miércoles, 4 de marzo de 2026

Imperio

 

Publicado en 2002 por Francisco Fernández Buey, histórico colaborador de El Viejo Topo, este texto ofrece una reflexión crítica sobre la persistencia de la barbarie en la modernidad tardía.

TOPOEXPRESS

Imperio

 

Francisco Fernández Buey

El Viejo Topo

4 marzo, 2026 Francisco Fernández Buey


Primo Levi, reflexionando sobre el Holocausto, escribió que la historia de la barbarie es como un silogismo práctico. La premisa mayor de este silogismo reza así: «Todo extranjero es enemigo». La conclusión del mismo no es única: puede ser el genocidio o el etnocidio, la limpieza étnica o el asimilacionismo, los campos de concentración o los campos de destrucción de otros pueblos, de otras culturas. Por desgracia, la aceptación de la premisa mayor de este silogismo es casi siempre inconsciente para la mayoría de los humanos. Pero siempre que en la historia de la humanidad esta premisa mayor se ha convertido en dogma, mediante la afirmación autoexcluyente de la propia cultura, que se considera a sí misma superior, el resultado ha sido la planificación de la propia barbarie: el holocausto, el quemar todo lo otro, la implantación del infierno sobre la tierra. En el trasfondo del Holocausto está la afirmación arrogante de la Kultur frente a la Zivilisation.

Lo característico del capitalismo posmoderno en la época del Imperio único es que se presenta a sí mismo como vencedor de las fuerzas que causaron el último gran holacausto del siglo XX, pero al mismo tiempo, al afirmar la superioridad de la propia cultura mercantil, quema todo aquello que considera antagonista o enemigo, crea otros holocaustos y los presenta ante la propia opinión pública como necesarios, como respuesta supuestamente «civilizada» ante el riesgo de que aparezca en el horizonte un nuevo Hitler. Avisa de que viene El Lobo y, mientras tanto, convierte en lobos a los paisanos. La paradoja de los nuevos holocaustos es que éstos se presentan como una retorsión del principal Holocausto del siglo XX: el capitalismo posmoderno dice querer hacer modernos a todos los demás, induce en las otras culturas nuevas necesidades y, cuando llega a la conclusión de que estas nuevas necesidades inducidas no pueden ser satisfechas más allá del mundo de los ricos, quema y destruye las tradiciones y culturas que no se adaptan a los designios del Imperio.

[…]

De ese tipo de cinismo dijo Oscar Wilde: «Sabe el precio de cada cosa, pero no sabe el valor de ninguna».

El Imperio se mofa de las banderas de los otros aduciendo que pasaron ya los tiempos de las banderas «provincianas» y a continuación exalta la propia bandera en todas las actividades cotidianas y la impone a otros pueblos a miles de quilómetros de su centro. El Imperio se cisca en la inteligencia crítica y llama «inteligencia» al espionaje. Forma «luchadores de la libertad» donde tiene intereses geoestratégicos y luego, cuando quieren autodeterminarse, los llama terroristas. Se llena la boca con la palabra «libertad» y en las provincias no reconoce otra que la Quinta Libertad, el Séptimo de Caballería posmoderno. Hunde la enseñanza pública universitaria donde la hubo y luego dedica enormes recursos a la compra de intelectuales de los cinco continentes, convierte sus obras en mercancías cosmopolitas y les exige que renuncien a sus orígenes declarando que ha llegado la guerra entre civilizaciones. Dedica importantes sumas a la investigación de medicamentos para combatir las enfermedades de la civilización y luego se lucra con ellos condenando a la muerte a los pobres que no pueden pagarlas.

[…]

El odio no justifica, obviamente, la barbarie de los otros (tan moderna y a veces tan posmoderna, por cierto, como la del Imperio), pero explica la desesperación que conduce a ella. El capitalismo imperial posmoderno exalta constantemente la violencia en los medios de comunicación que domina, fomenta la Sociedad del Rifle, practica la pena de muerte y luego interviene violentamente para combatir la violencia que él mismo ha inducido. El capitalismo imperial posmoderno llama fundamentalismo a la desesperación de los otros y oculta el fundamentalismo propio. De ahí surgen varios holocaustos selectivos y una nueva especie de macartismo global.

He aquí otra vez el «poder desnudo» del que hablaba el viejo Einstein al acabar la segunda guerra mundial. Un tipo de poder que a él le recordaba la época del ascenso del nacional-socialismo en Alemania. Retorsión de lo que hubo. Esta vez son los musulmanes y asimilados quienes más sufren. Pero conviene recordar, con Levi, que ya en el infierno de Auschwitz se llamaba «musulmanes» a los más desgraciados de entre los desgraciados del campo de exterminio. ¿Una premonición? La última imagen de la dimensión que ha alcanzado el «poder desnudo» ha sido el traslado forzoso de los talibanes afganos desde Kabul a Guantánamo, cuerda de presos organizada con los últimos adelantos tecnológicos que, sin embargo, trae a la memoria alguna de las escenas del Espartaco de Kubrick. Todo un símbolo. Por lo que significaba Kabul, en el corazón de las tinieblas, y por lo que significa Guantánamo, territorio imperial en la isla de Cuba.

Nuevamente en el Imperio. Como dijo Walter Benjamin, no hay documento de cultura que no lo sea al mismo tiempo de la barbarie.

¿Hay alguien ahí?

Fuente: La insignia

*++

No hay comentarios: