martes, 25 de marzo de 2014

22 M: QUIEN SEPA LEER QUE VAYA LEYENDO






LA DIGNIDAD Y LA DESVERGUENZA
 
Publico.es
25 mar 2014

“La ignorancia, el olvido o el desprecio de los derechos humanos son las únicas causas de los males públicos y de la corrupción de los gobiernos”. Con esta consigna arrancaba hace más de dos siglos, en las calles de París, una de las Marchas por la Dignidad que mayor huella dejaría en la historia de la humanidad. La semana pasada, esas palabras volvieron a resonar, en diferentes lenguas, entre las miles de mujeres, hombres y niños que, desde diferentes rincones del Estado, ocuparon las calles de Madrid para alzarse contra el despojo de sus derechos más elementales. Dignidad, dignidá, dignitat, dignidade, duitasuna.

Esta exigencia de dignidad, de respeto, es la respuesta a una política que pretende convertir el miedo en una categoría central de la vida cotidiana. El miedo al endeudamiento, al desahucio, al exilio forzoso, a la pérdida de unos ahorros o de un empleo cada vez más miserables. Esta política del miedo, de la ignorancia y del desprecio por los derechos, tiene dos caras. Una, la de los antisociales decretos leyes de los viernes, la de las contrarreformas laborales, la de la conversión de la vivienda en un lujo para pocos, la del asalto privatizador a la sanidad y a la educación, la de los 200.000 millones de euros para la banca. La otra, la represiva. La que arma a la policía hasta los dientes y la lanza como un mastín desbocado, babeante, contra una ciudadanía indefensa. La que siempre tiene a mano una reforma amenazadora del Código Penal, de la Ley de Enjuiciamiento Criminal, de las infames leyes de Seguridad Ciudadana y de Seguridad Privada, de la Ley del Aborto.

Quienes impulsan esta política del miedo son gente creyente, como el Ministro Fernández Díaz, que encomienda a Santa Teresa la resolución de la crisis mientras recibe a los desesperados en Ceuta y Melilla con vallas cortantes y disparos. También son gente piadosa, como el Ministro Ruiz Gallardón, artífice de una justicia para ricos y del enésimo intento de controlar el cuerpo de las mujeres, comenzando por las más pobres, por las que nunca podrán burlar la ley en clínicas privadas de pago.

Esta gente creyente, esta gente piadosa, autorizó a la policía a irrumpir en Madrid con balas de goma y gases lacrimógenos mientras las integrantes del Coro de la Solfónica, dirigida por Sonia Megías, gritaban “estas son nuestra armas”, enseñando sus instrumentos y las partituras. Esta gente creyente, esta gente piadosa, toleró infiltraciones, cargas desmesuradas y permitió que decenas de detenidos tuvieran que permanecer siete horas contra una pared y con los brazos en alto en los calabozos de Moratalaz, sin poder ir al servicio, sin beber ni comer hasta el día domingo. Y esta misma gente ordenó a la policía que disolviera la concentración legítima de apoyo y de solidaridad con quienes, en la más absoluta impotencia, habían visto avasallados sus derechos.

Da igual que el Comisario Europeo de Derechos Humanos, Nils Muiznieks, haya pedido, hace solo unos meses, el fin de la impunidad con la que las autoridades españolas suelen tratar los abusos policiales en manifestaciones y comisarías. Da igual que desde el Consejo General de Poder Judicial se hayan confirmado muchos de los vicios de inconstitucionalidad que las asociaciones de derechos humanos señalaron en la llamada Ley Mordaza. Da igual también que hasta los sindicatos policiales cuestionen la política irresponsable de unos altos mandos empeñados en presentar todo acto de protesta como una conspiración terrorista o filonazi.

Esta imperturbabilidad, esta incapacidad para rectificar, es consustancial al Régimen del miedo, del desprecio por los derechos, tan necesario cuando lo que se pretende es blindar privilegios que solo pueden prosperar en las alcantarillas del poder, sin luz pública alguna. De ahí el sutil pero efectivo golpe mediático que se ha producido en los últimos meses. El que permite a los grandes periódicos y televisiones silenciar y ridiculizar la protesta social. La de ahora y la de siempre. La hipócrita e interesada recuperación de la figura Adolfo Suárez como emblema de un “Consenso sin conflicto” tiene ese propósito. Borrar la memoria de la presión en la calle que forzó al Régimen franquista a abrirse más de lo que hubiera querido, y evitar, claro, que esta presión pueda llegar a imponer hoy la ruptura democrática que entonces no se consiguió.

