados con la seguridad y salud en el trabajo, como el impacto del cambio climático en el mundo laboral. Entre otras cuestiones, la OIT prevé que el estrés térmico ocasionado por el calentamiento global tenga un impacto notablemente negativo y dañino especialmente en sectores como el agrícola, construcción, turismo, recolección de basuras, etc.

El cáncer laboral, una lacra silenciada

Los riesgos laborales son numerosos, y pueden ser variados según las características de las tareas realizadas, el entorno laboral, uso de maquinaria, etc. Hay riesgos que no son tratados con el rigor y la preocupación necesaria. Por ejemplo, hay escasa información sobre el cáncer de origen laboral, que como tantas otras enfermedades profesionales se oculta por las mutuas y empresas. Según la OIT, el cáncer laboral es una de las enfermedades profesionales que más muertes ocasiona, situándose en el 31% del total. Las mutuas se resisten a reconocer el cáncer de origen laboral, para ahorrarse costosos tratamientos e indemnizaciones, y prestan poco interés en analizar, estudiar, prevenir y eliminar la exposición a sustancias y agentes potencialmente cancerígenos. Si los datos se niegan y ocultan, es mas complicado identificar y prevenir los riesgos relacionados con desarrollar un cáncer a causa del trabajo. Cada día numerosos trabajadores están expuestos a agentes cancerigenos sin ningún tipo de protección. La propia Comisión Europea ha estimado en la UE decenas y cientos de miles los casos de cáncer diagnosticado a causa de exposición laboral a sustancias cancerigenas, incluso decenas de miles de muertes referentes al año 2012. Un reportaje de Tele 5 de hace unos meses señalaba que pese a los 52 casos de cáncer de origen laboral reconocidos en 2017, se calcula que el numero total rondaría los 10.000 y 20.000 casos, y que en España solo se reconoce como cáncer laboral el 0,1% de todos los totales, mientras que en otros países de Europa se ronda entre el 5 y 10%.

La lucha en el movimiento obrero contra la exposición mortal al amianto se alarga durante décadas. El problema sigue costando victimas mortales. Una reciente sentencia de un juzgado de Madrid reconoce como enfermedad profesional un mesotelioma maligno sufrido por un trabajador electricista, a causa de exposición al amianto. Además un juzgado de Barcelona ha reconocido que la muerte de un ex trabajador de Nissan fue a causa de la exposición al amianto en su trabajo[9]. El problema del amianto continúa, y los afectados continúan teniendo que batallar judicialmente. El artículo 116 de la Ley General de la Seguridad Social, establece que los trabajadores tienen derecho a que su patología sea reconocida como enfermedad profesional, si esta ha sido contraída a consecuencia del trabajo según el cuadro de enfermedades profesionales aprobado Real Decreto Legislativo 8/2015. Lo cual no es fácil, porque se debe batallar contra empresas, mutuas y sus ejércitos de abogados, peritos, etc. Existe una tabla oficial sobre la relación entre accidente laboral y cáncer, indicando el tipo de cáncer, el agente causante presente en la actividad laboral. Incluir patologías en el cuadro de enfermedades profesionales no es fácil, y pese a ello recientemente se ha incorporado el cáncer de pulmón en trabajos expuestos a la inhalación de polvo de sílice libre. El INSST ha elaborado un exhaustivo informe sobre ocupación, actividad económica y mortalidad por cáncer en España, donde deja bien claro en que sectores es más urgente intervenir y presentan mayores riesgos y mortalidad. La Nota Técnica de Prevención 159 sobre el cáncer laboral señala que el 90% de los canceres con se origen químico, de los que entre un 60-90% son de origen ambiental, y que estos suelen tener un origen industrial. Pero las normativas son claramente insuficientes y las recomendaciones preventivas se suelen ignorar, y a los hechos nos remitimos.

El trágico ejemplo del Metro de Madrid es escandaloso. La Fiscalía ha presentado una demanda contra siete ex responsables del Metro por haber ocultado a los trabajadores la existencia de amianto en sus lugares de trabajo, pese a que sabían que tenían que haber tomado medidas desde 1984. La exposición al amianto en el Metro ha provocado muertos y cáncer entre sus trabajadores. Y el problema aun no se ha resuelto, el pasado 26 de julio el andén de la estación de Tribunal fue cerrado al encontrarse amianto en un falso techo. Como en tantas ocasiones a lo largo de la historia del mundo del trabajo, las empresas no actúan o lo hacen mal y tarde con consecuencias trágicas para los trabajadores.

Conseguir un entorno laboral saludable y seguro es una lucha que se enfrente a numerosos obstáculos constantemente y a resistencias empresariales, judiciales, políticas, etc. Pongamos otro ejemplo, el Bisfenol A está presente en los tickets y recibos de compra, que manipulan cada día miles y miles de personas empleadas en sectores como los del comercio, grandes almacenes, etc. Hay estudios que relacionan al Bisfenol A con el cáncer y la infertilidad, e incluso la Justicia Europea ya reconoce que es toxico[10]. Francia lo prohibió en 2014 e incluso ha propuesto hacerlo en toda la UE. En 2017 la Agencia Europea de Sustancias Químicas incluyó al bisfenol A en la lista de sustancias “altamente preocupantes”. Un estudio de la Universidad de Granada concluía que el 95,3% de los recibos en España contienen bisfenol A[11]. ¿A que se espera para tomar medidas?

