sábado, 18 de agosto de 2018

INMIGRACIÓN. EL ESPÍRITU SANTO QUE SALTÓ LA TAPIA DEL CONVENTO, Y POR H O POR B O PORQUE SE LE PUSO DURA, SE ZUMBÓ A LA MONJITA BRÍGIDA DEJÁNDOLA EMBARAZADA ES UN INMIGRANTE DE DIOS?




Entrevista a Antonio Izquierdo, catedrático de Sociología

"El sentimiento de amenaza ante la inmigración indica desintegración social"

Rebelión
InfoLibre
16.08.2018


Si el lector cierra los ojos y piensa en la palabra "inmigración", probablemente se le venga a la cabeza la imagen de una patera llegando a una soleada playa del sur de España, o de un barco cargado de desesperados a la búsqueda de un puerto amigo. Será quizás una estampa del Mediterráneo. O del Estrecho de Gibraltar. Bien, pues Antonio Izquierdo Escribano, catedrático de Sociología de la Universidad de A Coruña, uno de los más exhaustivos investigadores de España en el campo de la inmigración, representante de España en la OCDE de 1989 al 2008 en calidad de experto en migraciones internacionales, sostiene el empeño de que, cuando cerremos los ojos, se nos vengan también imágenes nuevas a la cabeza. Imágenes estimulantes, esperanzadoras.

El trabajo de Izquierdo desvela el fenómeno migratorio como un poliedro hecho de complejidades difíciles de entender a base de intuiciones e imposibles a base de prejuicios. Le interesa, por supuesto, la inmigración que entra por las costas desde el norte de África, la más dramática y la más fácil de aprovechar políticamente. Pero sobre todo le interesa recordarnos que esa inmigración, aunque supone un porcentaje escaso en comparación con la legal, se apodera de nuestra percepción porque es la que más torrencialmente nos llega a través de la televisión, capaz de convertir una tragedia en una rutina, una oportunidad en una amenaza, un ser humano en un extraño.

InfoLibre conversa con el autor de Crítica de la inmigración imaginada ahora que el tema migratorio está candente.
PREGUNTA: Hay problemas de saturación en la acogida en Andalucía. El debate político alrededor de la inmigración se calienta, con mensajes muy duros del nuevo líder del PP, Pablo Casado. ¿Está pasando algo nuevo o distinto? 

RESPUESTA: A poco que se tenga memoria, se comprueba que ya se ha vivido antes. Ha habido otros repuntes de entradas por el Estrecho, y también se ha acusado de ofrecer papeles para todos, de crear efecto llamada... El efecto llamada es un marco comodín a gusto del consumidor. Igual se utiliza para bloquear una regularización masiva de trabajadores sin contrato que para oponerse a una acción humanitaria. Todo esto es un dejà vu, con la oposición haciendo de oposición y el Gobierno tratando de tranquilizar.

P: El debate sobre inmigración se instala fácilmente en coordenadas falsas. 

R: Cada vez se discute menos sobre hechos y más sobre opiniones. Bueno, opiniones es un decir, porque las opiniones se fundan en una información, y no en distorsiones o en falsedades. Yo ya me niego a discutir sobre inventos. Si alguien me dice que es posible una inmigración cero o que no hay cambio climático, no discuto. Tampoco si me dicen que los inmigrantes consumen más sanidad que los envejecidos nativos. No es así. No hay turismo sanitario, y cuando se detecta un caso suele apuntar a un inmigrante que procede de un país rico. Hay etiquetas venenosas que se repiten una y otra vez.

P: ¿Qué distorsiones se producen? 

R: La inmigración que entra por el Estrecho es sólo una pequeña fracción de la que nos llega. Si miramos la encuesta de variaciones residenciales, el año pasado entraron [legalmente] algo más de 530.000 inmigrantes, de manera que, suponiendo que las entradas por el Estrecho llegaran a final de este año a 53.000, estaríamos hablando del 10%. La inmigración que entra por el Estrecho no constituye la mayoría de la que entra en el país. Es la que entra, ahora sí de modo masivo y diario, por la televisión. Es la que está conformando nuestra percepción. Yo no veo titulares, ni noticias que abran los telediarios que muestren los que diariamente se van de España. Y se van muchos.

P: ¿Cuántos? 

R: Si sólo miras o cuentas los flujos de personas que llegan, es recomendable ir a la farmacia a comprar aspirinas porque vas a tener un buen dolor de cabeza. Antes he dicho que en un año habían entrado más de 530.000, ¿verdad? Pero no he dicho cuántos se habían ido. Pero mire, durante los últimos tres años se están marchando más de 400.000 personas de origen extranjero cada año. El saldo entre entradas y salidas en 2017 es muy inferior al que había por ejemplo en 2008, cuando se producían más entradas que ahora, pero las salidas eran muchas menos. Ahora el saldo positivo, según la encuesta de variaciones residenciales, es es de 120.000 frente a 450.000 en 2008. No se va a producir una burbuja migratoria como la de 2002 a 2007. La situación del mercado de trabajo ahora es muy distinta. El porcentaje de inmigrantes en España se mantiene más o menos estable cerca del 12% de la población. Y si crece lo hará poco a poco.

P: A pesar de lo cual, sí crece la inquietud social. Y se tensa el debate político. 

R: Pero la opinión pública, ¿por qué se inquieta? Porque hay menos cohesión social, el sentimiento de amenaza es un indicador de desintegración social. Por eso los Casado, los Rivera y los que quieren el poder a costa de romper lazos pescan en ese río revuelto, porque saben que funciona entre el electorado inseguro. Porque el común de los ciudadanos, sobre todo los más vulnerables, la gente más insegura en el empleo, la que ha perdido el vínculo de comunidad, cuando le dicen que llegan un millón y medio de refugiados a Europa, pues piensan "ahora llegan las ONG y les atienden y les pagamos las ayudas". Etcétera. Se persigue llegar al poder, aunque sea apoyándose en el voto racista, es decir, vaciando de contenido la democracia, que se sostiene en la cohesión social, en la conversación plural y en los valores humanitarios.

P: ¿Qué se puede hacer? 

R: Es muy importante que cuando entra una persona, a título de lo que sea, sea de reagrupación familiar, como solicitante de asilo y refugio, o como profesional cualificado, al día siguiente de su llegada esté inscrito en el mercado de trabajo. Que viva de su trabajo mientras se examina su documentación y se resuelve. Porque todos van a terminar trabajando más tarde o más temprano. Así que lo que hay que procurar es que todos tengan la posibilidad legal de hacerlo para achicar la ilegalidad y la explotación.

P: ¿También los inmigrantes en situación irregular? 

R: Obviamente. Hasta que se resuelva su situación. Si no, malo. Porque ya sabemos que la mayoría son jóvenes, que casi no acuden a la sanidad pública, que no faltan al trabajo si lo tienen por miedo a perderlo. Y a pesar de todo, la opinión pública es sensible a esa idea de que dependen de las arcas públicas, o de que compiten rebajando los salarios.

P: Todos acaban trabajando, dice. Salvo los que son expulsados, ¿no? 