En un momento de desasosiego social muy profundo, la Marcha por la Dignidad ha espoleado la esperanza de miles de personas que asistían impotentes, atemorizadas, a la expropiación de sus derechos y de la capacidad de decidir sobre sus vidas. Ese grito de esperanza tendrá continuidad en decenas de manifestaciones y actos, como los que tendrán lugar esta semana en Barcelona para denunciar las políticas represivas y apoyar a quienes, hace más de dos años, rodearon el Parlament de Catalunya para impugnar los presupuestos más anti-sociales aprobados desde tiempos del franquismo. Cada uno de estos actos, cada una de estas manifestaciones, será una confirmación, modesta pero irrevocable ya, del viejo aforismo de Lichtenberg: cuando los que mandan pierden la vergüenza, los de abajo pierden el respeto. No se trata más que de eso: de exigir dignidad, de plantar cara, a una gente que lo ha hecho todo por convertirse en la encarnación más acabada de la desvergüenza.

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22 M, PRINCIO DEL FIN EFECTIVO DE LOS EMBUSTEROS Y DE LOS POLITICOS CORRUPTOS



¿Y ahora, qué?

Análisis de Julio Anguita tras la Marcha por la dignidad: "El 22 M puede ser el eje que marque un antes y un después en el devenir de la mayoría social"

Julio Anguita 
Andaluces.es (Periódico Digital de Ideas y Noticias)
Martes 25/03/2014



 (Más de diez mil andaluces llenan Madrid en la Marcha de la Dignidad. // PABLO VILA)

Desde la puerta del Ministerio de Agricultura he visto, emocionado y expectante, la entrada en Madrid de miríadas de personas, de ciudadanos y ciudadanas que en columnas de marcha han dado en la capital de España el ejemplo que la mayoría de damnificados por este régimen de corrupción, injustica y violación de Derechos Humanos necesita: la unidad en la lucha.

Ante mis ojos han pasado banderas, símbolos clásicos y habituales en estas concentraciones pero también, y en número incontable, personas de edad avanzada portando carteles alusivos a la injusticia de las pensiones, el fraude de las preferentes, los desahucios, los despidos improcedentes, la permanente estafa de las eléctricas, el cáncer de la banca o la pérdida de futuro para sus familiares más jóvenes. Oyendo a unos y a otros he sabido de manifestantes que desde los rincones más alejados de España han llegado para participar, por primera vez en su vida, en esta grandiosa concentración que ha desbordado todas las previsiones.

Cientos y cientos de miles de personas han sido testigos de su propia fuerza; han constatado que existen y además que existen en la acción que los une, los acerca y los multiplica en su decisión de acabar con la indecencia moral que gobierna. Pero también contra el poder económico que está detrás de este andamiaje vacío, seco e inútil. Los que ayer nos manifestamos en Madrid nos constituimos en voluntad de construir el contrapoder que acabe con el robo, el cinismo, la indigencia moral y la permanente conculcación de la Ley y el llamado Estado de Derecho. Los que ayer nos manifestamos en Madrid lo hicimos en nombre de unos DDHH que ellos son incapaces de llevar a la realidad cotidiana de ciudadanos y ciudadanas. Los que ayer nos manifestamos en Madrid dejamos constancia de que aspiramos a una soberanía popular y nacional en todos los terrenos: económico y monetario, social, político y cívico.

El 22 M puede ser el eje que marque un antes y un después en el devenir de la mayoría social

Pero para ello se hace necesario trabajar con la energía, la fuerza y los deseos de los y las manifestantes.
Lo primero que, a mi juicio, debe quedar claro para lo sucesivo es que la materia prima, el sujeto del cambio social existe y se manifestó como tal. Y ello se debió fundamentalmente a varias razones:
1- La toma de conciencia de una mayoría social que soporta unas condiciones de vida impensables en el siglo XXI.

2- El insulto que supone para esa mayoría social el espectáculo de robos, de alta delincuencia organizada y enraizada en las instituciones, el posicionamiento de miembros de los tres poderes del Estado a favor de depredadores de fondos públicos y en general la evidencia de que se gobierna en favor de una minoría cada vez más favorecida en sus actividades de rapiña.