Gas radón: un peligro mortífero 

El gas radón, es un gas radioactivo que provoca cáncer en altas concentraciones. De hecho, según la OMS, es la segunda causa del cáncer de pulmón. Procede del suelo y subsuelo de zonas graníticas y se puede expandir con facilidad a través de grietas. Hay altas concentraciones de gas radón en multitud de edificios y centros de trabajo; pese a los escasos estudios y mediciones existentes se calcula que hay unos 250.000 edificios afectados[12]. Durante décadas, se ha ignorado esta amenaza mortífera, que actualmente continua siendo un peligro ampliamente desconocido. La OMS considera que no deben sobrepasarse los 100 bequelerios por metro cubico, mientras que la única directiva europea existente eleva esta cifra a 300 bq/m3. Existen altas concentraciones de gas radón especialmente en Galicia. A modo de ejemplo, el ex director del Museo Arqueológico de Castillo de San Antón (A Coruña) fue informado en 2010 (tras estar 14 años trabajando en ese lugar) que su despacho registraba índices superiores a 2.000 bq/m3, recomendándole un cambio de lugar de trabajo. Posteriormente desarroll,o cáncer y en 2017 la seguridad social declaró esa patología como accidente laboral.

Hablamos de un riesgo potencialmente peligroso para la ciudadanía, por lo que se deberían de haber tomado medidas hace muchos años. A nivel laboral se debería implicar sin escatimar esfuerzos a la Inspección de Trabajo, y elaborar con urgencia planes de mediciones en centros de trabajo. Al igual que se puede medir los niveles de ruido, iluminación o temperatura, se deberían hacer mediciones que puedan detectar gas radón (y cualquier sustancia cancerigena). Hablamos de un problema que requiere soluciones urgentes, ya que hay lugares que superan con creces los índices de referencias de OMS y la UE, pese a que una directiva europea establece que se deben tomar medidas y adoptar planes contra el gas radón antes de 2018.

Por ultimo insistimos que sin seguridad y salud en el trabajo no hay trabajos dignos, y resulta complicado tener trabajos dignos, estables y socialmente útiles, sin organización, solidaridad y secciones sindicales fuertes. Hay que seguir trabajando en poner fin de la injusta tragedia de morir trabajando, y seguir despertando interés e implicación política y social para combatir y erradicar la lacra de la siniestralidad laboral.

Raúl Navas, delegado sindical de CGT y de prevención de riesgos laborales.

[1] “El indignante mensaje de una empresa a un repartido que sufrió un accidente: «¿Cómo está el pedido?». Las redes sociales se han llenado de criticas de usuarios por la reacción de la empresa tras conocer el suceso. ABC, 29/07/2019.
[2] H. Asenador, S: “Las enfermedades profesionales y accidentes laborales matan a 7.500 personas cada día”. Expansión, 20/04/2019.
[3] Burgos, R: “Cae una red de captación y explotación de inmigrantes en Alicante y Murcia. La policia detiene a treinta personas por reclutar a jóvenes para trabajan sin contrato ni salario”. El País, 05/07/2019.
[4] “Detenidos dos responsables de una empresa al ver irregularidades tras morir un empleado”. La Vanguardia. 10/07/2019.
[5] “Muere un trabajador en un accidente laboral en Bellpuig”. El periódico, 09/07/2019.
[6] “Muere un trabajador en Pozo Alcón (Jaén) al caer de un andamio”. La Vanguardia, 09/07/2019.
[7] (2007) “Aligera la carga”, editorial ERGA, 100
[8] “Las largas jornadas de trabajo, asociadas con un riesgo hasta un 45% mayor de sufrir un accidente cerebrovascular”. Público, 22/06/2019.
[9] “Una jueza reconoce por primera vez la muerte de un trabajador por exposición al amianto en Nissan”. La Vanguardia, 31/07/2019”.
[10] “La justicia europea confirma que el bisfenol A es toxico para la reproducción. El tribunal califica esta sustancia como extremadamente preocupante”. La Vanguardia, 11/07/2019.
[11] https://www.20minutos.es/noticia/3536901/0/tinta-tique-compra-cancer/
[12] Sánchez, E: “El gas cancerígeno incontrolado. Los expertos estiman que 250.000 edificios en España pueden estar acumulando radón. La administración no lo mide ni aplica la directiva europea de protección”. El País. 17/02/2019.