R: Claro. Pero mientras se resuelve su situación, deben tener la oportunidad de trabajar. Luego ya podemos discutir otras cosas: que son trabajos precarios, que los desclasan, que no se compadecen con la titulación que traen... Vale, pero están contribuyendo. Aquí hay un problema de gestión grave. Y es que, para pedir el reconocimiento de la condición de asilado y refugiado, pueden pasar hasta tres meses sólo para que te den la cita. ¿De qué viven esos tres meses los solicitantes? Tienen que trabajar irregularmente. Y no sólo los que entran por el Estrecho carecen de permiso de residencia o de trabajo, también muchos de los que entran por aeropuertos, carreteras y otros medios. Lo que distingue a la inmigración que entra por el Estrecho es que su visibilidad en los medios empuja a establecer comparaciones y publicar gráficas todos los veranos, elaboradas con los datos del Ministerio del Interior. Pero no es el flujo más copioso, sino el más vistoso. Es la inmigración que entra por los ojos, la más dramática, y, por supuesto, la que más muerte comporta. No es el número, sino la fuerza de las imágenes.

P: ¿Cree que existe insensibilidad social? 

R: No. La sociedad española, con pocas excepciones, está actuando de un modo solidario, empático y generoso.

P: ¿A qué lo atribuye? 

R: Seguimos enviando gente fuera. No creo que sea toda la explicación, pero aún tenemos conciencia de país de emigración. Aunque ahora los nativos que se van tienen más estudios, también emigran nuevos españoles, es decir, inmigrantes naturalizados. Sé que no hay astilla más hiriente que la de la misma madera, pero hasta hoy, la pluralidad cultural de España ha convivido con la diversidad migratoria.

P: En cambio, en toda Europa lleva la iniciativa el discurso antiinmigratorio. 

R: Fíjese en Alemania, donde muchos se levantaron contra la sensatez de decir que acoger un refugiado es una bendición a medio y largo plazo. El problema es que se piensa en el presente más presentista. Los venidos de fuera no aportan sólo cotizaciones, también innovación cultural y otros valores asociativos.

P: Y más con la natalidad bajando. 

R: Y va a seguir estando baja. Sí, debería ser un poquito menos baja. Pero no somos los únicos. En ningún país europeo hay reposición. A mí no me importa que la población decrezca. Me preocupa que la estructura ande muy desequilibrada. Creo que éste es un asunto de largo recorrido, que se compadece mal con la política electoral, que es de vuelo corto. La inmigración no se debe abordar sólo coyunturalmente cuando crecen los flujos. Hay que debatir y decidir si queremos que la inmigración figure como elemento básico en la conformación y en la constitución de este país multicultural.

P: Casado alertó contra la política de "papeles para todos". Pero lo cierto es que ni siquiera está sobre la mesa esa posibilidad. 

R: Ni en los ámbitos políticos ni de poder se ha hablado de eso. Los que de verdad mandan, que tienen a los políticos como intermediadores, no quieren papeles para todos.

P: ¿Por qué? 

R: Porque los quieren más explotables.

P: ¿Pero sería una opción posible? 

R: En un reciente curso de verano en El Escorial me incomodé al escuchar a académicos que hablaban de que son los partidarios del orden los que ven a los inmigrantes como una amenaza. Orden, orden, ¿qué orden? Esto no lo digo por [Pedro] Sánchez, que lleva pocos meses y no ha tenido tiempo de articular una política. Pero aquí no hay ni ha habido un orden. En el plano migratorio, hace falta un orden, sí, pero un orden nuevo, más pegado al análisis de los hechos y menos a la propaganda electoral. Lo que hay aquí y en el conjunto de la UE es un desorden migratorio. Nadie dice "papeles para todos" ni nadie va a decirlo, pero creo que es imprescindible una reflexión política sobre este fenómeno, que no es un tema más, es un elemento básico para fortalecer la UE. Hace falta un orden para gestionar un fenómeno real, que es la atracción que ejercen los países de destino y, sobre todo, la expulsión desde los países de origen. Otra política de regulación de las migraciones es posible, se podría decir. Pero no interesa.

P: ¿No interesa? 

R: Ahora no gusta nada que dure tiempo. Todo tiene que ser provisional. Y en este tema hace falta un orden estructural que afecte a la educación, a la sanidad, a la acogida. Un consenso básico que se respete, que no cambie en función de un partido u otro. Además, a los inmigrantes no se les ve como ciudadanos, ni se les reconoce el voto. Nuestra democracia en este tema no es inclusiva, sino excluyente.

P: ¿Cómo sería un orden alternativo al desorden actual? 

R: Esto hay que debatirlo entre todos. Lo primero es escuchar. No sólo hablar. Eso le falta a la democracia española: escucha y deliberación. Si a mí me pregunta, mi prioridad es la tasa de absorción. Es decir, la integración. El punto central lo pondría ahí. Tanto en las entradas como en las estancias. Es fundamental que el que llega perciba que hay un orden integrador. Uno va a una embajada de Estados Unidos fuera de Estados Unidos y percibe ese orden, que es propio del país. Eso tiene que ocurrir en España desde la entrada de un inmigrante. En la admisión, en la selección, en todos y cada uno de los pasos de su documentación. Y no me falta sentido de la realidad. Tengo perfecto sentido de la realidad. Otra cosa es que no me gusta la realidad. Pienso que cuando alguien llega de fuera el pensamiento que debemos tener es que se trata de una persona que quiere formar parte de este país. No sólo mano de obra o ave de paso.

P: ¿En qué se traduciría poner la integración en el centro? 

R: Ciudadanía y voto, que van unidos.

P: Pero eso, ¿es viable? 

R: ¿Cuál es el problema si entramos más a fondo? El problema es que tenemos preferencias que hacen que un inmigrante de América Latina tarde dos años y un marroquí necesite diez de residencia continuada. Hay una clara discriminación. Tiene que haber una política de ciudadanía, sin atajos ni trayectorias quebradas. Yo pondría un término medio. Quizás no serían dos años, ni diez. Cuatro o cinco. Y mientras tanto tienen que poder ejercer ciertos derechos políticos. Porque además los que más tardan en acceder a la ciudadanía, los marroquíes, son aquellos que la opinión pública mira con más recelo por causa de su lazo religioso.

P: Pero una política centrada en la integración atraería mayores flujos de entrada. 

R: Llegamos a la segunda parte. No puede haber para la migración internacional una política nacional. Tiene que haber una política del conjunto de la UE.

P: Eso cae por su peso. Pero, en la práctica, ¿no se convierte en la coartada para no hacer nada y permanecer sine die en este desorden por falta de acuerdo? 

R: Se convierte en algo paralizante, sí. Y no debería. Ésta es una crisis de la UE, no una crisis migratoria. ¿Cómo se puede defender que es un problema que viene de fuera? ¿Cómo es posible que unas personas que no tienen dinero, que no controlan medios de comunicación, que no tienen poder, van a ser capaces de alterar la identidad de un país? Una identidad tan débil no merece mantenerse.

P: ¿Qué podría hacer España mientras llega ese acuerdo europeo? 

