jueves, 10 de septiembre de 2015

ESPAÑOLIZAR CATALUÑA O CATALUÑIZAR A ESPAÑA


Camino a las elecciones catalanas del 27-S

La sociedad civil o el “régimen catalán”

Rebelión
09.09.2015

Hay algo que hace a Catalunya completamente distinta al resto de España: Catalunya es una sociedad de clases. Entiéndase, todas las sociedades modernas son sociedades de clases, pero Catalunya lo es en el sentido tradicional e industrial de la palabra, una sociedad amoldada al patrón de su burguesía local, al tiempo que rígidamente segmentada. A diferencia de Madrid en el que por debajo de la oligarquía se extiende el puré indiferenciado de las clases medias y de una amplia mayoría proletaroide más o menos excluida; o incluso del País Vasco donde la burguesía de Neguri siempre quiso ser parte de la gran oligarquía española, Catalunya se distingue por algo que apenas existe en otros lugares: una sociedad civil establecida, rica, omnipresente y aparentemente plural.

Sobre la sociedad civil se han escrito muchas y loables chorradas. La máxima, amén de la más corriente, es la que confunde la forma con el contenido; y asimila el concepto a las organizaciones culturales y sociales, sindicales y patronales que NO dependen del Estado. La teoría liberal más tontuna defiende que una sociedad civil desarrollada es la principal garantía de una democracia desarrollada. Digo “tontuna”, porque la sociedad civil se debería entender al revés, al modo de Gramsci, como lo que complementa y otorga capacidad de consenso a la sociedad política. De forma muy resumida: el mejor Estado es aquel que no existe, que se confunde con la sociedad civil. Se puede así invertir el orden del democratismo más ingenuo: las sociedades con una sociedad civil desarrollada son más estables, menos conflictivas, más pacificadas. Justamente es este “Estado más allá del Estado” lo que añade efectividad a la dominación política, donde se esconde y a la vez se ratifica el hecho de que haya dominantes y dominados.

Pero ¿vale esto para Catalunya, ejemplo arquetípico de “nación sin Estado”? ¿No sería la sociedad civil catalana un imposible “sin el Estado catalán”? He aquí la paradoja: gracias a la construcción de una extensa sociedad civil, la burguesía catalana ha sabido suplir la ausencia de un Estado con una sociedad-Estado. O en otras palabras, las élites catalanas han conseguido gobernar de facto ese país (la Catalunya-nación con aspiraciones de Estado o de cuasi Estado) por medio de una amplia y extensa “sociedad civil”, y esto aun cuando no poseían todas las instituciones de un Estado completo. Así ha sido al menos desde mediados del siglo XIX, desde que la sociedad catalana se partiera en dos (o en tres o en cuatro) dando lugar a alguno de los episodios europeos más abroncados de la lucha de clases.

Traducido a términos más actuales: lo que hoy presenta Mas con su lista Junts pel Sí se podría interpretar como una inversión (muy 15M) de la sociedad civil sobre la sociedad política. Agotada esta última por la escalada de casos de corrupción, el desgaste de llevar a cabo un política de expolio neoliberal (y a favor de las élites catalanas) y una oleada de protestas que se les ha ido demasiadas veces de las manos, la estrategia de Mas ha consistido en poner a la sociedad civil delante de la clase política, una estrategia que no está a disposición de, por ejemplo, la oligarquía española. Paradójicamente también, la exigencia del Estado propio (por timorata y teatral que sea) se ha convertido en solución a la crisis de la sociedad política catalana, esto es, de su clase política.

Se trata de una estrategia brillante y nada fácil de derrotar para aquellos que apuestan por una ruptura en Catalunya (sean o no independentistas). Al igual que la cultura, que sirve para recubrir (y con ello justificar) lo políticamente injustificable, la sociedad civil es per se sinónimo de democracia y de “progresividad”. Nadie osa desafiar a la sociedad civil catalana. Y si no, fíjense hacia donde apunta la política de cambio radical en Catalunya. Sus objetivos suelen ser la monarquía, el PP, la banca, España, pero en ningún caso la sociedad civil catalana. Por ese efecto, lo que esta sociedad civil toca (los Mas y Convergència) tienen una suerte bula “radical” que en otros lugares jamás tendrían.

Frente al “efecto hegemonía” de la sociedad civil catalana, no cabe un camino sencillo. Hasta ahora se han vislumbrado (más que probado) dos vías. La primera, la más conocida, es la de las CUP. Llevando un poco más lejos la interpretación, se podría decir que las CUP juegan a “estirar el Estado catalán”. De un lado, estiran el soberanismo hasta tratar de reventar los límites de las élites catalanas. De otro, estiran la sociedad civil catalana para recrear por abajo una suerte de contraespejo de la misma. Se trata de un trabajo meritorio y a largo plazo. Las CUP, del mismo modo que los llamados movimientos sociales, reivindican la construcción de ateneus, cooperativas y sociedad de base. Se trata de un tejido social que aunque más plural y complejo que las CUP, tiene en estas y en algunos movimientos su expresión política más acabada. La apuesta parece pasar por una inversión del proyecto de fer país de Pujol, un país hecho desde abajo, por abajo, que trataría de invertir el reflejo de la sociedad civil catalana en una contra-sociedad.