*++

jueves, 8 de agosto de 2019

MEDIOAMBIENTE Y AMBIENTE ENTERO. LA ÚNICA SOLUCIÓN A ESO QUE LLAMAN CRISIS ECOLÓGICA ES ESO QUE NADIE PRONUNCIA Y QUE SE LLAMA SUSTITUCIÓN DEL MODO DE PRODUCCIÓN CAPITALISTA POR EL NUEVO MODO DE PRODUCCIÓN SOCIALISTA, O DICHO EN CRISTIANO PARA QUE SE ENTIENDA CRISTIANAMENTE: LAS SUSTITUCIÓN DE LAS RELACIONES DE EXPLOTACIÓN Y FUERZA (AQUÍ ESTÁ EL ORIGEN DE ESO QUE LLAMAN FEMINISMO) EN QUE SE BASA EL CAPITALISMO (ACABO DE ESCRIBIR CAPITALISMO) POR LAS NUEVAS RELACIONES DE COLABORACIÓN DEL SOCIALISMO (ACABO DE ESCRIBIR SOCIALISMO, NO DE SÚBETE AQUÍ QUE VERÁS MADRID). y TODO LO QUE NO SEA ESTO ES TRANSVERSALIDAD CIRILONA PARA ESTAR DENTRO DE 4 AÑOS PEOR QUE AHORA



¿Son China o el New Deal Verde la respuesta al cambio climático?
 
Bote salvavidas para la Tierra

Rebelión
TomDispatch.com
08.08.2019

Traducido del inglés para Rebelión por Sinfo Fernández.


En alguna ocasión, y en el mejor de los casos, se ha comparado a la Tierra con una nave espacial que surca los cielos con una tripulación que trabaja al unísono por el bien común. Gracias al cambio climático, esta metáfora ya no funciona. Nuestro planeta se parece más ahora a un bote salvavidas que presenta una fuga importante. Las personas que van a bordo están comenzando a asustarse y el tiempo corre. 
 
Sin embargo, es el entorno perfecto para poner a prueba el modo mejor de lidiar con situaciones de vida o muerte. 

Para tal prueba, imaginen no uno sino dos botes salvavidas de supervivientes flotando en un mar infinito y vacío. Ambos contienen el mismo número de personas y una cantidad limitada de alimentos. Según ciertas conjeturas de un miembro experto de la tripulación, los botes están al menos a cinco días de tierra, siempre que todos remen juntos y no se desvíen del rumbo. 

En el primer bote, los supervivientes debaten el problema: ¿Deberían permanecer en el lugar y conservar su energía o partir en busca de tierra? Se dividen en tres comités para abordar los diferentes aspectos del problema y presentar sus conclusiones, asegurándose de que todos hagan sus aportaciones. Debaten durante horas, cada vez más debilitados hasta que ya no tienen energía para hacer nada y el problema se resuelve por sí solo. 

En el segundo bote, una persona toma el control, creyendo que solo ella tiene la habilidad y el conocimiento para dirigir el bote salvavidas hacia tierra. No todos están de acuerdo, pero se silencia a los disidentes. Los demás están conformes en que no hay tiempo para más discusiones. El nuevo líder impone las reglas sobre quién rema y quién come. Cuando alguien cae gravemente enfermo, ordena que la persona incapacitada sea arrojada por la borda. 

El segundo bote salvavidas se mueve a buen ritmo, pero ¿está yendo en la dirección adecuada? 

En el bote salvavidas de la Tierra, el tiempo y los recursos son igualmente limitados. Según la mayoría de los científicos climáticos, la oportunidad para evitar un cambio climático irrevocable es de aproximadamente una docena de años. Sin embargo, la opinión está dividida sobre cómo abordar este problema con la urgencia que requiere. 

La comunidad internacional ha intentado, de forma más o menos democrática, evitar el apocalipsis. En 2015, los países del mundo se reunieron en París y negociaron un acuerdo climático no vinculante que fue una victoria para un compromiso, pero un fracaso a la hora de reducir la huella real del carbono en el planeta. En varios países del mundo, las elecciones democráticas llevaron posteriormente al poder a negadores del cambio climático, como Donald Trump, comprometiendo aún más ese acuerdo. 

De esta manera, el planeta corre el riesgo de seguir el primer escenario del bote salvavidas: ponernos a hablar hasta que desaparezcamos. 

La segunda opción del bote salvavidas -piensen en ella como ecoautoritarismo- parece ajustarse mejor al carácter de los tiempos. La emergencia climática actual coincide con una profunda desilusión con el orden mundial liberal. El autoritarismo se ha vuelto significativamente más popular en estos días, incluso en sociedades democráticas como India, Brasil y Estados Unidos. 

Multitud de votantes han abandonado por todo el planeta a los partidos dominantes, desilusionados por la forma en que han apoyado una versión de la globalización económica que ha enriquecido enormemente a quienes ya eran ricos, echado un pulso a la clase media y dejado tirados a los pobres. Esos votantes están recurriendo cada vez más a los populistas de derechas que menosprecian a los “globalistas” y prometen una actuación rápida en una variedad de temas, desde la inmigración hasta el crimen. 

Esos autoritarios no podrían, por supuesto, ser menos “ecológicos”. La mayoría de ellos niegan que el cambio climático sea incluso un problema y algunos, como Donald Trump, están colaborando con las compañías gigantes de la energía para calentar aún más rápidamente el planeta. Se han apoderado de los botes salvavidas con el único objetivo de alejarlos aún más del posible rescate. 

Demócratas inútiles o autoritarios insensatos: el salvavidas de la Tierra no tiene muchas posibilidades con tales opciones. 