R: Avanzar. En ciertas épocas hemos avanzado, con acuerdos de regulación de flujos con los países de origen. Lo que pasa es que se hacía sin tino, por ideología, o por afinidad religiosa, o pensando sólo en las llegadas de cayucos y pateras. La realidad es más sencilla y clara. La inmigración está evolucionando como familia y estructura de población arraigada. Es posible tranquilizar a la opinión pública y dar argumentos al Gobierno en el tema de control de flujos. Si el grueso de la inmigración está en seis u ocho países, como Marruecos, Rumanía, Colombia, Ecuador, etcétera, hay que saber que es de esos países de los que procede el actual aumento de la inmigración. Salvo en el caso de Rumanía, que ahora baja, y en el de Venezuela, que sube. Los unos son comunitarios y circulan, y los otros huyen de una situación crítica. Todo esto es positivo para regular los flujos y para la integración, porque sabes con quién tienes que cooperar. No es lo mismo hablar de 150 países que de unos pocos en los que te puedes centrar para que el principio de integración regule la política. No sólo acuerdos para detener cayucos, sino convenios de doble nacionalidad. O vamos a esa regulación o vamos a la barbarie. Tenemos un lugar privilegiado para diseñar una política que dé pasos hacia la cooperación. Pero ahora emprender esa política inteligente y no sólo reactiva se está poniendo difícil.

P: ¿Por qué? 

R: Porque la Europa del sur está muy debilitada. Si Italia no estuviera así, los países del Mediterráneo podrían tener una política razonable con el Magreb. España hace cosas que tienen sentido, como su relación con Marruecos. Pero es insuficiente. Los españoles y el resto de europeos debemos estar en África, invertir en África. Pero los gobiernos y los poderes económicos globalizados están en un proyecto de destrucción de vínculos.

P: Quienes trabajan de cerca con migraciones afirman que Marruecos juega con la llave de la inmigración para obtener rédito en su relación con España y Europa. 

R: Pues sí, puede ser. Y quizás Turquía también. Es el único lenguaje que hemos utilizado con esos países, el del dinero, y ellos también dominan ese idioma. Necesitamos construir instituciones entre las dos riberas, generar ligazones, escuchar y conversar para resolver problemas de uno y otro lado. Con los vecinos hay que hablar para que la ayuda mutua y la paz vertebren las relaciones. Hay confianzas que el dinero no puede comprar.

P: Frente al discurso economicista de corto plazo, se alza otro tipo de discurso, que podríamos llamar de buena voluntad. El catedrático de Filosofía Javier de Lucas ha advertido en estas páginas del riesgo de la falsa disyuntiva "pragmatismo vs. buenismo", porque margina la cuestión esencial: que los inmigrantes son titulares de derechos que el tenemos la obligación legal de respetar. 

R: En El Escorial escuché que había una "corriente", así la llamaban, "corriente", que era la del "discurso de los derechos humanos". Disiento. No se trata de una ideología. Esto no es un discurso. Es un dato de civilización. Aquí hay que elegir. Podemos regresar a una sociedad tribal o ir a una estatalmente organizada, en la que los derechos humanos se respetan. Son los derechos humanos o la barbarie. No cabe confundir la política de asilo y la reagrupación familiar con las políticas de inmigración laboral. Unas se enmarcan en la Declaración de los Derechos Humanos, las otras no. Desde luego no siempre están claros los límites, eso lo sé. Eso ocurre por ejemplo con las migraciones debidas al cambio climático. ¿Se ven forzados a huir de su región? Hay que pensar cada día más en clave de conciencia de especie. Porque el cambio climático no tiene fronteras. Los fenómenos de la globalización tampoco. O salimos juntos o nos hundimos. Y muchos queremos salir acompañados. Otros, aparentemente, no: esa élite global sin raíz ni lugar, cuyos actos y decisiones socavan los vínculos sociales a gran escala.

P: Dominan Trump en Estados Unidos, Salvini en Italia y Orbán en Hungría. Y la ultraderecha es fuerte en media Europa, incluida Francia y Alemania. Con la inmigración siempre en el centro. ¿Ve a España también en riesgo? 

R: No soy adivino. Hasta ahora, no. Es verdad que las cúpulas de algunos partidos, no sólo del PP y Ciudadanos, también nacionalistas, llevan años haciendo méritos para que nos comportemos así. Pero las gentes en general no los han seguido. También se vaticinaba que, llegado a un nivel de tasa de paro, se produciría violencia contra los trabajadores inmigrantes. Y no se ha producido. Veremos.

P: La inmigración es el problema que más crece en el último CIS, aunque sigue sin estar desbordada. ¿Cómo lo valora? 

R: Me quedo con que hasta ahora en los hechos no se ha producido un rechazo a la inmigración. Y supongo que Casado y algún otro lo podrán intentar, porque ven que da resultado. Si en Alemania, sus correligionarios, han conseguido poner a Merkel contra las cuerdas, ¿por qué no aquí? Casado ha visto por dónde soplan los vientos. Pero hasta hoy la población llana y más vulnerable está dando una lección a las cúpulas de los partidos. Pero bueno, [las cúpulas] seguirán insistiendo.

P: Insistiendo con mensajes como que el Aquarius ha ocasionado un efecto llamada. O que hay "millones de inmigrantes" de camino en busca de "papeles para todos". 

R: La derecha maneja mejor los marcos discursivos. Es así. Crean el marco y la etiqueta. En sus manos tienen los grandes aparatos de propaganda.

P: Seguro que ha tenido noticia de las últimas declaraciones de Salvini, que ha acusado al Gobierno español de favorecer "una inmigración fuera de control". ¿Qué respuesta le sugeriría al Gobierno que le diera? ¿Con qué argumentos? 

R: El caso del Aquarius fue una acción humanitaria. Luego se evalúa quiénes son susceptibles de acogerse al asilo y quiénes no. A los rechazados yo les daría la opción de acceder al procedimiento ordinario de inmigración. Otra cosa es la llegada de pateras, sin conexión con el Aquarius, para la cual el ministro Borrell ha propuesto el acuerdo de readmisión y la contraprestación de formación reglada y profesional en un número equivalente al de inmigrantes devueltos. Es una propuesta de política migratoria, no humanitaria o de asilo. No veo que esta política proactiva impulse el descontrol, otra cosa que habrá que evaluar es su viabilidad. Salvini no plantea una política de inmigración, es decir, hacia fuera, sino una política electoral, pero hacia dentro, y oferta un imposible, la inmigración cero. El cero en política migratoria es un número irreal. ¿Cuántos inmigrantes indocumentados habrán entrado en Italia mientras Salvini hacía estas declaraciones? En marzo de 1991, otro ministro italiano hacía una declaración a favor de la política de inmigración cero durante una conferencia internacional sobre las migraciones organizada por la OCDE y, unos días después, llegaron 27.000 albaneses en diversos tipos de embarcaciones al puerto de Brindisi. ¡Qué flaca es la memoria!