La operación de “estiramiento” no está, sin embargo, exenta de límites y también de riesgos. El más evidente es que este tejido es una alternativa a la hegemonía de las élites catalanas sólo en el caso de que no sea absorbido o no se deje asimilar por la sociedad-Estado, esto es, sólo en el caso de que se constituya como contrapoder. El nacionalismo (aún más que el soberanismo) tiende, sin embargo, a ser disfuncional a la constitución de contrapoderes, y esto precisamente por su estatismo. El nacionalismo (e igual da español, catalán o vasco, dominante o dominado) exige siempre una vinculación con el Estado, con la voluntad de Estado, lo que genera inevitables operaciones de identificación y exclusión interna; y lo que es peor, la asunción de la máquina estatal como algo neutro (algo hasta cierto punto paradójico con su constitución como monopolio efectivo del poder). Esto es lo que la hace incompatible al Estado con la idea de democracia (y contrapoder) en tanto reparto-disolución del poder entre los dominados. Sería largo de explicar, pero podríamos reducir la cuestión al debate reiterado de si el procés es la tumba de las élites catalanas o la vía de su recomposición. Caso de que este último fuera el resultado, y todo apunta a que así será, las CUP serían sólo el ala izquierda de una dinámica en la que definitivamente son un sujeto subordinado.

La otra vía no tiene definición política clara, apenas existe como intuición. Para tratar de entenderla hay que partir de otra distinción. La sociedad civil no es la nación, ese abstracto en que se trata de incluir a todos los que “viven y trabajan en Catalunya”, sino algo mucho más reducido. Se podría decir que la sociedad civil catalana es la nación catalana tal cual es, y no tal y como pretende ser. Y esto implica exclusiones y sobre todo grados de pertenencia. Tómese los indicadores que más gusten (abstención electoral, relación con medios de comunicación o la simple observación cotidiana) y se verá que en la sociedad catalana, como en todas las sociedades europeas, existe una inmensa minoría desafecta a casi todos los “rituales de Estado”. Esto no tiene nada que ver con el españolismo (por mucho que se quiera vincular con el mismo): existe un amplio sector social que no ha sido alcanzado por ninguna estrategia de integración política, incluida la propia sociedad civil catalana, y que sistemáticamente se expresa con porcentajes de abstención cercanos al 50 %. Sobre su composición se puede decir que es mayoritariamente metropolitana, pobre, de perfil migrante o de hijos de migrantes (aunque ni mucho menos de forma absoluta), heredera de las derrotas históricas de todas las izquierdas, y de una clase obrera hecha trizas y convertida en un deshecho laboral y urbano. ¿A nadie la sorprende que la emergencia política (parcial y delegada pero real) de este sector social en los últimos 30 años haya venido de la mano de un xulo madrileny, de un nuevo Lerroux? Conviene recordar que sin el voto de una parte de ese segmento social no hubiera habido gobierno de Barcelona en Comú.

Si admitimos esta doble vía, sobre la base de un análisis al mismo tiempo social y político (un análisis propiamente de clase) se reconocen dos sujetos. De una parte, aparece una clase media joven, con credenciales universitarias relativamente proletarizada y autoorganizada en las CUP pero también en una pléyade de movimientos sociales de los que ha salido Barcelona en Comú; y, de otra, los “restos del proletariado” que ya no es clase industrial, que apenas tiene inserción en el mercado laboral sino como residuo y que es mayoritariamente desafecto a la política institucional (catalana, española o europea). La gran incógnita de este inmenso espacio social es cuál o cuáles pueden ser sus formas de expresión política, dentro de un marco que puede bascular desde la resistencia de lo que queda del movimiento vecinal hasta el voto a Podemos, pero que para consolidarse requeriría de medios de expresión propios y de formas de organización autónoma. Caso de que se aceptara este marco, la llamada ruptura tomaría formas algo distintas que la independencia de España, con toda su teatralidad y sus efectos de restauración del orden, para anclarse sobre la base de un proyecto político a construir, y cuya base sería lo que con términos viejos llamaríamos una alianza de clases.

Catalunya tiene un mérito indudable y que todos debemos agradecer: ha sido el laboratorio de la crisis del régimen político español. La incógnita que queda por despejar, y es que sin darle una buena patada a la sociedad civil catalana, todo apunta a que será también el laboratorio de su recomposición.

Emmanuel Rodríguez, miembro de la Fundación de los Comunes.

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miércoles, 9 de septiembre de 2015

REFUGIADOS; NO DEBEMOS LEGITIMAR CON NUESTRO VOTO A NINGÚN GOBIERNO NI A JEFES DE PARTIDOS POLÍTICOS CRIMINALES


Los gobiernos europeos y la dictadura siria de Al Assad son responsables de las muertes de miles de refugiados, como el niño Aylan Kurdi

UIT-CI
Rebelión
09.09.2015

Comunicado de Unidad Internacional de Trabajadores-Cuarta Internacional


El mundo entero quedó consternado con la foto del niño sirio llamado Aylan Kurdi, de tan solo 3 años, el pequeño murió al lado de su hermano y de su madre, el único superviviente de la familia fue su padre. Ellos venían de la ciudad de Kobane y huían de las atrocidades del régimen de Bashar Al Assad de Siria, de los bombardeos de la OTAN y del reaccionario ISIS, que surgió como otra fuerza en Siria para destruir la lucha del pueblo sirio y kurdo.

La familia estaba intentando llegar a Canadá, donde tenían familiares. Habían intentado varias veces el asilo en este país, lo que le fue negado. Lo mismo ocurre con los gobiernos imperialistas de Europa. Lo ocurrido con el niño Aylan es parte del drama cotidiano de miles de inmigrantes y refugiados que mueren o arriesgan sus vidas cruzando el Mediterráneo.