No es de extrañar que China haya aparecido como una última esperanza para quienes están frustrados por el letargo de la comunidad internacional y los delirios del eje de la negación. ¿Acaso ese país, después de todo, no ha redirigido enormes fuentes de financiación hacia la energía sostenible? ¿No era la política coercitiva de un solo hijo de ese Estado una forma crítica de abordar la superpoblación y, por extensión, el consumo de recursos? ¿No está China avanzando con más firmeza en el vacío de liderazgo internacional creado por la retirada nacionalista de Trump? Sin embargo, al igual que en el segundo escenario del bote salvavidas, es posible que China no esté yendo en la dirección correcta. 

Así pues, aquí estamos: doce años, botes salvavidas con fugas y ningún refugio seguro a la vista. 

La tragedia en curso del patrimonio común 

A principios de la década de 1970, después del primer Día de la Tierra, el problema del bote salvavidas parecía estar en la mente de todos. Cuando llegó la crisis del petróleo en 1973, la energía, de repente, ya no parecía un recurso inagotable. La superpoblación amenazaba con superar la producción de alimentos. La contaminación oscurecía los cielos sobre las principales ciudades y los deshechos industriales inundaban las aguas. Los ambientalistas aprovecharon al máximo la ocasión para exponer la despiadada explotación de los recursos en el corazón de los sistemas capitalista y comunista. 

Hace casi medio siglo, algunos pensadores visionarios sentían ya preocupación por el cambio climático. En una investigación sobre la perspectiva humana en 1973, el politólogo Robert Heilbroner delineó los diversos desafíos ambientales que enfrentaba el mundo, incluida la “contaminación térmica global”, antes de concluir que solo una combinación de disciplina militar y fe religiosa podría transformar el orden social. 

El científico político William Ophuls, que escribió en 1973, planteó el problema aún más claramente como “Leviatán o el olvido”. O la humanidad optaba por un “gobierno con grandes poderes coercitivos” para preservar el medio ambiente o bien podría darse por vencida. Varios años más tarde, también aplicó su argumento a las relaciones internacionales, escribiendo: “La lógica ya sólida de un gobierno mundial con suficiente poder coercitivo sobre Estados-nación ansiosos por lograr lo que los hombres razonables considerarían como el interés común planetario se ha vuelto abrumadora”. 

Por supuesto, no se ha logrado ese gobierno mundial. Las autoridades internacionales que existían en ese momento demostraron no tener ni el poder coercitivo ni la voluntad necesaria para la tarea. Sin embargo, en 1979, científicos de 50 naciones se reunieron en Ginebra en la primera Conferencia Mundial sobre el Clima para emitir un llamamiento a la acción sobre el calentamiento global. Más tarde, ese mismo año, los líderes de los siete países más ricos del planeta estuvieron realmente de acuerdo en la necesidad de reducir las emisiones de carbono (algo olvidado hace mucho tiempo en el siglo XXI). Esas reuniones de 1979 iniciaron lo que Nathaniel Rich describe en su artículo (y ahora libro), Losing Earth, como la década de las oportunidades perdidas en la lucha contra el cambio climático. En 1989, diplomáticos de 60 países finalmente se reunieron para aprobar un tratado vinculante sobre el tema. “Entre los científicos y los líderes mundiales, el sentimiento fue unánime”, escribe Rich. “Debían tomarse medidas y Estados Unidos tendría que ponerse al frente. Pero no fue así”. 

Hubo ahí una vívida exhibición temprana del primer escenario del bote salvavidas: mucha conversación, ninguna acción. 

Esos primeros esfuerzos para lidiar con el cambio climático fueron todos una respuesta, en diferentes formas, a lo que el ecologista Garrett Hardin había llamado la “tragedia de los bienes comunes”. En un famoso ensayo de 1968, describió un problema antiguo: los pastores dejaron pastar a su escaso ganado en una pradera común sin pensar mucho en el futuro; sin embargo, hay un momento en el que el ganado se multiplica o hay más campesinos que se sienten atraídos por el pasto ante el rumor de forraje gratuito y, tarde o temprano, se comen todo el pasto, la superficie vegetal desaparece y los campos quedan devastados. 

Para evitar tal escenario, es obviamente necesario intervenir. Según los entusiastas del capitalismo de laissez-faire, la mano invisible del mercado debería resolver el problema vendiendo el campo al mejor postor. Los partidarios del comunismo al estilo soviético sostuvieron que nacionalizar la propiedad la protegería en última instancia. Al final resultó que ni el capitalismo ni el comunismo tuvieron una gran trayectoria en lo que respecta a la protección de esos bienes comunes. La mano invisible demostró no tener buena mano para las plantas, al igual que la mano demasiado visible de la planificación estatal. 

Aún así, en la década de 1970, era común suponer que los dos sistemas convergerían tarde o temprano en algún punto socialdemócrata en el horizonte lejano. En lo que respecta al medio ambiente, en otras palabras, dos errores podrían de alguna manera hacer un bien. En su libro Ark II de 1974, Dennis Pirages y Paul Ehrlich propusieron agregar una “rama para la planificación” al gobierno estadounidense, que podría abordar problemas sistémicos como la crisis ambiental mediante el desarrollo no solo de planes quinquenales, como en la Unión Soviética, sino de planes para diez años o incluso también para cincuenta años. 