3- La inteligencia de fuerzas sociales, movimientos, plataformas de todo tipo en haber asumido que la unidad de la mayoría social, base sobre la que construir el futuro, es el objetivo al que deben supeditarse cuestiones adjetivas y secundarias de grupo, organización, o colectivo. Construir el poder de la mayoría social nos agrupa a todos en una acción de programas, metas, proyectos y actividades.

Tras el 22 M surge el interrogante ¿Y ahora, qué? A responder a esa pregunta y lo que ello conlleva dedico mis opiniones desarrolladas puntualmente:

1- El 22 M evidenció, tal y como ya he comentado anteriormente, que el sujeto social del cambio  existe y se evidenció inequívocamente.

2- La siguiente marcha sobe Madrid solamente puede realizarse cuando estemos en condiciones de asegurar una asistencia que duplique a la del 22 M.

3- Ese objetivo no puede conseguirse dedicando los esfuerzos directamente a ello. La futura marcha sobre Madrid debe ser la consecuencia natural de una necesidad y de una capacidad que se deriven de un trabajo múltiple de movilizaciones, sectoriales y territoriales llenas de contenido concreto y ligadas totalmente a las necesidades y problemas más inmediatos de la ciudadanía. Los esfuerzos didácticos y la primacía de lo concreto son reglas de oro.

4-En el día a día que vaya generando mayor cohesión de la mayoría no pueden faltar las explicaciones, los actos informativos, la aportación de personas y grupos que por su capacidad y preparación están en condiciones de elevar el nivel de conocimiento y de conciencia de la mayoría a construir y ampliar incesantemente. No olvidemos que la mayoría es plural pero que en las actuales circunstancias de excepcionalidad tiene unas metas comunes  entre sus integrantes muy amplias.

5-El centrarse en lo inmediato, lo local o lo territorial debe ser perfectamente compatible con el sentido global y estatal de la construcción de la mayoría. Propuestas como la del impago de la deuda, la eurozona, etc. deben coexistir con otras de carácter general que afecten al territorio el Estado Español. Sugiero un breve repaso a los 16 puntos que el Frente Cívico explicitó en su momento y que considero de plena vigencia.

6- El sentido global del movimiento y su cohesión creciente también se potencian con movilizaciones de carácter estatal. Hay toda una gama de actividades de entre la cuales quisiera sugerir algunas:
a)    Boicots a productos, actividades, conmemoraciones, etc., de manera  totalmente pacífica.
b)    Acciones de resistencia pasiva
c)    Campañas informativas con la mayor profusión de métodos y actividades en torno a una propuesta común para todo el Estado.
d)    Uso de los medios de comunicación propios y ajenos.
e)    Campañas en torno a los DDHH y su obligatoriedad para los poderes públicos. Debe quedar claro para la opinión pública que buscamos el cumplimiento de la legalidad frente a quien gobernando no la cumple.
f)     Etc. etc. etc.

La actividad en torno a opiniones estimulantes y necesarias para la inmensa mayoría irán creando las condiciones no sólo para la segunda marcha sobre Madrid sino para, a partir de ahí, empecemos a pensar en la desobediencia civil tal y como se contempla en el tercer considerando de la Declaración de DDHH.
Y quisiera terminar con una consideración acerca de los medios de comunicación y de la violencia.

Tras lo sucedido el 22 M y las informaciones que sobre él han dado los medios de comunicación han sido evidentes tres cosas:

1- Para vergüenza de esos medios (excepción de una minoría) la prensa extranjera ha sido mucha más imparcial y ha informado a sus lectores.

2- Queda claro que debemos usar y difundir las informaciones y comentarios de los medios alternativos de la red.

3-Ya es un hecho que en estos acontecimientos hay tres tipos de violencia: la de los violentos infiltrados, la de los violentos infiltrados por la oficialidad y la de la policía al extralimitarse en sus funciones.

4- Acusarnos de violentos es, además de una falsedad, una tontería. Si hubiésemos sido violentos, los 1700 policías desplegados habrían sido neutralizados en un santiamén. No digan estupideces.

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LA MUERTE DE SUAREZ PINTADA DE CINISMO E HIPOCRESIA

A mi no me extraña en absoluto que los mismos medios de comunicación (que ya ni siquiera se llaman de información) que hoy pintan a Suarez como ni fue ni como ellos mismo lo vieron, sean los primeros en subirlo a los pedestales, desde luego donde no debería estar.