Los gobiernos europeos levantan muros, vallas y "blindan" sus fronteras con policías, militares, patrulleras, expulsiones y leyes de extranjería. Mientras dejan correr, de hecho, a la dictadura de Al Assad que es una de las causas de que miles de sirios escapen de sus bombardeos masivos y ataques químicos. El cinismo de los gobiernos de la Unión Europea(UE), de Merkel u Hollande, no tiene límites. Se acuerdan de la guerra cuando las consecuencias les llega a Europa. Son los mismos gobiernos de la OTAN que hoy cierran sus fronteras los que apoyan directa o indirectamente al dictador Bashar Al Assad y sus masacres que ya suman 300.000 víctimas. Los refugiados provienen de Siria y, en menor medida, de Afganistán, Irak, Eritrea y otros países africanos. Se tratan de miles y miles de jóvenes, trabajadores, familias que huyen de la violencia, la persecución o la miseria que le imponen la crisis económica y social del sistema capitalista-imperialista.

Para la UE sólo se trata de levantar muros, de abordar la inmigración como un problema de orden público. Cada muro que se levanta en Europa abre un nuevo negocio para las mafias, que se lucran de la desesperación. Su "mercado" es inagotable. La mejor manera de luchar contra los traficantes es abrir las puertas a la entrada legal de los refugiados y acabar con el tratado de Schengen y las leyes de extranjería, es poner fin al expolio, es dejar de avalar y armar a los tiranos.

Los pueblos europeos, a diferencia de sus gobiernos, están dando una demostración de solidaridad con los refugiados. La población de Islandia ofrece asilo en sus casas a los refugiados, el pueblo serbio da solidaridad abierta en Belgrado o la movilización de 30 mil personas en Viena (Austria) expresando su solidaridad y disposición a que se abran las fronteras a los inmigrantes. Es urgente abrir todas las fronteras de Europa permitiendo y facilitando la libre circulación de los miles de refugiados, otorgando asilo, vivienda y trabajo a cada uno. Se les debe prestar asistencia para escapar de sus países de origen y que no mueran en el intento. Esta exigencia es extensiva a los gobiernos del mundo, cesando inmediatamente el apoyo a las dictaduras como la de Siria y las intervenciones imperialistas y del reaccionario ISIS. Por todo esto debemos denunciar a los gobernantes de Europa y de Estados Unidos que vienen condenando a muerte a miles y miles de refugiados y dar apoyo a los refugiados y a la lucha del pueblo sirio. Llamamos a la movilización de los pueblos, de los trabajadores y la juventud del mundo, a las organizaciones de trabajadores y solidaria con los refugiados, a enfrentar las políticas de extranjería de los gobiernos y contra el régimen de Al Assad y el ISIS, en solidaridad con el pueblo sirio.

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RESPONDERÁ DE ESTAS MISERIAS Y SUFRIMIENTOS ALGÚN POLÍTICO, BANQUERO, RICACHO, PETROLERO, FABRICANTE DE ARMAS O EL MINISTRO DE ARMADO ESPAÑOL SEÑOR MORENÉS?


Los refugiados sirios y la mano negra de la CIA

Rebelión
Sputnik
09.09.2015


El éxodo de miles de personas no sólo cruza ya el Mediterráneo en barcos ruinosos, botes inseguros y balsas rudimentarias sino que además, en los dos últimos meses, ha comenzado a llegar desde Turquía a través del continente en una ruta marcada por la desesperación.

© REUTERS/ MARKO DJURICA


Los inmigrantes forzados tienen que cruzar cinco países —Grecia, Macedonia, Serbia, Hungría y Austria- hasta alcanzar la anhelada Alemania. La enorme mayoría de ellos procede de Siria, pero también hay oriundos de Irak, Eritrea o Afganistán. El flujo es incesante. Estremecedor. En ocasiones mortífero. La afluencia a las islas griegas del Mar Egeo contiguas a las costas turcas ha sido un 327% mayor que en 2014, según los datos de la policía de Grecia. Sólo en el mes de julio, el número de inmigrantes que han cruzado las fronteras de la Unión Europea ha llegado a los 107.500, triplicando la cifra que se produjo el año pasado. En junio ya fueron 70.000 y se espera que en agosto se alcance un nuevo récord alarmante.

Pero, ¿por qué se ha acelerado precisamente ahora este proceso migratorio? ¿Por qué no se ha dado antes, meses atrás, por ejemplo en primavera, teniendo en cuenta que la guerra civil siria cumple cinco años? ¿Qué circunstancias han confluido para que ocurriera este desastre? ¿Acaso no es una crisis inducida desde el exterior? ¿Qué papel está jugando la Unión Europea? ¿Y Estados Unidos?

Este caos migratorio no es nada casual. Es fruto de un contexto geopolítico muy concreto. Veamos cuál es.


© REUTERS/ UMIT BEKTAS


Turquía da cobijo a 1,9 millones de refugiados sirios, de los 4 millones que han abandonado su patria desde que empezó el conflicto armado en marzo de 2011. Desde entonces el Gobierno de Ankara se ha gastado 4.000 millones de dólares en atender sus necesidades básicas. Más de 250.000 de esos refugiados viven en 23 campamentos mantenidos por las autoridades. El resto vive fuera de esos campos, en comunidades que se extienden a lo largo de la frontera turco-siria. En la región, 1,1 millones de refugiados se encuentran en Líbano, 629.000 en Jordania, 249.000 en Irak y 132.000 en Egipto.

Hasta junio los desplazados empleaban preferentemente la ruta marítima. Se embarcaban en Libia o en Túnez e intentaban cruzar los kilómetros de mar que les separan de la isla italiana de Lampedusa. Pero esa tendencia ha cambiado. Ahora los que huyen del horror y el hambre son capaces de llegar hasta Bodrum, en el oeste de Turquía, y pasar a Kos, ya en territorio de Grecia. Es decir, disfrutan de mayor libertad de movimientos gracias a las organizaciones criminales que trafican a personas y que actúan en connivencia con guardias de fronteras y policías corruptos.