En cambio, los estadounidenses, y el resto del mundo, corrieron gritando en la dirección opuesta. El debate en la década de 1970 sobre el posible uso del poder estatal para hacer frente a las urgentes preocupaciones ambientales dio paso, en las décadas de 1980 y 1990, a la obsesión del presidente de Estados Unidos, Ronald Reagan, y la primera ministra británica, Margaret Thatcher, por un capitalismo sin restricciones en el que la planificación estatal iba a ser “que no” (fuera del Pentágono). Mientras tanto, el aumento de los rendimientos de la agricultura industrial, las modestas reformas ambientales de las principales potencias y los avances tecnológicos que hicieron posible la globalización parecieron disminuir la urgencia de la crisis ambiental (excepto entre los ambientalistas). Las largas colas en las estaciones de servicio eran cosa del pasado y el aire sobre la mayoría de las ciudades se hizo más claro, mientras que la comunidad mundial esquivaba la bala de la reducción del ozono a través de una rara instancia de cooperación global. La nave espacial Tierra parecía estar avanzando bastante bien, muchas gracias. 

Pero hubo un detalle insignificante que incluso los ecooptimistas ya no pudieron ignorar. Las temperaturas globales continuaron aumentando de manera espectacular, un problema impermeable a los modestas políticas de ajustes, soluciones de libre mercado, o incluso, al parecer, acuerdos globales. Hablar sobre el cambio climático no hacía que el cambio climático desapareciera. 

Y así fue cómo regresó Leviatán. 

“Incluso las democracias más avanzadas están de acuerdo en que cuando se acerca una guerra importante, la democracia debe quedar en suspenso por el momento”, dijo el científico James Lovelock en 2010. “Tengo la sensación de que el cambio climático puede ser un problema tan grave como una guerra”. Una gran cantidad de libros en los últimos años han abordado la cuestión de si la democracia puede manejar el cambio climático. En Climate Leviathan, los teóricos políticos Geoff Mann y Joel Wainwright sospecharon que William Ophuls era profético, que un poderoso hegemón “tomaría el mando, declararía una emergencia y traería orden a la Tierra, todo en nombre de salvar vidas”. En The Climate Change Challenge and the Failure of Democracy , David Shearman y Joseph Wayne Smith identificaron la posible solución al estilo   Singapur: el gobierno de una clase ilustrada de mandarines tecnocráticos. 

Sin embargo, no todos fueron tan rápidos en renunciar a la democracia. Los libertarios, liberales y radicales rechazaron la opción ecoautoritaria. Los libertarios estaban preocupados por las limitaciones de los derechos individuales. Los liberales señalaron que solo las democracias pueden responsabilizar a sus líderes por la dirección que toman, mientras que el “autoritarismo real existente” generalmente no puede hacerlo. Los radicales como la ecologista Naomi Klein instaron igualmente a más democracia a medida que los activistas climáticos, a través de bloqueos de tuberías y protestas contra el fracking, desafiaban el nexo de las corporaciones transnacionales y los gobiernos corruptos. 

Sin embargo, como en la década de 1970, la comunidad internacional ha seguido demostrando ser demasiado débil para hacer cumplir cualquier cosa, mientras que los efectos del cambio climático en forma de clima extremo, olas de calor impresionantes, crecientes inundaciones y la expansión de las temporadas de incendios forestales se hacen cada vez más evidentes. 

Mientras tanto, Estados Unidos, particularmente bajo Donald Trump, no está interesado en liderar el camino para reducir las emisiones de carbono. Por lo tanto, actualmente solo hay un candidato viable para un Leviatán climático 

China y el cambio climático  

Dos semanas después de la represión de la Plaza de Tiananmen el 4 de junio de 1989, 30 líderes del Partido Comunista Chino se reunieron para respaldar la respuesta violenta del gobierno a los manifestantes. Anteriormente, había habido desacuerdos profundos en el Partido sobre cómo lidiar con el movimiento de protesta y con el proceso de reforma en general. Después de la tragedia del 4 de junio, surgió un nuevo consenso entre los poderosos de ese país: China necesitaba un líder fuerte, un “gran timonel”, en la tradición de Mao Zedong, que pudiera eliminar el faccionalismo. 

Prescribir una solución a los problemas de liderazgo de China era una cosa, completar esa receta otra cosa muy diferente. Los líderes post-Tiananmen del país, Jiang Zemin y Hu Jintao, no tenían exactamente material de timonel. En pocos años, China iba a la deriva sin una gran estrategia o una firme coordinación desde arriba. 

Luego, en 2012, llegó Xi Jinping. En los años que siguieron, desde el punto de vista interno, promovería un “sueño chino” de prosperidad económica y restauración de la dignidad nacional, una especie de programa Make China Great Again. En política exterior, presentaría una Belt and Road Initiative para construir infraestructuras por tierra y mar que hicieran crecer las economías de los vecinos de China, al tiempo que hacía que Beijing fuera cada vez más central en mercados aún más lejanos. 

Se estaba gestando un Leviatán: un Estado fuerte y centralizado que ya no se ve obstaculizado por las disputas entre partidos, que ya no está limitado por intereses públicos o movimientos en las calles que reclaman sus derechos. Como presidente del país, Xi no mostró dudas sobre tomar el control del timón del Estado. Después de consolidar su poder mediante purgas contra la corrupción, se declaró a sí mismo líder de por vida en 2018. 

Mientras tanto, ha seguido redirigiendo grandes sumas hacia energías renovables. Para 2017, el gobierno planeaba dedicarle 360. 000 millones de dólares hasta 2020, creando trece millones de nuevos empleos en ese sector. En estos años, China ha instalado más paneles solares y generadores de energía eólica que cualquier otro país en la Tierra, el triple, aproximadamente, que el segundo, EE.UU. Es líder en la producción y exportación de la mayoría de los componentes clave de un futuro de energía limpia, desde turbinas eólicas hasta vehículos eléctricos. Aún más revelador es cuántas patentes de energía renovable ha registrado China: 150.000. El número dos nuevamente es Estados Unidos, con alrededor de 100.000. 

Así pues, China ha surgido como un Leviatán aparentemente capaz, combinando la planificación estatal con un abrazo ferviente de las fuerzas del mercado para cumplir los sueños de los teóricos de la convergencia de la década de 1970, al tiempo que crea un fuerte conjunto de incentivos nacionales a favor de las energías renovables. 

Sin embargo, desafortunadamente, la solución china se parece a cualquier cosa menos a un camino ecoautoritario de éxito, en parte porque Beijing está utilizando su Iniciativa Belt and Road para mantener un statu quo ambiental insostenible en una escala cada vez más planetaria. Poco importa que Xi Jinping haya calificado el proyecto masivo de verde y sostenible. Los registros sugieren hasta ahora otra historia bastante diferente. Por ejemplo, China ahora está construyendo o planea construir 300 plantas alimentadas con carbón en el extranjero como parte de su impulso de infraestructura global, aunque reduzca modestamente los contratos estatales para plantas similares en el país. Y sucede que Beijing también tiene que lidiar con su equivalente en la industria del carbón de Virginia Occidental, y lo está compensando con grandes cantidades de contratos internacionales. 

Pero las plantas de carbón son solo la parte más obvia del problema. Todas las carreteras que China está construyendo estarán llenas de automovilistas y camioneros. Todos sus puertos nuevos y renovados albergarán enormes barcos que consumen mucho gas. Algunos de sus proyectos amenazan los bosques que absorben carbono y otros ecosistemas delicados. Y luego está el deseo no tan oculto de China de utilizar toda esta infraestructura futura para obtener acceso a las materias primas. Solo en África, China está invirtiendo   más de 100.000 millones de dólares al año para obtener minerales cruciales. “El esfuerzo para asegurar estos recursos ha generado su propio auge de infraestructuras, algo que por lo general implica la construcción de carreteras a gran escala, ferrocarriles y otras infraestructuras para transportar productos destinados a la exportación desde las zonas interiores a los puertos costeros”, escribe el periodista Basten Gokkon. 

Por supuesto, no es demasiado tarde para ecologizar ese proyecto Belt and Road. Equipos como la Iniciativa Global de Crecimiento Verde están trabajando para reducir la huella de carbono de China en el extranjero. Hace un par de años, China emitió incluso su propio Bono Verde para el Clima por valor de 2.150 millones de dólares para financiar energías renovables y eficiencia energética. 

Pero aquí está la ironía. Cuando se trata de la Iniciativa Belt and Road, China en realidad no es lo suficientemente Leviatán. Aunque la autoridad centralizada del Partido está en manos de Xi Jinping, esos proyectos de infraestructura provienen de toda una variedad de fuentes en China, incluidas diferentes agencias gubernamentales, provincias que compiten entre sí y el sector empresarial. Al Estado chino ya le resulta difícil, incluso con un nuevo y más poderoso Ministerio de Ecología y Medio Ambiente y un equipo de policías medioambientales, imponer normas estrictas dentro del país, mostrando poco interés o capacidad a la hora de imponerlas fuera de sus fronteras. 

Coerción mutua 

En realidad, China no está presentándose a una selección para la tarea de Leviatán Climático Ecoautoritario, al menos no todavía, mientras que el resto de los autoritarios que han salido a la luz, como Donald Trump o el Príncipe Heredero de Arabia Saudí, Mohammed bin Salman, parecen estar ferozmente centrados en impulsar las emisiones de carbono, no en limitarlas. Mientras tanto, no parece que las pacientes negociaciones en las conferencias de la ONU puedan proponer las soluciones necesarias, mucho menos implementarlas, antes de que se cierre la ventana de las oportunidades. No es de extrañar que Nathaniel Rich y otros lamenten que la humanidad deba contemplar ahora no solo la disminución y adaptación frente a la crisis del calentamiento global sino el fracaso absoluto. 

Sin embargo, por el horizonte está apareciendo en potencia un tipo de Leviatán climático bastante diferente: el Green New Deal, o GND. Por ahora sigue siendo más un eslogan que un plan elaborado, pero va ganando espacio dentro de un Partido Demócrata que compite por el poder en 2020 y el interés por él está creciendo también internacionalmente. Puede que se trate solo de un par de elecciones, en unos pocos países clave, lejos de la viabilidad política. 