*++

viernes, 17 de agosto de 2018

HEMOS SUPERADO LA CRISIS GRACIAS A LA RUMBA DE PERET, BORRIQUITO COMO TÚ QUE NO SABE NI LA Ú. ÓLE LA GRASIA QUE NO SE PUE´AGUANTÁ, QUE TIE MAS´HARTE QUE UN TRABALENGUAS INTELECTUAL-POLITICO-GASEOSERO Y DE FARFOLLA DE MARIANO RAJOY




Las falsedades de la supuesta recuperación económica promovida por el pensamiento neoliberal dominante



Rebelión
17.08.2018


Se está creando la percepción en los países del capitalismo desarrollado de que la Gran Recesión -que ha causado un deterioro muy acentuado del bienestar y calidad de vida de la mayoría de sus poblaciones- es un hecho del pasado, consecuencia del supuesto éxito de las políticas neoliberales que los gobiernos de estos países han ido aplicando durante este período. Estas políticas han consistido en reformas laborales (supuestamente encaminadas a favorecer la flexibilidad de los mercados laborales) y recortes del gasto público, incluyendo del gasto público social (en servicios públicos como la sanidad, la educación, la vivienda social, los servicios sociales, las escuelas de infancia, los servicios domiciliarios, y otros; y en transferencias públicas, como las pensiones) que se aplicaron para reducir el supuestamente excesivo déficit público que estaba “ahogando” a la economía, como consecuencia de una “excesiva generosidad de los derechos sociales” que tenía que corregirse y revertirse mediante la imposición de políticas de austeridad.

El “supuesto éxito” de las políticas públicas neoliberales

Según los establishment político-mediáticos que promueven la sabiduría convencional en cada país, estas medidas han tenido un gran éxito habiendo recuperado el rigor y la eficiencia de sus economías. Como prueba de ello, presentan indicadores que -según afirman- reflejan tal recuperación como, por ejemplo, el aumento del crecimiento económico y la disminución del paro. Esta promoción de las políticas neoliberales va acompañada, por lo general, de referencias al “supuesto gran éxito” de la economía estadounidense -máximo referente del pensamiento neoliberal-, que se atribuye a la gran flexibilidad de su mercado de trabajo y a su escaso gasto público (el más bajo, una vez descontado su gasto militar), muy acentuado en el caso del gasto público social (responsable de que EE.UU. sea el país capitalista desarrollado con menor protección social). Según explica la sabiduría convencional -de clara sensibilidad neoliberal- este país, después del colapso de su economía (de 2007 a 2009 su PIB bajó un 4%), recuperó, a partir del 2009, su tasa de crecimiento (un promedio de 2,1% anual), lo que provocó un gran descenso del paro, que de ser del 10% pasó a ser el más bajo del mundo capitalista desarrollado, con un 3,8%.

Lo que esconden los indicadores del “supuesto éxito”: el deterioro muy notable del bienestar y calidad de vida de las clases populares

Lo que tales argumentos ocultan o desconocen es que, en gran parte de los países capitalistas desarrollados, las cifras del paro tienen un valor muy relativo para medir el grado de eficiencia del mercado laboral, pues excluyen a grandes sectores de la población que sufren las consecuencias del gran deterioro del mercado laboral (causado por tales políticas neoliberales), y que no quedan reflejados en la tasa de paro. Este indicador de paro no incluye, por ejemplo, la población que trabaja en situación parcial y temporal que querrían hacerlo a tiempo completo (la población empleada subocupada), un problema grave creado por las reformas laborales. Este sector ha sufrido un notable aumento, alcanzando su máxima expresión en el trabajo precario, muy generalizado hoy en la gran mayoría de países capitalistas desarrollados. En España se habla mucho (con razón) del elevadísimo paro, pero no se habla tanto del elevadísimo nivel de precariedad entre la población empleada. Los contratos más frecuentes en España son los que duran 15 días y una cuarta parte del total tiene una duración de 7 días, siendo este el tipo de contrato que ha aumentado más desde el inicio de la crisis en 2007. Desde que se inició la crisis, casi el 60% del empleo creado ha sido -precisamente- de carácter temporal y parcial.

Otro sector de la población que no se incluye en la tasa final del paro es la gente que ha abandonado la búsqueda de puestos de trabajo por no encontrarlo. En EE.UU., en caso de incluirse este sector de la población, la tasa de paro ascendería a un 7,6%. En realidad, si se sumaran los desempleados, los empleados subocupados y los que se han desanimado en su búsqueda de puestos de trabajo, la cifra de paro ascendería a un 10,9% (17,6 millones de personas). Esta trágica (y no hay otra manera realista de definirla) situación, muestra las limitaciones de utilizar la tasa de paro como el indicador principal de eficiencia del mercado de trabajo. El “éxito” en la reducción de la tasa de paro, se ha conseguido a costa de un enorme crecimiento del paro oculto, de la precariedad y del desánimo en el que se encuentran grandes sectores de las clases trabajadores en estos países, que representan la mayoría de las clases populares.

En el país modelo neoliberal, EE.UU., a estos datos debe sumarse otro factor raramente mencionado cuando se analiza el tema del paro: el elevadísimo porcentaje de la población que está encarcelada. Los presos de aquel país son 2,2 millones de personas, tres veces superior al promedio de los países de semejante nivel de desarrollo económico. Sin lugar a dudas, si el porcentaje de la población encarcelada fuera semejante a la existente en la mayoría de países de la UE, el número de personas sin trabajo y que lo están buscando (así como las tasas del paro oficial) sería incluso mucho mayor que el enunciado en las cifras oficiales de paro. En realidad, la elevada encarcelación es una de las causas de que el paro aparente ser tan bajo en EE.UU.

Los elevados costes de las reformas laborales y otras medidas neoliberales

En España, la aplicación de las políticas neoliberales creó un enorme deterioro del mercado laboral español. Todavía hoy, cuando se asume que la economía se ha recuperado, solo la mitad de los puestos de trabajo perdidos (3,8 millones) durante el inicio de la crisis (2008-2013) se han recuperado. Pero como en el caso de EE.UU., si sumamos a las personas que están en paro (17%) las personas que están subocupadas (personas que trabajan a tiempo parcial involuntario) y las que han abandonado la búsqueda de trabajo, desanimados en encontrarlo, la cifra de paro real aumentaría a un 28%, es decir, casi el doble.

Repito pues, una observación que, a pesar de su gran importancia, apenas es visible en los fórums mediáticos y políticos del país: el descenso del paro oculta el gran crecimiento del paro oculto, de la precariedad y del desánimo. Esta es la realidad que se desconoce e ignora, y que ha causado grandes protestas populares en todos los países, canalizadas por los movimientos antiestablishment.

¿Por qué los salarios no suben -e incluso continúan bajando- cuando el desempleo supuestamente se está reduciendo?