 

HEMEROTECA: Lo que decía de Suárez la prensa que hoy le encumbra

Los periódicos que, tras su muerte, hablan de Adolfo Suárez como el artífice de la transición y un gran estadista criticaron sus cuatro años y medio de gobierno y su dimisión

El País recriminó la "debilidad" del presidente dimisionario y tachó de "insulto al pueblo español" su marcha, que según el periódico no fue suficientemente explicada

ABC encontró "lógica" la decisión de Adolfo Suárez tras sus "errores palmarios" y una "política titubeante" que había generado "desencanto" social
Fragmento del editorial de ABC tras la dimisión de Suárez en enero de 1981
Fragmento del editorial de ABC tras la dimisión de Suárez en enero de 1981
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Hoy todo son buenas palabras. Un día después de la muerte del expresidente Adolfo Suárez las páginas de opinión de los periódicos se llenan de alabanzas a su gestión durante los cuatro años y medio que estuvo en La Moncloa y le califican como "el político de consensos" que cambió el rumbo de la historia de España con gran destreza. Sin embargo, esas mismas rotativas cargaron contra Suárez durante sus mandatos e incluso el día en que tomó la poco habitual decisión de presentar su dimisión ante la pérdida de confianza de su partido (UCD), del rey, las posibles presiones ejercidas desde el ejército y la caída de popularidad entre los votantes.

El editorial de El País el 30 de enero de 1981 recriminó a Suárez por su "debilidad" al dimitir antes de que se celebrara el congreso de su partido. "Es sencillamente un insulto al pueblo español irse como Suárez se ha ido, dando una espantada digna de la famosa e histórica de El Gallo", expresaba el diario entonces dirigido por Juan Luis Cebrián, que especulaba con las posibles causas de la marcha del presidente: "Es una vergüenza que el primer partido del Parlamento no sea capaz de explicar la dimisión de su propio presidente".

"¿Cuáles son las verdaderas razones de la dimisión?", se preguntaba El País, que admitía que las presiones del ejército habían sido desmentidas, aunque lamentaba la presencia de esos "fantasmas". También especulaba sobre la posible falta de confianza del rey y de las presiones de los sectores reaccionarios de UCD y la derecha española. En cuanto a la posibilidad de su marcha para luego volver, el editorial era tajante: "No puede volver quien de manera sorpresiva y sin explicaciones razonables ha puesto al país al borde del vértigo. Así no se gobierna una nación en democracia". Para el periódico el continuismo de Suárez hasta las siguientes elecciones era necesario, pese a las "torpezas" y "errores" cometidos por el Gobierno.

ABC fue más benévolo respecto a la dimisión, pero cargó contra la política de Adolfo Suárez. El día después del anuncio de su renuncia, el periódico que entonces dirigía Guillermo Luca de Tena reconoció las labores desempeñadas en un primer momento, pero destacó la "política titubeante" y los "errores palmarios" que llevaron al presidente a esa situación. Para ABC, que calificó de "noble" el gesto de su dimisión, Suárez había perdido "su estrella".
Fragmento de la columna de opinión tras la dimisión de Suárez
Fragmento de la columna de opinión tras la dimisión de Suárez

La Vanguardia calificó la "hoja de servicios" de Adolfo Suárez como "positiva", aunque también señaló que había tenido "errores". El rotativo catalán también enfatizó la pérdida del "control de la máquina de su partido", pero celebró la dimisión al tratarse de un gesto "positivo" que obligaba a poner en juego los mecanismo s de las instituciones democráticas. "Sea cual sea la orientación que tome el partido gubernamental, lo cierto es que la situación económica, social y política del país es demasiado delicada para según qué tipo de especulaciones. (...) La responsabilidad del curso a seguir ya no es del señor Suárez. Es, en primer término, de cuantos habían instigado y propiciado su caída. Ahora les toca a ellos demostrar que pueden ofrecer soluciones de gobierno que no tuviera el presidente dimitido", concluía el editorial del periódico dirigido por Horacio Sáenz Guerrero. 

"En UCD se ha repetido el mito del artilugio mecánico que destruye finalmente a su constructor". Así resumía el editorial de El Periódico la caída de Suárez. Aunque también reconocía los "servicios" prestados al estado, le recriminaba que su gusto por el poder le había llevado a mantenerse en el Gobierno tras la aprobación de la Constitución. "Suárez lo era todo el UCD, pues con la misma facilidad que había otorgado parcelas de poder podía quitarlas. El supuesto carisma de Suárez no era tal. Lo que sí tenía era prebendas para repartir", señalaba el diario catalán, que repasaba los problemas que atravesaba España en ese momento, como la crisis económica o la inseguridad.

"Adolfo Suárez, cuya procedencia política siempre ha estado clara, se iba aprendiendo la lección democrática al tiempo que gobernaba, y de ahí las segundas y terceras lecturas, casi siempre restictivas, de la Constitución", expresaba el diario de Antonio Franco . Finalmente, el editorial agradecía la "sinceridad" de Suárez al dimitir: "Es el último servicio prestado a un país al que le interesa más el sistema, la democracia, la salida de la crisis económica y la estabilidad que las personas".

Editorial de El Periódico tras la dimisión de Suárez
Editorial de El Periódico tras la dimisión de Suárez

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ELECCIONES EUROPEAS: ¿EN ALEMANIA ATAN A LOS PERROS CON LONGANIZA?

La quinta Alemania: un modelo hacia el fracaso europeo 

Rafael Poch

Sociología Crítica

2013/09/24

En la historia de la Europa contemporánea ha habido cinco Alemanias. La primera es la fragmentada y preindustrial Alemania anterior al siglo XIX, un mosaico multinacional que sobrevivió hasta Napoleón reivindicando una legitimidad imperial romana sin llegar nunca a ser verdadero Estado. La segunda aparece con la unificación bismarckiana posterior a la guerra franco-prusiana y se extiende bajo batuta prusiana hasta más allá de la Primera Guerra Mundial, con su crítico apéndice republicano de Weimar. La tercera Alemania fue la de Hitler y Auschwitz, un régimen de doce años particularmente trágico y nefasto que concluye con el fin de la Segunda Guerra Mundial. La cuarta es la Alemania doble de posguerra, tutelada por las potencias de la guerra fría; una mezcla de capitalismo y democracia en el Oeste, la RFA, y una mezcla de socialismo y dictadura en el Este, la RDA.

Todas estas Alemanias tuvieron algunos breves y fallidos contrapuntos emancipadores, desde las revoluciones de 1848 y 1918, hasta los movimientos de 1968 en la RFA y de 1989 en la RDA, pero, en general, el papel de este país en la historia europea se ha caracterizado por su condición de vanguardia continental de la contrarrevolución restauradora, la reacción absolutista y un agresivo belicismo.

Desde ese pasado, la quinta Alemania arranca de la reunificación nacional de 1990, a partir de la anexión de la RDA por la RFA —proceso que merece la pena repasar para situarse en el presente— pero apenas ahora comienza a manifestarse, haciendo un uso pleno y normalizado de su recuperada soberanía y potencia. La principal novedad que esta quinta Alemania aporta respecto a la anterior tiene dos componentes.

El primero es el de su regreso, paulatino pero decidido, a un intervencionismo militar en el mundo que comenzó en los mismos años noventa en los Balcanes y que hoy ya abarca desde Afganistán a África. En ese ámbito Berlín aún está por detrás de otras grandes naciones europeas, pero ya ha invalidado definitivamente el Nie wieder Krieg(Guerra, nunca más) del canciller Willy Brandt, la posibilidad de ser una gran Suiza europea y el antiimperialismo, al que tanto apego tuvieron los alemanes de la RFA y de la RDA, respectivamente, desde la pos- guerra hasta los años ochenta del siglo XX. Hoy, con el pasivo desagrado de sus ciudadanos, el establishment alemán justifica sumarse militarmente al dominio imperial de Occidente en el mundo apelando abiertamente a la necesidad y legitimidad de acceder a recursos energéticos y materias primas globales. Esta es una novedad muy significativa.

El otro es un liderazgo europeo, dogmático y arrogante, para imponer el programa de involución neoliberal impulsa- do desde los años setenta desde el mundo anglosajón y que la crisis financiera de 2008 ha convertido en rodillo. Al día de hoy este liderazgo apunta a profundizar la desigualdad, social y entre países, y a una ruptura desintegradora del proyecto europeo. Dicho proyecto, del que la Unión Europea es resultado, fue formulado a partir de los años cincuenta del siglo XX como alternativa a la desastrosa y agresiva Europa guerrera que en los últimos siglos enfrentó crónicamente a unas naciones contra otras y solo por eso ya debe ser considerado útil y valioso.