Para lograr el objetivo global del GND de emisiones netas cero de carbono para 2050, Estados Unidos tendría que liderar el camino con su propia versión ecológica de una iniciativa Belt and Road, un proyecto de desarrollo masivo de infraestructura que involucraría el ferrocarril de alta velocidad, la modernización energética de los edificios y enormes inversiones en energía renovable (así como la creación de un número asombroso de empleos). Y tendría que hacer todo esto sin compensar a las industrias contaminantes con contratos de exportación, como ha hecho China. 

Piensen en ello como un potencial futuro lanzamiento verde estilo Apolo 11: una movilización enfocada hacia la inversión, la construcción y la resolución administrativa para lograr lo que hasta ahora se consideraba imposible. 

Ese último elemento, la resolución administrativa, podría ser el más complicado. La tripulación actual mundial de populistas de derechas no solo son escépticos respecto del cambio climático. La mayoría también está comprometida con lo que Steve Bannon, el antiguo gurú de Trump, ha llamado la “deconstrucción del Estado administrativo”. En otras palabras, quieren reducir el poder del gobierno a favor del poder de las corporaciones (y de los ricos). Quieren eliminar la capacidad del gobierno para administrar proyectos a gran escala a nivel nacional y negociar acuerdos internacionales que afecten a la soberanía del Estado-nación. 

En última instancia, quieren eliminar lo que Garrett Hardin identificó como la única forma de evitar la tragedia de los bienes comunes: “coerción mutua mutuamente acordada”. Para impulsar un New Deal Verde en Estados Unidos, por ejemplo, un Congreso claramente no republicano tendría que obligar a una amplia gama de intereses poderosos (compañías de carbón, corporaciones de petróleo y gas, fabricantes de automóviles, el Pentágono, etc.) a pasar por el aro. Y para cualquier pacto global que ponga en marcha algo similar, una autoridad internacional como la ONU tendría que obligar a los países recalcitrantes o no conformes a hacer lo mismo. 

Algo tan transformador como el New Deal Verde, un Leviatán Climático logrado democráticamente, no se va a producir porque el Partido Demócrata o Xi Jinping o el secretario general de la ONU se den cuenta de repente que es necesario un cambio radical, ni tampoco a través del procedimiento parlamentario y del Congreso ordinario. Un cambio importante de este tipo solo podría provenir de una forma de democracia mucho más básica: la gente en las calles involucrada en acciones como huelgas de estudiantes y bloqueos de las minas de carbón. Este es el tipo de presión que los legisladores progresistas podrían utilizar para impulsar un Nuevo Acuerdo Verde, mutuamente acordado, capaz de construir una poderosa fuerza administrativa que pudiera convencer o obligar a todos a preservar los bienes comunes globales. 

Coerción: no es exactamente un eslogan de campaña muy sexy. Pero si las democracias no adoptan lanzamientos como el New Deal Verde, junto con el aparato administrativo, y obligan a los intereses poderosos a que lo cumplan, entonces el creciente caos político y económico del cambio climático marcará el comienzo de regímenes aún más autoritarios que ofrecen un régimen completamente diferente de agenda coercitiva. 

El New Deal Verde no es solo una importante iniciativa política. Puede ser el último método democrático de guiar el bote salvavidas de la Tierra a puerto seguro.

 John Feffer, colaborador habitual de TomDispatch, es autor de la novela distópica Splinterlands (publicada por Dispatch Books) y director de Foreign Policy in Focus en el Institute for Policy Studies. Su última novela es Frostlands (Haymarket Books), segundo volumen de su serie Splinterlands.
 

*++

¡LOS ROJOS SON-MU-MALOS LOS ROJOS SON-MU-MALOS LOS ROJOS SON-MU-MALOS! Y LA BOMBA ATÓMICA, EL SÍMBOLO DE LA RAZÓN Y DE LA DEMOCRACIA DEL CAPITAL, NO MATA, ATOLONDRA, Y DEBE ATOLONDRAR QUE TE CAGAS TÍO, CUANDO HOY EL COMERCIO DEL CAPITAL, LA PAZ DEL CAPITAL, LA DEMOCRACIA DEL CAPITAL, SE SOSTIENE SOBRE 5 MIL SACOS DE BOMBAS TÓNICAS POR UN LADO Y 4.999 SACOS DE BOMBAS TÓNICAS POR OTRO (Y SI NO SE HA ENTERADO VUELVA A LEER, QUE LAS BOMBAS TÓNICAS NO MATAN)



Hiroshima y Nagasaki: el imperialismo mata

Por Alejandro Iturbe
Kaosenlared
08.08.2019
 
El 6 y 9 de agosto, se cumplieron 74 años de cuando dos aviones de la Fuerza Aérea de EE.UU. arrojaron sendas bombas atómicas sobre las ciudades japonesas de Hiroshima y Nagasaki.



El efecto de esta nueva arma fue absolutamente devastador: además de la destrucción casi completa de ambas ciudades y de las regiones cercanas, se estima que hubo cerca de 250.000 muertes. Sólo la mitad falleció durante los días de bombardeo, el resto lo hizo en los días y meses siguientes, después de dolorosas agonías. Incluso quienes sobrevivieron sufrieron graves secuelas de por vida. La casi absoluta mayoría de las víctimas eran civiles.