Estas cifras reales de personas desocupadas -que no quedan reflejadas en los indicadores de paro- explican que haya una enorme reserva de personas en necesidad de trabajo. Es más, a las personas que constituyen esta gran reserva de gente buscando trabajo hay que añadir los millones de trabajadores que existen en reserva en países menos desarrollados, cuyos trabajadores aceptan salarios mucho más bajos y las condiciones de trabajo mucho peores que en los países capitalistas desarrollados. De ahí que la desregulación del mercado de trabajo (una de las mayores medidas neoliberales) haya ido acompañada de otra gran medida neoliberal: la desregulación de la movilidad de capitales (con la globalización de las llamadas multinacionales) que está empoderando al mundo empresarial frente al mundo del trabajo. La amenaza del desplazamiento de empresas a países con salarios bajos es una de las medidas disciplinarias más comunes hoy en los países capitalistas desarrollados, en contra de los trabajadores.

Como parte de esta desregulación del movimiento de capitales se ha promovido la otra cara de la moneda, es decir, la promoción de la movilidad de los trabajadores, favoreciendo la inmigración como medida para garantizar la disponibilidad de trabajadores que, por la vulnerabilidad asociada a la condición de inmigrantes aceptan salarios más bajos y peores condiciones de trabajo.

Estos datos explican que, a pesar del descenso del nivel de paro oficial, los salarios no suban. Si tal cifra de paro fuera real, la clase trabajadora estaría más empoderada en su negociación con el mundo empresarial, a fin de obtener salarios más altos. El hecho de que ello no ocurra se debe al enorme debilitamiento de la case trabajadora y del mundo del trabajo, incluyendo sus sindicatos, que se traduce en la enorme disponibilidad de trabajadores potenciales, estén estos dentro o fuera del país.

La gran debilidad del mundo del trabajo: el objetivo de las políticas neoliberales

Hemos visto así que uno de los principios del pensamiento económico dominante -el subrayar que el descenso del paro crea un aumento de los salarios– no se ha realizado: los salarios no han estado subiendo durante la recuperación. Antes al contrario, han estado descendiendo. De nuevo, mirando el modelo estadounidense vemos que el trabajador (no supervisor) de EE.UU. recibe hoy un salario que es un 4% más bajo que en el año 1972 -hace 46 años- y ello a pesar de que la productividad de este tipo de trabajador se ha más que doblado durante este período. La riqueza creada por este aumento de la productividad no ha beneficiado, sin embargo, al trabajador, sino a todos los demás que están por encima de él, desde sus supervisores, empresarios y equipos de dirección, así como a los financieros que manipulan el crédito y especulan con los beneficios empresariales conseguidos por el descenso de los salarios.

Esta situación se ha dado también en las economías europeas, incluida la española. En la gran mayoría de países europeos, el crecimiento de la productividad ha sido mayor que el crecimiento de los salarios, realidad que ha estado ocurriendo desde el inicio de período neoliberal, a finales de la década de los años setenta del pasado siglo, hasta ahora. En otras palabras, esta situación ha contribuido a que el PIB de tales países haya subido más rápidamente que los salarios (que en muchos países, como EE.UU., han incluso bajado) (ver: P. Dolack, Flat Wages ZCommunications, 2018).

Lo mismo o peor está ocurriendo en España

En España los salarios han bajado también. Ha sido un descenso del 10% durante el período de aplicación máximo de las políticas neoliberales (2008-2014) (afectando primordialmente a las mujeres y a los jóvenes), permaneciendo estables (o bajando en el sector privado), perdiendo así capacidad adquisitiva al crecer en menor grado que la inflación. En realidad, los salarios para los mismos puestos de trabajo, desde 2008 a 2015 descendieron un 12%. Ello ha estado ocurriendo a la vez que la productividad del trabajador (productividad real por hora trabajada) ha ido aumentando mucho más rápidamente que los salarios. El excedente se ha destinado a incrementar los beneficios empresariales, a las rentas superiores, aumentando con ello las desigualdades, siendo estas últimas de las más acentuadas en la Unión Europea.

Como resultado de ello, las rentas del trabajo han ido descendiendo en todos los países a la vez que las rentas del capital han ido subiendo. En España, este cambio en la distribución de las rentas ha sido uno de los más marcados. Como bien dijo en su día el magnate empresarial Warren Buffet, hay “una lucha de clases y la hemos estado ganando”. Y esta victoria se extiende a todos los niveles, de tal manera que la ideología del gran mundo empresarial -el neoliberalismo- continúa siendo hegemónica en las instituciones políticas y mediáticas, a pesar del enorme fracaso de lo que han significado en el quehacer económico del país. Ahora bien, la expresión “desastre” es relativa, pues para el mundo del capital y de sus gestores, la economía ha ido muy bien. Y lo que deseaban, es decir, la disminución de los salarios, de las expectativas de los trabajadores y el descenso (y, en ocasiones, el desmantelamiento) de la protección social, ha sido su gran “éxito”.

¿Cómo se ha conseguido la victoria neoliberal?

Lo que hemos visto es cómo la aplicación de las políticas públicas neoliberales ha debilitado los instrumentos creados por el mundo del trabajo para defender sus intereses, como los sindicatos. Las reformas laborales, por ejemplo, estaban encaminadas a “flexibilizar” el mundo del trabajo. El término flexibilizar quiere decir eliminar los derechos laborales y sociales conseguidos por los trabajadores durante la época dorada del capitalismo (1945-1980), donde un pacto social se había conseguido entre el mundo del capital y el mundo del trabajo. De ahí que la solución exigiría un cambio político, observación especialmente importante, pues las causas políticas del deterioro del mercado de trabajo se ignoran constantemente, atribuyendo tal deterioro a la automatización, a la robotización o a cualquier otro elemento, sin tener en cuenta que, a su vez, tales variantes técnicas son determinadas por el contexto político.

Parte de este debilitamiento del mundo del trabajo han sido los cambios en los partidos políticos que habían sido creados por este y que se han ido distanciando de su base electoral, haciendo suyas muchas de las medidas neoliberales que han contribuido a tal distanciamiento. El creciente control de estos partidos políticos (la mayoría de tradición socialdemócrata) por la clase media ilustrada (profesionales de formación universitaria que desarrollan intereses de clase propios, distintos a los que había sido su base electoral) explica su renuncia a políticas redistributivas y su conversión al neoliberalismo, tal y como ha ocurrido con los gobiernos Clinton, Obama, Blair, Schröder, Hollande, Zapatero, entre otros. El colapso de la socialdemocracia y otras izquierdas es un indicador de ello.

Es lógico y predecible que los movimientos antiestablishment de base obrera hayan ido apareciendo como respuesta

Esta situación explica el surgimiento de los movimientosantiestablishment, que protestan por la pérdida de la calidad de vida de las clases populares, causada por las reformas laborales, por las políticas de austeridad y por la globalización. El abandono por parte de las fuerzas gobernantes de izquierdas de las políticas redistributivas que las caracterizaron en el pasado (aduciendo que eran “anticuadas” o “imposibles de realizar”), y su compromiso con el neoliberalismo, fue el responsable del surgimiento de tales movimientos. El establishment político-mediático neoliberal atribuye tales movimientos a un crecimiento del nacionalismo, racismo, chovinismo, o cualquier ismo que esté de moda en estos centros.

Y cada una de las características de estos movimientos es respuesta directa al ataque neoliberal. El nacionalismo, por ejemplo, es una protesta frente a la globalización. Su antiinmigración es un indicador de rechazo a la globalización del mundo del trabajo, en respuesta a su ansiedad y temor a la pérdida su empleo o a la dificultad en encontrarlo. Y su antiestablishment es consecuencia de verlo como responsable de las políticas que les perjudicaron. EnEE.UU., por ejemplo, no hay evidencia de que el racismo se haya incrementado. En realidad, los votantes que hicieron posible la elección de Trump en el Colegio Electoral de EE.UU. procedían de barrios obreros en áreas desindustrializadas que habían votado a un negro, el candidato Obama, para la presidencia en las elecciones anteriores. Y en 2016, Trump ganó por que Clinton representaba al establishment, al ser Ministra de Asuntos Exteriores y máxima promotora de la globalización, responsable de las políticas públicas que habían estado dañando a la clase trabajadora.

La demonización de las protestas populares antiestablishment

Es característico del establishment político-mediático definir como “retrógrados” y “basura social” -como hizo la Sra. Clinton- estas protestas de los que se han opuesto a las medidas neoliberales que han dañado enormemente la calidad de vida de las clases populares. En realidad, era fácilmente predecible que Trump ganaría las elecciones (y así lo anunciamos algunos pocos cuando se iniciaron las primarias del Partido Republicano y más tarde cuando se eligió el Presidente). Las clases trabajadoras, dañadas por tales políticas, están mostrando su rechazo a los establishments político-mediáticos. La única alternativa que hubiera podido ganar a Trump era el candidato socialista Bernie Sanders, que pedía una revolución democrática, y así lo mostraban las encuestas. La destrucción de la candidatura Sanders por parte del partido demócrata, controlado por la candidata Clinton, fue un elemento clave en la victoria de Trump. Ni que decir tiene que las clases trabajadoras no son el único sector que presenta tal rechazo, aunque si que son las más movilizadas por ser también las más perjudicadas. Y lo mismo ha ocurrido en casi cada país europeo. Des del Brexit en el Reino Unido, al surgimiento de la ultraderecha a lo largo del territorio europeo son síntomas de ello. El abandono del proyecto auténticamente transformador por parte de los partidos de izquierda explica la canalización del enfado popular por parte de partidos radicales de ultraderecha.

En España, la aplicación de las políticas neoliberales de los gobiernos Zapatero primero y Rajoy después, afectaron muy negativamente al bienestar de las clases populares, que generó el movimiento de protesta y rechazo llamado 15-M, un soplo de aire fresco en el clima neoliberal promovido por los establishments político-mediáticos del país, y que cristalizó más tarde en Podemos. Este partido en poco tiempo se convirtió en una de las mayores fuerzas políticas del país, con un enorme impacto canalizando el enorme enfado y rechazo hacia las políticas neoliberales. Ello previno la movilización de la ultraderecha como instrumento de protesta, debido en gran parte a que esta estaba ya en el partido gobernante -el Partido Popular-, mayor impulsor del neoliberalismo (junto con Ciudadanos). De ahí que, el compromiso de tal partido con el neoliberalismo sea uno de los mayores obstáculos para que capitalice el enfado de las clases populares, por muy nacionalista y antiinmigración que se presente, como intenta su nuevo dirigente, Pablo Casado. Un tanto parecido ocurrirá con Ciudadanos, que está hoy utilizando su nacionalismo para ocultar su neoliberalismo.

La única salida a esta situación es que exista una amplia alianza de movimientos sociales y fuerzas políticas que rechacen el neoliberalismo, la globalización y la desregulación de los mercados laborales, así como de la movilidad de capitales y trabajadores a nivel internacional, que ha estado creando un enorme dolor a las clases populares. A no ser que exista este rechazo a las políticas neoliberales actuales, no veo posibilidades de cambio. Así de claro.

 Vicenç Navarro. Catedrático Emérito de Ciencias Políticas y Políticas Públicas. Universitat Pomepu Fabra.


*++

jueves, 16 de agosto de 2018

EN NICARAGUA TAMBIÉN CUECEN GARBANZOS

Hay que reinventar la izquierda, que está urgentemente enfrentada a retos nuevos en un contexto nuevo