El rechazo a estas dos grandes novedades de esta quinta Alemania es lo que marca en el país la diferencia entre izquierda y derecha. Las fuerzas y corrientes políticas minoritarias que en la Alemania de hoy rechazan el regreso al intervencionismo militar y el neoliberalismo que profundiza la desigualdad, encoge la democracia y amplía el privilegio de una minoría, son inmediatamente expulsadas del sentido común por elestablishment alemán y declaradas «irresponsables» e «incapacitadas para gobernar» (regierungsunfähig).

Más que un sistema de partidos de izquierdas y derechas, conservadores o liberales, el sistema político alemán es un conglomerado que engloba a toda esa variedad en una disciplina superior y común de defensa del capitalismo. Esa esfera compacta, condena y expulsa a la marginalidad a quienes la ponen en cuestión, y es ejemplo de la degeneración absolutista y oligárquica a la que conduce la mezcla de democracia y capitalismo en los países más ricos del mundo a principios del siglo XXI.

Ninguna fuerza política llegará al poder en Alemania sin haber previamente sintonizado con el programa general del establishment. La evolución de las fuerzas políticas con intenciones de cambio, desde los socialdemócratas en su día hasta los verdes hace mucho menos, y quién sabe si Die Linke en el futuro, es una trayectoria de adaptación al sentido común del establishment. Lejos de ser un rasgo exclusivo del sistema alemán, lo que destaca en Alemania de ese fenómeno general es su estabilidad: ese conglomerado de poderes fáctico de grandes consorcios empresariales y financieros, lobbys industriales, con sus sólidos anclajes políticos y mediáticos, está particularmente organizado y bien articulado en el país.

Elemento central de esa estabilidad es la cultura nacional de la obediencia debida a la autoridad, un particular culto al Estado, concebido como una institución neutral, superior y abstracta, y una predisposición al acatamiento automático de las jerarquías. A ello se suma una tradición de consenso e integración, enemiga del conflicto y del desorden como vías legítimas de resolución del choque de intereses. El contraste de esta cultura política, la tradición del Untertan, del súbito razonable del orden absolutista descrito en la célebre novela de Heinrich Mann, con la tradición francesa y republicana del rebelde citoyen, ha inspirado todo tipo de reflexiones que hoy continúan siendo actuales para todo el continente.

Este libro presenta unos brochazos de esta quinta Alemania en un momento en el que Europa mira hacia Berlín con cada vez más prevención y desconfianza. «Un país que vuelve a dar miedo», como señalaba el titular de un semanario germano. La involución neoliberal que Alemania encabeza y los delirios de hegemonía europea que proyecta el subidón nacional de la quinta Alemania está incrementando la germanofobia y el antieuropeísmo, particularmente en la Europa del Sur, cuya población era hasta hace poco muy favorable al europeismo —y no solo por la lluvia de millones recibidos de los fondos de cohesión.

Si dos Alemanias anteriores desembocaron en grandes guerras, la quinta Alemania apunta claramente hacia la desintegración europea.

Los autores no quieren contribuir a ninguna fobia nacional ni tampoco a una reacción antieuropeísta que no proponga refundación ciudadana del proyecto. Lo que pretenden es in- formar sobre el lamentable papel que el establishment alemán, que forma parte de un orden mundial multinacional, está desempeñando en la actual crisis europea, en el bien entendido de que ese orden también vulnera los intereses de la mayoría social en Alemania.

Las primeras víctimas de la involución llevada a cabo por la elite empresarial y política alemana fueron los propios alemanes. En los últimos veinticinco años, la actual República Federal ha sufrido una transformación radical. Más desigualdad en un país que era relativamente nivelado para criterios europeos, estancamiento salarial, generalización de la precariedad socio-laboral en un país en el que la seguridad del puesto de trabajo era considerable, avance de la pobreza y de la desolidarización, recorte de un sistema de garantías sociales que en su día fue sólido y ancho, rebaja de impuestos a los ricos y mayor apertura al negocio privado en el ámbito de la sanidad y las pensiones. Según las últimas encuestas del conservador Instituto Allensbach de demoscopia, los alemanes son perfectamente conscientes de ello: un 70% constata una inflexión en justicia social, particularmente en la distribución de la riqueza, y considera que las cosas han empeorado en los últimos años. Ese cambio brutal se ha inducido gradualmente en las dos ultimas décadas, y es presentado mediáticamente como un éxito e incluso como una especie de segundo milagro económico al lado del de la posguerra, en contradicción con la experiencia de la mayoría de los ciudadanos. Eso es en gran parte posible porque, observada en el contexto de crisis euro- peo, especialmente comparada con los países del sur que han sufrido la misma medicina en dosis mayores y en plazos mucho más breves con consecuencias aún más brutales, la situación socio-laboral alemana es mucho mejor. Esa circunstancia atrae hacia Alemania a no pocos jóvenes, y no tan jóvenes, españoles sin futuro laboral en su país. Frecuentemente llegan al país muy mal informados sobre lo que les espera allí.