 © AP PHOTO/ ALEXANDER ZEMLIANICHENKO


¿Qué ocurrió en julio? Pues que, después de meses de presiones ejercidas por Estados Unidos, Turquía decidió tomar un papel mucho más activo en la lucha contra los radicales del Estado Islámico (EI) que combaten al presidente sirio Bashar Asad. En concreto, aceptó que el Pentágono pueda utilizar la estratégica base militar de Incirlik para bombardear objetivos de los yihadistas. A principios de agosto hasta allí se desplegaron seis cazas F-16 de la USAF, la Fuerza Aérea norteamericana. En julio también se produjo la primera ofensiva aérea de los propios turcos que empiezan a ver amenazada su seguridad e integridad territoriales. Paralelamente, la cercanía de los combates a varias aldeas fronterizas provocó nuevas oleadas de refugiados.



© REUTERS/ YANNIS BEHRAKIS


¿Quién es el responsable directo de este inusual fenómeno migratorio hacia Europa? Algunos apuntan a la CIA y sus filiales. La última voz ha sido un miembro anónimo de los servicios de información austriacos que desveló a la revista austriaca Direkt que organizaciones estadounidenses pagan a los grupos mafiosos para que transporten al día a miles de inmigrantes rumbo al Viejo Continente.

Sin desvelar su identidad, la publicación dio la palabra a un agente del Abwehramt (AbwA), los servicios secretos militares de Austria, quien explicó que los traficantes de personas piden de media entre los 7.000 y los 14.000 euros para organizar los viajes ilegales. Poco les importa que a veces terminen de forma trágica como demuestra el hecho de que recientemente se encontrara un camión frigorífico con 70 cadáveres en su interior, abandonado en una autopista de Austria.

"Disponemos de indicaciones que demuestran que organizaciones de Estados Unidos han creado un sistema de cofinanciación y contribuyen de forma sustancial a pagar los gastos del viaje. La mayoría de los candidatos refugiados pagarían 11.000 euros en especie. ¿Nadie se pregunta de dónde viene el dinero?", declaró el agente, para quien la estrategia consiste en inundar Europa de inmigrantes.

La CIA, que entrena y arma a los rebeldes sirios, ya nos tiene acostumbrados a emplear ONG de aspecto inocente para llevar a cabo sus operaciones encubiertas o clandestinas. El caso más claro tiene nombre y apellidos: la Fundación Nacional para la Democracia o National Endowment for Democracy (NED), nacida en la era de Ronald Reagan y cuyos tentáculos se extienden por América Latina y Europa del Este.

¿Y cuál ha sido la respuesta de Europa? Lenta y desunida. Como casi siempre.


© REUTERS/ UMIT BEKTAS


La Unión Europea ha estado mirando durante mucho tiempo para otro lado en lo que se refiere a la tragedia siria. Y su pasividad ha sido otro factor desencadenante. La crisis migratoria ha motivado que Alemania y Francia busquen la entrada en vigor cuanto antes de un sistema europeo unificado de derecho de asilo que restrinja los criterios de entrada; quieren que Italia y Grecia abran de inmediato los centros de refugiados; y reclaman que el resto de los países europeos, especialmente Reino Unido, asuman su parte de responsabilidad en la acogida de refugiados. La cuestión no está nada madura pues plantea una cuota de refugiados dependiendo de la capacidad de cada país, y eso no gusta a varios gobiernos. La idea necesitará sin duda la aprobación en un Consejo Europeo extraordinario que ya ha sido convocado de forma implícita por la canciller germana Angela Merkel.

La magnitud de la crisis migratoria ha tenido su colofón a mediados de mes cuando Macedonia declaró el estado de emergencia y cerró su frontera meridional durante dos días. La policía y el Ejército utilizaron armas de fuego para impedir la entrada de refugiados. En Serbia se produjeron malos tratos, devoluciones "en caliente" y detenciones ilegales. En Hungría, que forma parte del espacio Schengen (sin fronteras interiores) y está terminando una valla de 175 kilómetros a lo largo de la frontera con Serbia, ha aumentado la xenofobia reinante. Igual que en Alemania, que sufre la peor ola de racismo desde su reunificación en 1991.
 




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MARIANO RAJOY. A MI ME ATERRORIZA USTED Y SUS AMOS DE A, ANTE, BAJO,CON Y CONTRA QUE LE MANDAN LA FORMA EN CÓMO Y QUÉ HA DE ROBARNOS

La falseada cuestión de los “migrantes” y refugiados que llegan a la UE

Rebelión
Alainet
09.09.2015

Las reacciones que las olas migratorias de refugiados provenientes del Oriente Medio, de Siria y otros países, están causando en los países de la Unión Europea (UE) confirma que las elites europeas nada aprendieron de su propia historia pasada y reciente, y que por esa razón son incapaces de pensar y proponer soluciones a problemas cruciales que afligen y afligirán a esa región. 

Nada aprendieron estas elites de las consecuencias de las políticas coloniales e imperiales en los pueblos de los otros continentes, ni en sus propios pueblos. 

La rigidez del “patrón oro” y el liberalismo a ultranza que lanzó una rebatiña imperial y condujo a la Gran Depresión, al fascismo y a la segunda Guerra Mundial es reproducida en el euro, que está provocando depresiones económicas y disolución social en Grecia y otros países de la UE con deudas impagables. 

Tampoco aprendieron las lecciones del pasado de que no hay que coquetear con el fascismo, como muestra el apoyo (sin problema de consciencia) al régimen oligárquico-fascista en Ucrania que está llevando a cabo la política anti-rusa de Washington. 

Porque nada aprenden, para seguir la misma política, es que no quieren ver que los flujos de refugiados que llegan a las costas de Grecia o Italia, después de haber dejado una espantosa estela de náufragos y muertos en el Mediterráneo, son el producto directo de las políticas de países de la UE y de Estados Unidos (EEUU), de la creación de extremistas y fanáticos religiosos para luchar contra la Unión Soviética en Afganistán y luego en Chechenia, y muy particularmente de las agresiones militares que destruyeron a los regímenes seculares en Irak y Libia, y que están desestabilizando y destruyendo la economía y la sociedad secular en Siria. 

Tampoco estas elites neoliberales quieren recordar que histórica y repetidamente las grandes potencias europeas y EEUU han impedido, en beneficio de sus empresas monopolistas y de sus objetivos geopolíticos, que hubiera un desarrollo socioeconómico autóctono en los países del Oriente Medio, de África y Nuestra América, como desde los años 60 y 70 los países reclamaban los países No-Alineados al proponer en la ONU la creación de un Nuevo Orden Económico Mundial. 

Los países del imperio, porque así debemos llamarlos, siguen sin cambiar sus políticas, como se ha visto recientemente en las abstenciones y oposiciones en la ONU, a partir de la propuesta argentina, para crear un marco internacional destinado a una más justa y segura renegociación de las deudas soberanas (1). 

De nuestro lado, en los países de América, sí conocemos muy bien las causas de los flujos de migrantes porque desde hace ya dos siglos hemos estado del lado “receptor” de esas migraciones que trajeron a nuestros países a millones y millones de europeos huyendo del hambre, de las guerras y las persecuciones políticas, de las periódicas y destructivas crisis económicas del capitalismo. 

Y antes de esas migraciones bien definidas de los siglos 19 y 20 fueron las potencias coloniales europeas que trajeron a nuestro Continente a millones de africanos esclavizados para que trabajaran como bestias en las plantaciones (si no trabajo me matan, y si trabajo me matan, como decía Nicolás Guillen), y eso tampoco parece formar parte de la consciencia europea cuando se habla de movimientos masivos de población, de migraciones forzadas, prefiriendo en muchos casos seguir viendo esa sanguinaria etapa que marca la historia de África como la época en que el “hombre blanco” europeo “llevaba sobre sus espaldas la pesada carga de la civilización al Continente africano”. 

Y no hablemos de la era colonial en la cual las potencias europeas y EEUU causaron tanto daño y destrucción social en los países de América, en particular en las sociedades de los pueblos originarios. Ni mencionemos lo que esas políticas neocoloniales e imperiales siguen causando en nuestros pueblos, en las heridas nunca cicatrizadas que aun tenemos, desde Las Malvinas hasta Puerto Rico. 

Y a pesar de eso, o quizás por todo eso, la hermandad de los pueblos forjada durante las luchas por la independencia nos enseño a evitar las guerras entre nuestros pueblos, y las que hubo (preguntemos a los paraguayos) fueron bien preparadas por los intereses extranjeros y llevadas a cabo por los cipayos criollos, que aun no hemos erradicado. 

Y aunque todavía tampoco hemos erradicado el racismo y los políticos racistas de nuestros países, es el masivo mestizaje y el despertar de los pueblos originarios lo que caracteriza la historia reciente de muchos países de Nuestra América.

La revolución dirigida por Fidel Castro que creó la actual sociedad cubana nos mostró la dirección para estar en la vanguardia de una humanidad que se proclama pacifista, que busca resolver los problemas mediante el diálogo y no las armas, que brega por el progreso sin exclusión social, que lucha contra el racismo. 

Las elites políticas e intelectuales del imperio capitalista deben asumir el pasado de toda una historia que, desde hace cientos de años, estuvo basada en imponer el capitalismo mediante guerras, invasiones, colonización, esclavización y destrucción de pueblos en varios continentes. 

Lo que tampoco quieren ver, las elites del imperio, es que las migraciones forzadas, de refugiados por los conflictos militares o la falta de medios de subsistencia que llegan a las costas europeas o a la frontera sur de EEUU, seguirán existiendo e irán aumentando a menos de que se ponga fin a las actuales políticas económicas y militares. 

Pero, y esto lo sabemos, la naturaleza del sistema capitalista actual no admite cambios. En lugar de solucionar los problemas los irán agravando, en el exterior y hasta en sus propias sociedades, como ocurre en las etapas finales de las decadencias imperiales. 

A la vista de todos, la UE practica ahora la rapiña colonialista en el interior de sus fronteras, como muestra el caso de Grecia. En este contexto y recordando que el imperialismo todo lo resuelve bombardeando, es difícil anticipar cambios reales, pacíficos y destinados a hacer que nadie, en el Oriente Medio o en África, tenga que arriesgar la vida para migrar o pedir refugio.

A nadie le gusta emigrar si vive en una sociedad pacífica, organizada, con una cultura incluyente y una economía al servicio de los intereses generales de la población. Esa verdad la escuchamos de las bocas de nuestros abuelos que venían de Italia, de España, de Alemania, Polonia y demás países europeos, y que llegaban a Nuestra América expulsados por la pobreza, las crisis económicas, las guerras y persecuciones religiosas, étnicas y nacionales que han jalonado la historia europea. 

Alberto Rabilotta es periodista argentino-canadiense.