Sobran preámbulos e introducciones. No importa quien yo sea. Uno de tantos con el rostro cubierto. Nací en Nicaragua en medio de la guerra y de la Revolución de los 80.  De mi madre aprendí el compromiso  con el pueblo y con los valores del sandinismo. Y  de mi padre… solo me quedó una foto vestido de miliciano  donde me carga en sus brazos siendo yo un tierno recién nacido.
Soy uno de los tantos y tantas que se tuvieron que poner la máscara cuando el gobierno se la quitó.
Lo que hoy me impulsa -o mejor dicho me obliga-  a escribir estas líneas es un sentimiento de “encachimbamiento” como decimos nosotros en Nicaragua – que me viene de muy adentro y que es muy ampliamente compartido.
Para entendernos mejor, primero les diré que el nicaragüense es de un natural afable y expresivo aunque suele ser bastante comedido en sus manifestaciones de enojo; como si demostrar públicamente su enfado (o “botar la gorra” como se suele decir popularmente) fuera un signo de debilidad. De manera que disponemos de una escala de emociones más extensa de lo habitual: cuando en el resto del mundo alguien está furioso, aquí se dice que está “muy molesto”, y en esa peculiar escala, el grado superior tiene un nombre propio y genuino: “El encachimbamiento”.  El dictador Somoza pudo experimentar en sus carnes el alcance de este fenómeno y con muchas semejanzas, 40 años después, la dictadura bicéfala de Ortega-Murillo también lo está experimentando.
El “encachimbamiento”  no es una simple subida de azúcar o un ataque de cólera, es un proceso químico-social aún mal estudiado por los politólogos, que tiene una evolución gradual. Es como un estado de fermentación interior, fruto de múltiples y reiteradas, contrariedades, enojos, frustraciones y humillaciones contenidas, cuya lenta maceración termina reduciendo súbitamente los niveles de miedo y provocando unos vahos altamente inflamables.
Ese “encachimbamiento” es justamente lo que desencadenó toda esta situación en la que Nicaragua está inmersa desde el 19 de abril. Está claro.
Pero a raíz de todo esto, en mi, como en much@s otr@s compañer@s, ha ido emergiendo otro enojo. Es más, se puede decir que estamos “muy molestos” con la bien pensante izquierda internacionalista. Yo incluso, diría que estoy “encachimbado”.
Encachimbado con esa izquierda jurásica que con sus dudas, sus recelos y sus silencios esta siendo cómplice de la sangrienta represión ejercida contra un genuino movimiento de insurrección cívica. Una izquierda que de pasada, también está perdiendo irremediablemente el tren de la historia, aunque eso, sería un mal menor… Porque mientras que sus gerifaltes se la pasan debatiendo sesudamente y glosando en sus foros  y en sus think tanks sobre los “golpes blandos”, las “revoluciones de colores” y las tesis imperialistas de Gene Sharp, los matones del régimen Ortega-Murillo envalentonados  y reafirmados en su guerra santa “revolucionaria” salen orgullosamente de cacería  a perseguir, a secuestrar o a matar (de preferencia desarmados, claro) a los oponentes tildados de “vándalos”, “delincuentes” y “terroristas” .
¡Que cómodos esos referentes ideológicos para transformar la legítima protesta social en una conspiración golpista de la CIA!  y que útiles les resultan a Ortega-Murillo para poder defender sus negocios y justificar sus fechorías ostentando el sello de intachables revolucionarios, acosados por una horda de jóvenes y “vándalos derechosos financiados por el Imperialismo”… solo por intentar hacer lo mismo que ellos hace 40 años en sus tiempos revolucionarios: ¡sacar al dictador! ¡Qué ironía!
¡Y qué desprecio! ¿O sea que si las luchas del pueblo no están enmarcadas dentro de un contexto estratégico adecuado, en el momento adecuado decidido por ellos y dirigido por ellos, no tienen validez. O sea que las luchas contra una dictadura pueden ser buenas o malas según esa dictadura sea de derechas o se proclame de izquierda?
Debe ser que somos jóvenes, incultos, sin bases teóricas y sin experiencia de la vida y de remate cortos de vista, porque donde nosotros vemos lucha de democracia contra autoritarismo ellos ven razones de Estado, conspiraciones a gran escala y batallas estratégicas para preservar espacios que la izquierda no puede perder. ¡Qué mala suerte que nuestra lucha se parezca demasiado a esas mentadas “revoluciones de colores” para poder ser homologada por el sanedrín de los revolucionarios!
Aún así, nos van a disculpar el atrevimiento señores de la izquierda bien pensante (y digo señores porque afortunadamente casi no hay damas) por brindarles aquí algunas reflexiones.
En primer lugar no desconocemos nuestra historia. Una historia marcada por la desgracia de haber nacido en el patio trasero de un imperio con todo lo que eso implica, y además por haber sido Nicaragua el lugar designado para la construcción de un canal interoceánico que antes de existir ya nos había valido más de una guerra civil y muchas invasiones de marines yankees. Nicaragua siempre ha estado en la encrucijada de intereses geopolíticos y estratégicos, y para que en un lugar así algo cambie, no siempre basta con que el pueblo lo decida… también hay que pedir permisos más arriba.
No somos ingenuos. Sabemos que los gringos siempre van a intentar interferir, abortar o recuperar los verdaderos procesos de cambio social, por muy incipientes o suaves que parezcan.
Pero responder a esa amenaza, tildando de golpista toda iniciativa popular no controlada y masacrando a su propio pueblo en nombre de principios revolucionarios, no solo es inmoral e inadmisible, también es totalmente contraproducente, porque mientras que eso ocurre, los gringos juegan el papel de buenos, apareciendo como los únicos protectores de la democracia y de los derechos humanos y dejando a la izquierda el penoso papel de defender las causas más impresentables.
Entierro de Gerald Vásquez, asesinado por paramilitares en Iglesia Divina Misericordia Foto: EFE
¿En nombre de qué principios y de qué ética se puede justificar tanta crueldad, tanta perversidad con la que se está castigando a nuestro pueblo? Porque en realidad de eso se trata: de un castigo ejemplar por desagradecidos, por revoltosos, por caprichosos reincidentes y por venir a provocar alborotos en la finca que ellos plácidamente controlaban.
¿Cómo se puede gobernar con tanto odio? ¿Con qué mente tan desquiciada se ha podido dar la orden de cerrar las puertas de los hospitales a jóvenes que se estaban desangrando? ¿o despedir a los médicos por el simple hecho de haber atendido a manifestantes heridos? ¿o entregarle comida envenenada a los estudiantes en los tranques? ¿o pasar echando ácido a la cara de los manifestantes? ¿o mandar a asesinar a los policías que no quisieron ser parte de esta masacre? ¿o pagar 2,500 córdobas de extra a los trabajadores de la Alcaldía de Managua para ir de cacería con licencia para matar y robar? y ya cuando terminaron sus labores de “limpieza” seguir persguiendo, amenazando, secuestrando, torturando.
Por solo mencionar algunos hechos absolutamente comprobados e irrefutables.
¿De qué izquierda estamos hablando, capaz de acometer o de encubrir semejantes barbaridades?
Confundir esta deriva asesina y este nepotismo de república bananera con un proyecto socialista, sandinista o mínimamente de izquierda, defenderlo, o si siquiera fingir neutralidad ante él, no solo es un error craso, es una vergüenza que la historia difícilmente perdonará.
Una cosa es reconocer que hoy el imperio ha afinado sus métodos con estrategias mucho más difíciles de detectar y más acordes con la era de la comunicación masiva y manoseada en la que vivimos.
Otra cosa muy distinta, es aplicar mecánicamente este análisis a cualquier situación de protesta civil o eximir de responsabilidades a cualquier régimen solo por el hecho de que este se auto afirme socialista y revolucionario, y en nombre de esos sacrosantos principios nuestro pueblo debería  aguantar los desmanes y los horrores que ni siquiera Somoza cometió en tan poco tiempo.
Esto sería un sinsentido, un insulto a la inteligencia y sobre todo; una actitud de profundo desprecio elitista por la lucha de un pueblo desarmado (¿hasta cuándo…?) que ante un abuso reiterado de autoridad pierde el miedo y se echa a la calle recobrando su memoria y su dignidad.
Un sinsentido, en primer lugar, porque el régimen Ortega-Murillo, por donde se mire, no es de izquierda, por mucho que se empeñe en disfrazar su neoliberalismo con su atosigante verborrea seudo revolucionaria. Este gobierno no tiene de izquierda más que el sello y el membrete, arrebatado con mañas a un partido que ellos mismos vaciaron de toda sustancia y convirtieron en una maquinaria electoral y represiva al servicio de sus intereses políticos y económicos.