Toda propaganda debe incluir algún anclaje con la realidad para ser eficaz y ese es el caso de la relativa e incierta salud de Alemania en la crisis. Relativa porque siendo cierta para los beneficios empresariales, no lo es para la mayoría de asalariados que, sin embargo pueden consolarse comparando su situación con la mucho peor que rige en otros países. Incierta porque se basa en una estrategia exportadora que en los últimos veinte años ha acentuado su dependencia de la coyuntura global hasta hacerla extrema. Esa dependencia es inquietante porque en caso de enfriamiento o colapso puede hundir todo el edificio alemán con gran facilidad. A diferencia de China, que dispone de un gran mercado interno y es consciente de los problemas de esa excesiva dependencia, Alemania no parece preocupada por ello.

Este libro presenta un panorama muy general de todo lo que aquí se ha señalado. Es una visión apresurada y provisional que utiliza focos de diverso tamaño, desde el más amplio, con una perspectiva de varias décadas, hasta el más concreto que describe realidades de la semana pasada, pasando por el proceso político de los últimos años. Si tras su lectura la realidad alemana ha quedado algo más clara para el lector español, habrá cumplido su objetivo.

Berlín, abril, 2013

Rafael Poch-de-Feliu es el corresponsal del diario La Vanguardia en Berlín. Junto a Àngel Ferrero y Carmela Negrete acaban de publicar el libro La quinta Alemania: Un modelo hacia el fracaso europeo(Icaria Editorial), del que este texto es el prólogo.
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lunes, 24 de marzo de 2014

¿FIN DE LA CRISIS O EL CUENTO DEL NUNCA ACABAR DEL CAPITALISMO?



¿Se acerca otro crash?

Juan Torres López
Publicado en Público.es el 9 de marzo de 2014
 
Mientras que el gobierno español sigue empeñado en hacernos creer que la economía española levantará cabeza este año se vuelven a recrudecer los peores pronósticos sobre el futuro inmediato del sistema financiero y de la economía mundial.

En realidad, no tiene mucho mérito anticipar que se está gestando un crash mucho peor que el que provocó la crisis de las hipotecas subprime cuyos coletazos todavía sentimos con casi toda intensidad.

No puede ocurrir otra cosa cuando prácticamente no se ha hecho nada para bloquear los factores de riesgo que ocasionaron esta última crisis y que, por tanto, van a volver a provocar otras sucesivas, cada vez de mayor envergadura y peligrosidad.Las principales circunstancias que permiten augurarlo son las siguientes:

1) El volumen materialmente impagable que ha alcanzado la deuda pública y privada en todo el mundo.
Es inevitable que, antes o después, se  produzcan suspensiones de pagos en casos concretos o en serie y, además, de modo muy desordenado, por dos razones principales. En primer lugar, porque no existen instituciones ni mecanismos de arbitraje a nivel mundial que pudieran abordar el problema estableciendo quitas o reestructuraciones equilibradas. Y, en segundo lugar, porque es imposible que la deuda acumulada se pueda metabolizar por el sistema, ni siquiera a muy largo plazo, sin producir un bloqueo fatal de la actividad productiva, dada su magnitud.

Los conflictos por esta causa pueden comenzar a darse muy pronto, en el mismo momento en que se produzcan subidas, que ni siquiera tendrían que ser muy grandes, en los tipos de interés, bien generalizadas o incluso solo en algunos países. A partir de ahí, muchos países entrarían en situación de default, al no poder hacer frente a los pagos de sus obligaciones por deuda y eso arrastraría a los demás sin remedio.

La deuda mundial y la de los diferentes países se viene duplicando cada siete o diez años más o menos (en algunos incluso en la mitad de tiempo), lo que indica que no es posible “digerirla” esperando a que lo haga el crecimiento de la actividad económica y del ingreso, no solo porque éstos serán siempre globalmente insuficientes sino porque, además, se concentran cada vez más.