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martes, 8 de septiembre de 2015

SIRIA: LA LECHE ES LO MISMO QUE EL CALDO DE TETA. INFORMAR Y DESINFORMAR NO ES LO MISMO


“LA COMPLICIDAD DE ALGUNOS INTELECTUALES

 EN LA GUERRA IMPERIAL CONTRA SIRIA”


Ángeles Díez Rodriguez
Sociología Crítica
07.09.2015



“La complicidad de algunos intelectuales en la guerra imperial contra Siria” de Ángeles Díez Rodríguez,

Dra. en Ciencias Sociales y políticas, y profesora de la UCM (Texto correspondiente a la conferencia impartida en el Ateneo de Madrid el 9 de septiembre de 2013):

“El caso de Siria es uno de los más paradigmáticos en los que desde 2011 se evidencian con claridad el papel legitimador de la guerra jugado por ciertos intelectuales de izquierda. Una parte importante de éstos ha optado por servir de coro a la guerra mediática contra Siria investidos de un áurea ilustrada y cargados de principios morales de factura occidental. Desde sus púlpitos en los medios alternativos pero también en los masivos elaboran explicaciones, justificaciones y relatos que presentan como principios éticos cuando en realidad se trata de su opción política. Ridiculizan y simplifican, manipulan y tergiversan la opción de los militantes antiimperialistas e incluso se permiten enmendar la plana a los gobiernos latinoamericanos que, defendiendo la soberanía y el principio de no injerencia, se oponen a la guerra contra Siria.

En junio de 2003 en el marco de la guerra y ocupación de Iraq no fue muy complicado, en el ámbito universitario, en el de la cultura y en la militancia de izquierdas, que se alzaran cientos de voces contra la guerra; fuimos capaces de reconocer las trampas discursivas, capaces de descubrir los intereses del imperio y sus socios, de desvelar las mentiras mediáticas y sobre todo de establecer prioridades en la movilización y la denuncia. No pudimos parar la guerra ni la ocupación de Iraq pero pusimos los cimientos de un movimiento antiimperialista que podría haber sido el freno de mano de la barbarie bélica y que, de alguna manera, aplazó el objetivo de continuar la neocolonización de la zona.

Si en el 2003 nos fue relativamente fácil movilizarnos contra la guerra en Iraq y los planes imperiales, lo cual no significaba apoyar ninguna dictadura, muchos nos hacemos ahora la pregunta: ¿Qué ha pasado para que no surja o para que no se dé continuidad al movimiento que emergió en el 2003? Seguramente haya diversas razones entrecruzadas pero me gustaría destacar dos que me parecen centrales: los medios de comunicación masivos han hecho un buen trabajo disuasorio y una parte de los intelectuales de izquierdas que antes eran referentes políticos contra la guerra han optado por servir en el otro bando.

Intelectuales de izquierda al servicio de la legitimación bélica

Que los medios masivos mienten, tergiversan, ocultan, señalan, dan forma y rostro a nuestros enemigos es una evidencia repetida una y otra vez en la historia. Lo hacen no porque sean instrumentos del imperio, no, lo hacen porque son parte consustancial del poder. Pero la justificación de las guerras, la “fabricación del consenso” que diría Chomsky, no sólo se hace a través de las corporaciones mediáticas. La propaganda es un sistema en el que se insertan las empresas mediáticas, la clase política y sus discursos, la cultura occidental prepotente y colonialista, los periodistas, los artistas, los intelectuales, los académicos y los filósofos mediáticos. Todos estos intelectuales se han convertido en un “clero secular”que “optan por jugar un papel fundamental en la interiorización de la ideología de la guerra humanitaria como un mecanismo de legitimación” (Bricmont, 2005:126). Unos conscientemente, otros no tanto, se han puesto al servicio de la propaganda de guerra del imperio.

Lo interesante es que esta cohorte creadora de opinión pública antes se reclutaba en las filas conservadoras, en las liberales y una parte en las de los socialdemócratas (recordemos la campaña del PSOE con “la OTAN de entrada No”) pero desde la guerra de Yugoslavia (1999) son cada vez más los grupos de intelectuales que proceden o se reclaman revolucionarios de izquierda, anticapitalistas y antiimperialistas. Se explican a sí mismos con argumentos morales universalistas y humanitarios: luchar contra las dictaduras (estén donde estén) y defender la causa de los pueblos (siendo éstos las mujeres afganas, los insurgentes libios, los manifestantes sirios o la parte de pueblo que los medios masivos señalen como víctima de las dictaduras).

Algunos de estos intelectuales enarbolaron el “No a la guerra” contra Iraq en el 2003, sin embargo, desde el inicio de las llamadas “primaveras árabes” tocan en la misma orquesta que sus gobiernos llamando al derrocamiento del tirano Bashar Al-Assad y a la transición democrática en Siria; incluso hay quien reclama la intervención militar de Occidente como la novelista Almudena Grandes: “Al fondo está El Asad, un dictador, un tirano, un asesino en serie que resultará el único beneficiario de la no intervención”.

Suponemos que para ellos Sadam Huseín era menos dictador que Al-Assad o quizá se trate de que en esa guerra había cientos de miles de ciudadanos en las calles gritando “No a la guerra”, caso que no se da ahora.

El papel que juega este “clero secularizado” es doble: por un lado suministran argumentos justificadores de la intervención armada; por otro, dividen, debilitan o bloquean cada vez con mayor intensidad el surgimiento de una oposición fuerte a las guerras imperiales.