Es más, el gobierno Ortega-Murillo es probablemente el alumno más aplicado del FMI en la región.
¿Qué diría Sandino, que inició su lucha contra las compañías mineras instaladas en Nicaragua si supiera que el gobierno que hoy usurpa su nombre ha vendido la mayor parte del subsuelo del país a grandes multinacionales extractivas? Sin hablar de venta de la concesión para la construcción del canal interoceánico a una turbia empresa china, arrebatando arbitrariamente tierras a los campesinos sin siquiera consultarlos o al menos intentar convencerlos.
¿Dónde están las políticas de izquierda de un personaje capaz de urdir cualquier amaño  con tal de perpetuarse en el poder, él, su esposa y su marimba de hijos e hijas, cada uno de ellos al mando de empresas, negocios, concesiones, canales de TV, etc.?
¿Cómo pueden seguir viendo en la figura de Ortega a un referente de la izquierda después de estar más que comprobada la aberrante historia de abusos sexuales cometidos durante años en contra de su hijastra Zoilamérica, cuando esta era menor de edad?
¿Referente de izquierda una persona capaz de pactar con la Iglesia Católica una ley medieval que penaliza el aborto, aunque sea terapéutico (es decir, que impide a los médicos intervenir para salvar la vida de una madre si esto implica que el feto esté en riesgo)
Pero aún con tanta indulgencia y  tanto pacto, la jugada les salió mal. Después de retozar durante 11 años con el gran capital, con la Iglesia, e incluso con los EEUU, Daniel Ortega se sintió súbitamente traicionado y volvió a desempolvar cínicamente su artillería “revolucionaría”: de la noche a la mañana la empresa privada se convirtió en golpista, la Iglesia en una secta satánica y la juventud “divino tesoro” de la Patria a la que se refería en sus discursos, en una horda de vándalos, terroristas y criminales a saldo del Imperialismo.
Llegado a este punto crítico, lo que más necesita Daniel Ortega es no perder la franquicia de Izquierda, seguir vendiendo el cuento que él representa y resguarda las esencias del antiimperialismo y  de esa manera reafirmar que todos los oponentes al régimen no son más que un atajo de somocistas, liberales y pro imperialistas.
No es caer en ninguna contradicción sin embargo,  reconocer que en situaciones como ésta los primeros en buscar ganancia son los de siempre, los más preparados y los que más recursos y experiencia tienen: la derecha apoyada por los EEUU y sus múltiples operarios.
Obvio que los gringos están siempre preparados para pescar (y más en río revuelto) y reconducir los procesos sociales a terrenos que ellos controlan. Pero entonces ¿qué hacemos? ¿Nos resignamos? ¿tiramos la toalla? ¿o seguimos solos en esta lucha?
El hecho es que  ante la incapacidad de la izquierda para  acompañar y encauzar los genuinos procesos de cambio, a ellos les resulta mas fácil y más cómodo condenarlos  y reprimirlos.
Pero tampoco ahí nos engañemos. Si los EEUU no han fomentado un golpe más contundente a este gobierno no es por falta de medios o de ideas, sino porque de alguna manera sigue sirviendo sus intereses en la región y porque a los gringos, igual que a la derecha les asusta más una revuelta popular que no controlan, que una tiranía con la que pueden negociar. Daniel Ortega bien lo sabe y bien lo aprovecha, lanzando la amenaza de que sin él la región se sumiría en un incontrolable caos.
¿Y ante todo esto qué piensa la Izquierda bien pensante?
Bien es cierto que intereses creados no admiten de demasiados razonamientos pero además, muchos de los gerifaltes no están dispuestos a arriesgar que su currículum antiimperialista sea puesto en duda si le retiran su apoyo al viejo compañero de ruta. En el mejor de los casos pueden llegar a admitir que Daniel Ortega se ha equivocado, que se le ha ido un poco la mano o incluso que esto le ha ocurrido por dejar que su esposa Rosario se metiera en asuntos que no la competían.
Pero a fin de cuentas estando de por medio el Imperialismo, terminan invariablemente pensando que el fin justifica los medios y que por consiguiente “no es el momento de entrar en debates que debiliten el campo progresista en América Latina”. Razón suficiente según ellos, para que Nicaragua siga siendo inmolada en nombre del Alba! y con esa lógica, seguro que en voz baja, más de uno estará diciendo de Daniel lo mismo que los gringos decían de su aliado el dictador Somoza para justificar sus atropellos sangrientos: “Es un hijo de puta, pero es nuestro hijo de puta.  Para seguir argumentando que “lo que viene después de Daniel puede ser un riesgo”. Efectivamente, en este país tan sometido a intereses foráneos todo cambio es un riesgo, pero aferrarse a la viga podrida por miedo a que se derrumbe todo el piso no parece la opción mas inteligente.
Ante una oposición ideológicamente dispersa y con el único proyecto común de exigir la salida de Ortega-Murillo, ¿no sería mucho más consecuente, desde una perspectiva de izquierda, acompañar solidariamente a esos jóvenes que aún se reconocen en los ideales de Sandino y apoyar a esos movimientos populares auténticos para que no queden solos y que sus causas no se vean recuperadas por otros intereses ajenos ?
Hay que gritarlo aunque sea en el desierto: se puede luchar por derrocar a este gobierno corrupto siendo de izquierda, siendo sandinistas  y condenando el imperialismo. Se debe luchar por derrocar a este dictador, justamente para poder reivindicar y rescatar con la cabeza en alto esos valores de izquierda mancillados.
Para que nuestros padres, que sacrificaron lo mejor de sus vidas (y de nuestra infancia) por una causa tan generosa no sientan que han luchado en vano ni piensen que estas sangrientas y demenciales derivas tienen algo que ver con los ideales en los que creyeron. Ellos no tienen culpa de que unos psicópatas asesinos disfrazados de revolucionarios les  hagan llegar a la tumba con esa injustificada carga de culpabilidad a cuestas.
¿Qué tendrá este país para ser tan señalado por la historia? Hace 40 años les tocó a nuestros padres derrocar una dictadura.  Ahora nos toca a nosotros. Sin armas, casi sin apoyos, rodeados de incomprensión, casi sin medios y casi sin tiempo para pensar y organizarnos.
Señores gerifaltes de la izquierda bien pensante,  si ustedes tanto quieren a Daniel Ortega como referencia y compañero de ruta, ¡quédenselo! Pero por respeto a todos los que han sacrificado sus vidas y las siguen sacrificando por sueños, por ideales y no por mezquinos intereses, por favor, dejen de estorbar, crucen la acera y cambien de nombre.   Hay que reinventar la izquierda, el internacionalismo. Dejarse de pajas y bajar al nivel de los adoquines. Porque contrariamente a lo que ustedes piensan, desde ahí se vislumbra mejor el horizonte.
En lugar de seguir retorciendo la realidad hasta hacerla encajar en sus teorías obsoletas, en lugar de defender lo indefendible, intenten al menos a encontrar un huequito en sus especulaciones para justificar que un puñado de gente encachimbada, sin armas, sin recursos,  sin contactos con la CIA  tengan derecho a existir, a expresarse y a luchar por sus derechos y sus ideales de izquierda.
Señores gerifaltes: no solo no logramos reconocernos en las practicas de esa izquierda que ustedes representan, sino que  a estas alturas del juego nos afirmamos huérfanos de ella!
La Izquierda está urgentemente enfrentada a retos nuevos en un contexto nuevo frente al que no tenemos preguntas ni respuestas claras y mucho menos certezas o teorías.  Hay cosas que no logramos entender. Pero hay algo mucho peor que no entender: estar convencido de que se entiende y recurrir a respuestas inadecuadas. Pero en todo caso, y para mientras, hay principios a los que sí hay que aferrarse: la ética y el humanismo sin los cuales no hay izquierda posible.
Decía en otra época un profético y lúcido disidente comunista:
“El viejo mundo se muere. El nuevo tarda en aparecer. Y en ese claroscuro surgen los monstruos”.
Ojala la Izquierda no siga haciéndose cómplice de ellos…

Juanónimo
Nicaragua, julio del 2018
*++

QUE NO QUIERES UN REY? PUES AHÍ TE VAN DOS (Que pagas de tu bolsillo mientras hay gente que no tiene que comer). QUE NO QUIERES UNA REINA? NO PROBLEM, QUE AQUÍ TE GUARDO DOS (Y si una no engorda, oiga, que yo no se nada, que comer come)




KALVELLIDO/REBELIÓN