El imperialismo estadounidense no tenía ninguna necesidad militar de realizar esta terrible acción: las fuerzas militares japonesas estaban prácticamente derrotadas y su rendición definitiva era inevitable a corto plazo. Los propios líderes militares de EE.UU. de la época han declarado que ese bombardeo era “militarmente irrelevante”[1].

Carl von Clausewitz, un general prusiano y teórico militar del siglo XIX, dijo que “la guerra era la continuación de la política por otros medios”. Se trató entonces de una definición política: un mensaje al mundo y a las masas de que el imperialismo estadounidense estaba dispuesto a todo para imponer y defender su hegemonía internacional y que, para ello, tenía medios militares de una capacidad destructiva nunca vista.

La hipocresía del TNP

Las imágenes de Hiroshima y Nagasaki provocaron horror en el mundo. Sin embargo, posteriormente, se crearon bombas aún más poderosas (la llamada bomba H o de hidrógeno) y se desarrollaron técnicas de lanzamiento a larga distancia con misiles. Otros países se agregaron al llamado “club de armas nucleares”: Rusia (entonces URSS), Gran Bretaña, Francia, China, India, Pakistán e Israel (aunque este país nunca reconoció poseer este tipo armamento). Corea del Norte también lo ha hecho recientemente. Otros países, como Argentina, Brasil e Irán, desarrollaron tecnología nuclear con fines pacíficos.

Lea también  Asamblea 49 de la OEA: ¡Abajo la OEA, la ONU y todos sus organismos de control imperialista!

Desde 1968, el imperialismo (en acuerdo con la entonces gobernante burocracia estalinista) impulsó el llamado Tratado de No Proliferación (TNP), que sólo reconoce el estatus de “nación nuclearmente armada” a cinco países (EE.UU., Inglaterra, Francia, Rusia y China, que son, al mismo tiempo, los miembros permanentes del Consejo de Seguridad de la ONU, con poder individual de veto sobre sus decisiones).

Es una política totalmente hipócrita que, bajo el manto de la “desnuclearización militar”, deja el monopolio de este tipo de armas a un pequeño puñado de países y se lo prohíbe a todos los demás, además de otorgar al imperialismo el derecho de controlar cualquier desarrollo nuclear en el mundo, así sea con fines pacíficos (valga como ejemplo, las sanciones de años anteriores contra Irán). “Olvida” además que, hasta ahora, las fuerzas armadas del imperialismo estadounidense fueron las únicas que usaron de modo efectivo este tipo de armas.

Y si no volvieron a utilizarlas no fue por “cuestiones de conciencia” (ya habían mostrado su disposición a hacerlo en Hiroshima y Nagasaki) sino porque se lo impidieron la relación de fuerzas de la lucha de clases en el mundo y la indignación en los pueblos que ese bombardeo provocó. Pero siguieron mostrando los niveles de crueldad que son capaces de llevar adelante con el empleo de otras armas terribles contra poblaciones civiles, como en el napalm durante la guerra de Vietnam, en las décadas de 1960 y 1970. Ni siquiera así pudieron evitar su derrota frente a la heroica lucha del pueblo vietnamita.

Las “fuerzas destructivas”

En un video del 9 de agosto de 1945, el entonces presidente estadounidense Harry Truman dijo que la bomba atómica era “un gran logro científico”. Fue una clara demostración de la mentalidad imperialista.

Lea también  50 años de Stonewall: la noche que los oprimidos hicieron correr al opresor
Actualmente, existe un gran debate sobre la tecnología nuclear, incluso con fines pacíficos (producción de energía). Hay quienes opinan que debería ser prohibida de modo absoluto por los riesgos de accidentes durante el proceso de producción (como los ocurridos en las centrales de Chernobyl, Ucrania-1986, y Fukishima, Japón-2011) y los problemas para deshacerse sin riesgos de los desechos radioactivos que esta producción genera. Por el contrario, otros sectores afirman que, sometida a controles y mantenimiento rigurosos, la producción nuclear puede ser una fuente de energía alternativa muy eficiente y segura.

No podemos profundizar este debate en este artículo y, por ello, no vamos a fijar posición sobre él. Lo que queremos señalar es que, si la tecnología nuclear pudiese ser un avance progresivo de las fuerzas productivas, la afirmación de Truman demuestra, una vez más, algo que venimos sosteniendo desde hace décadas: el imperialismo transforma constantemente las fuerzas productivas en destructivas y usa los avances tecnológicos contra la humanidad.

Por supuesto, estamos a favor de la destrucción del arsenal nuclear de todos los países que lo poseen. Pero esto será imposible en tanto subsista el capitalismo imperialista que ya ha mostrado disposición a usarlo contra las masas. No podemos descartar que intente hacerlo nuevamente si ve su supervivencia amenazada.

Sólo la revolución obrera y socialista y la liquidación final del imperialismo podrá eliminar realmente la “amenaza militar nuclear” y la catástrofe para la humanidad que ella representa.

Al mismo tiempo, sólo una sociedad socialista a nivel mundial, cuyo objetivo sea satisfacer las necesidades de la humanidad y no la avidez de ganancias de un puñado de monopolios, podrá definir si la energía nuclear es aplicable con seguridad o también debe ser descartada. Nos queda entonces seguir luchando por esa sociedad mejor.

*++