Unas veces por ignorancia política, otras por confusión pero la mayoría de las veces por un sentido subyacente de superioridad moral como intelectuales del mundo desarrollado, esta “izquierda” ha interiorizado los argumentos de la derecha. Según Bricmont, se ha movido en dos actitudes: a) lo que llama el imperialismo humanitario, que se apoya en creer que nuestros “valores universales” (la idea de libertad, democracia) nos obligan a intervenir en cualquier lugar. Sería una especie de deber moral (derecho de injerencia); b) el “relativismo cultural”, que parte de que no hay costumbres buenas o malas. Tendríamos el caso de que si hay un movimiento wahabista o fundamentalista que se revela contra la represión hay que aplaudirlo porque “los pueblos no se equivocan” o, como me explicó un filósofo español “cuando los pueblos hablan, la geoestrategia calla”.

Extrañas coincidencias por la libertad y la democracia

La dominación imperial es siempre militar pero necesita una ideología que la justifique para eliminar resistencias en la retaguardia. Hoy día, gracias a la complejidad del sistema de propaganda cada vez más sofisticado, tecnificado y efectivo, una gran parte de la construcción de esta ideología legitimadora está en manos de una izquierda, ahora ya respetable, que cuenta con credibilidad para la opinión pública crítica gracias a su currículo como defensora de la causa palestina. El núcleo duro de los discursos legitimadores se ha desplazado de la ya clásica “libertad” a la críptica “dignidad” y mantiene la “democracia” y los derechos humanos como consignas. La democracia como “la intervención soñada” del filósofo Santiago Alba sirve de utopía light para sumar adeptos y confundir los deseos con la realidad.

Sin embargo, hay ocasiones en las que la consigna de la libertad emerge cual ave fénix cuando el público al que se dirigen es demasiado occidentalizado para desentrañar el enigma de la “dignidad”. Dice Bricmont que justo cuando el imperio abandona el lenguaje de la libertad porque ya no resulta creíble lo retoma este clero humanitarista. Así, en el llamamiento de la Campaña de solidaridad global con la Revolución Siria firmado entre otros por G. Achcar, S. Alba y Tariq Ali cuyo título es “solidaridad con la lucha siria por la dignidad y la libertad”, en apenas dos páginas se utiliza 14 veces la palabra libertad.

A medida que la guerra mediática contra Siria se ha ido recrudeciendo han aumentado las coincidencias entre los relatos imperiales y los discursos de los que dicen apoyar a los “revolucionarios sirios”. Sigamos con los ejemplos ilustrativos y comparemos el “llamamiento de Solidaridad global con la Revolución Siria” con la declaración conjunta sobre Siria que firmaron 11 países en el marco de la reunión del G20, a propuesta de Estados Unidos, para forzar un frente de estados que apoyen la intervención armada.

En el llamamiento del clero humanitarista se apuntan los siguientes argumentos:

1) En Siria hay una revolución en marcha.
2) El único responsable de las muertes, de la militarización del conflicto y de la polarización de la sociedad es B. Al-Assad.
3) Hay que apoyar a los revolucionarios sirios porque “luchan por la libertad a nivel regional y mundial”.
4) Hay que “apoyar una transición pacífica hacia la democracia para que decidan los propios sirios”.
5) Se pide una “Siria libre, unificada e independiente”.
6)Se pide ayuda a todos los refugiados y desplazados internos sirios.
En la web de la campaña se introduce el texto del llamamiento especificando que “la revolución del pueblo debe ser apoyada por todos los medios” –suponemos que “todos los medios” significa todos los medios–, y se exige que B. Al-Assad dimita, sea juzgado y se ponga fin al apoyo militar y financiero al régimen sirio, sólo al “régimen sirio”.
Por su parte la declaración conjunta de Estados Unidos y sus socios, entre los que curiosamente no se encuentra ningún país latinoamericano y el único árabe es Arabia Saudita, expone los siguientes tópicos:

1) Condena exclusivamente al gobierno sirio al que hace responsable del ataque con armas químicas.
2) La guerra contra Siria es para defender al resto del mundo de las armas químicas evitando su proliferación.
3) La intervención trataría de evitar males mayores: “un mayor sufrimiento del pueblo sirio y la inestabilidad regional”.
4) Se condena la violación de los Derechos humanos “por todas las partes”.
5) Se pide una salida política, no militar y se dice: “Estamos comprometidos con una solución política que se traduzca en una Siria unida, incluyente y democrática”.
6) Se llama a la asistencia humanitaria, a los donantes y a la ayuda a las necesidades del pueblo sirio.

En la comparación de ambos textos lo sorprendente es que en el primero se destila un aire mucho más belicista, no se reconoce que haya dos bandos en el conflicto, la responsabilidad se reduce a B. Al-Assad, se justifica el apoyo a los “revolucionarios sirios” porque están haciendo la revolución mundial y no se plantea una salida política sino la derrota del gobierno sirio. Pareciera que este llamamiento hubiera sido redactado precisamente por uno de los bandos en conflicto que se arroga la portavocía del pueblo sirio en su conjunto.

Las trampas del lenguaje: “Condenamos la intervención, ni con unos ni con otros, los pueblos siempre tienen razón”

La construcción de la ideología del imperialismo humanitario ha tenido distintos recorridos. Como decíamos al inicio de esta intervención, ha sido el estandarte de la izquierda biempensante (parte de ella vinculada al trotskismo de la Cuarta Internacional) que desde la guerra contra Yugoslavia (1999) fue dando forma a un discurso moralista cómodo que la homologaba como “izquierda respetable” aunque se declarara “anticapitalista”.