Y las suspensiones de pagos no vendrán solas sino acompañadas de movimientos de capital muy rápidos y caóticos, como los que han surgido en las últimas semanas en torno a algunos de los llamados países emergentes y que llevarán consigo crisis cambiarias y perturbaciones grandes y graves con efectos inevitables sobre la economía real.

2) La insolvencia generalizada de la banca internacional que provocará otro estallido del sistema financiero.
El salvamento de los bancos ha consistido en permitir que vuelvan a actuar “como si”, es decir, aparentando que han saneado sus balances gracias a mentiras y trampas contables y a las ayudas regulatorias que permiten registrar beneficios con independencia de su verdadera situación patrimonial y, más concretamente, sin contabilizar los verdaderos quebrantos que han sufrido sus activos.

Gracias a las ayudas multimillonarias de los bancos centrales y de los gobiernos se ha podido reciclar una parte de los activos tóxicos que habían contaminado hasta la parálisis a la inmensa mayoría de las grandes entidades financieras, pero aún queda una buena parte de ellos en los balances, disimulada gracias a que se siguen valorando a precios de adquisición como si no hubiera ocurrido nada en estos últimos años. La prueba es que prácticamente en ningún  sitio se ha recuperado la financiación a la economía.

Y no solo no han desaparecido los activos tóxicos de los bancos sino que éstos ha aumentado su exposición a los peligros de los derivados financieros con los que se alimentan un buen número de burbujas que siguen produciendo beneficios ingentes de la nada a las entidades financieras. El gigantesco saco sin fondo de donde procederá la chispa que provoque de nuevo una crisis financiera.

3) La falta de regulación de las finanzas internacionales que multiplica la inestabilidad y las crisis.
Tampoco se ha hecho nada por evitar que la especulación y la generación de burbujas se siga generalizando en la economía internacional, consumiendo recursos y desestabilizando todo lo que hay a su alrededor. Las tensiones en las bolsas son constantes y están apuntando a una caída vertiginosa que puede ir acompañado del estalido de las burbujas que se vienen generando en diversos ámbitos y países.

Además de estos factores que son de carácter más coyuntural, es decir, que pueden provocar un estallido en cualquier momento, hay que tener en cuenta otros tres estructurales que crean un permanente caldo de cultivo para la inestabilidad y las crisis, pues empujan y dan fuerza a los anteriores.

El primero es la desigualdad creciente que tiene tres efectos: deteriora la actividad productiva por falta de recursos, alimenta el ahorro que se dirige a la especulación financiera y desincentiva la innovación y el equilibrio social que podría llevarnos hacia modelos productivos más estables y menos dados a la crisis.

El segundo, son los límites insuperables que impone la naturaleza y el uso que hacemos de los recursos. El capitalismo podría hacerse más estable, como ocurriera tras la larga época de crecimiento posterior a la segunda guerra mundial, pero eso solo sería viable (en el marco del actual sistema de propiedad y bajo el imperativo del lucro) a costa de intensificar aún más la explotación de la naturaleza y de las fuentes de energía, lo cual es también ya materialmente imposible sin provocar un destrozo de consecuencias verdaderamente incalculables.

Finalmente, hay que tener en cuenta que las crisis que estamos viviendo casi sin cesar en los últimos doscientos años no son episodios resultantes de fenómenos naturales o de meras incidencias casuales sino el efecto de una sociedad que se organiza sin organizarse, que se deja llevar por la ganancia y no planifica, que no respeta los límites de la naturaleza, que separa la necesidad de las estrategias de producción, que concibe la propiedad como una frontera, que entroniza el dinero y lo convierte en el eje alrededor del cual ha de girar la vida y que, así, está condenada a sufrir recurrentemente el divorcio entre la oferta y la demanda, entre lo que necesitan los seres humanos y lo que éstos producen con los recursos.

Y por si todo esto fuese poco no hay que olvidar que vivimos en una situación política y social extraordinariamente inestable, con democracias (donde las hay) limitadas y vigiladas, sin gobierno mundial y sometidos al dictado de los grandes poderes económicos, bajo la amenaza constante de guerras y en medio de continuos conflictos de baja o media intensidad. En otros momentos de la historia, las guerras solucionaban situaciones de deuda impagable o de insuficiencia de demanda y falta de rentabilidad pero hoy día la magnitud de los problemas que he mencionado es tan grande que ni una guerra de dimensiones colosales podría solucionarlos.

Nos encontramos al borde del abismo y lo comprobaremos muy pronto.

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