Si analizamos algunos de sus discursos sobre Siria encontramos las pautas que se repiten. En primer lugar hay que dejar claro constantemente el punto de partida antiimperialista, y negar que se esté con “la intervención militar extranjera”, como hace G. Achcar en el artículo “Contra la intervención militar extranjera, apoyo a la revuelta popular siria”, o S. Alba en “Siria, la intervención soñada” que termina con un “condeno, condeno, condeno, la intervención militar estadounidense”. Decía V. Klemperer en su obra La lengua del Tercer Reich que “el lenguaje saca a la luz aquello que una persona quiere ocultar de forma deliberada, ante otros o ante sí mismo, y aquello que lleva dentro inconscientemente”. El clero humanitarista no está a favor de la intervención militar pero se ve obligado a repetirlo constantemente en sus escritos y conferencias como si el público al que se dirigen no estuviera del todo convencido. Tampoco conviene hablar de guerra y por tanto se utiliza constantemente el eufemismo “intervención militar extranjera” o “intervención militar estadounidense”.

Ni con Estados Unidos ni con B. Al-Assad. La equidistancia es sin duda un refugio ideal para las buenas conciencias y tiene la ventaja de la ambigüedad que permite posicionarse en un lado o en otro según discurran los acontecimientos. Se trata de una falsa simetría que coloca en el mismo plano al agresor y al agredido. Si en una situación en la que un estado o un conjunto de estados amenazan y declaran la guerra a otro nos declaramos neutros, en realidad, apoyamos la opción del más fuerte. No ha sido Siria quien ha declarado la guerra a Estados Unidos o a Europa y comparativamente el poderío y la capacidad bélica de Siria respecto al imperio y sus socios (armas químicas, nucleares y convencionales) es incomparable.

Al clero humanitarista no le convence el posicionamiento “ni-ni” y trata por todos los medios de decantar las opiniones hacia el lado del bando donde se encuentran los llamados “revolucionarios sirios”. En ese intento no escatima adjetivos contra el gobierno sirio y su presidente y se sitúan por encima de la realidad o la veracidad de los hechos; tenemos así a S. Alba diciendo que es un hecho irrefutable que “con independencia de que haya usado o no armas químicas contra su propio pueblo, el régimen dictatorial de la dinastía Assad es el responsable primero y directo de la destrucción de Siria, del sufrimiento de su población y de todas las consecuencias, humanas, políticas y regionales que se deriven de ahí”; o a Almudena Grandes calificando a El Assad como “asesino en serie”. Pero lo cierto es que, como dice Bricmont, “en tiempos de guerra denunciar los crímenes del adversario, aun suponiendo que estén sólidamente fundamentados, algo que con frecuencia no es así, acaba contribuyendo a estimular el odio que hace que la guerra sea aceptable”(2005:193).

Otro de los tópicos clásicos es estar del lado de los pueblos. Aquí tenemos un escollo difícil de salvar ya que, en el caso de las primaveras árabes, los gobiernos imperiales se han posicionado claramente a favor de los pueblos y han sido los primeros en señalar su apoyo a los “revolucionarios” sirios. La explicación más rocambolesca de estos intelectuales humanitarios es la pura casualidad, el cinismo o las intenciones perversas del imperio que le lleva a apoyar a los pueblos árabes para luego apropiarse de las revoluciones e imponer sus propios intereses. La realidad es, según ellos, que ni a Estados Unidos ni a Europa les interesa intervenir militarmente en Siria. Pero cuando los “rebeldes y los refugiados sirios”, como antes hicieron los rebeldes libios, manifiestan que “anhelan el ataque de Estados Unidos a Siria”, se complica la definición de “revolucionarios” y la de “pueblo”, pues, ¿quién es ese pueblo revolucionario o parte del pueblo que clama por un ataque militar de otros estados?

Dada la complejidad de la situación, refugiémonos en nuestros principios

Aunque podemos denunciar a las corporaciones mediáticas, a los políticos y publicistas que nos siguen vendiendo la guerra con la misma retórica moralista y con prácticas cínicas, el problema es que les sigue funcionando, por lo menos con la gente poco concienciada. La novedad es que ahora disponen de una cohorte de filósofos, intelectuales y artistas que se venden como estrellas mediáticas, aunque sea en medios alternativos, que incluso se creen lo que dicen, creen defender realmente los derechos humanos y estar del lado de los pueblos, pero su labor ha sido la de acompañar los discursos imperialistas y bloquear el surgimiento de movimientos de oposición a la guerra enfangándonos en discusiones estériles sobre su propio posicionamiento.

Sus textos, conferencias e intervenciones mediáticas han tenido una gran eficacia para confundir, persuadir y culpabilizar a los activistas contra la guerra, a la gente más dispuesta a ofrecer resistencia efectiva a la guerra imperial y a la propaganda de guerra. Para curarse en salud suelen afirmar que todo es más complejo, impredecible, de modo que la única opción que nos queda como gente buena que somos es refugiarnos en nuestra buena conciencia. Si nuestros conocimientos y retórica son tergiversados y utilizados para favorecer el apoyo a la guerra será un efecto no querido, un daño colateral por el que no se nos puede responsabilizar.

Lo cierto es que los discursos, los llamamientos y las exigencias del clero humanitarista no tienen la más mínima repercusión sobre los gobiernos occidentales, pero también es cierto que sí afectan a la posibilidad de un movimiento antiimperialista. Quisiera terminar con unas palabras de R. Sánchez Ferlosio sobre la guerra: “Aparte de unos pocos exaltados todos vemos la guerra con matices pero en momentos decisivos los matices no pueden ser el lastre que nos impida oponernos a la guerra con la contundencia necesaria. Ni debemos dejar que se conviertan en munición en nuestra contra. Es nuestra responsabilidad política”.”

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