2025 ha sido el año en
el que el Derecho Internacional quedó hecho trizas. El criminal Netanyahu ha
viajado por el mundo con la tranquilidad de que el Tribunal de Derechos Humanos
es papel mojado. El criminal Trump agrede, secuestra y mata igualmente tranquilo.
Así no debía partir el año
Jaime Bravo y Jorge Coulon
El Viejo Topo
12 enero, 2026
ASÍ NO DEBÍA
PARTIR EL AÑO
Así no debía
partir el año, con esta nueva demostración de que el mundo del que tanto se
habla – ese “mundo basado en reglas” – funciona solo cuando conviene a quienes
tienen el poder para imponerlas.
Desde hace
tiempo, los Estados Unidos y buena parte de Europa insisten en la necesidad de
preservar un orden internacional regido por normas. El problema es que esas
normas no aparecen cuando más se las necesita. Las reglas acordadas en Naciones
Unidas, en teoría iguales para todos, muestran una y otra vez su incapacidad
para regular de verdad las relaciones entre los Estados. No porque el derecho
internacional sea inútil, sino porque solo rige mientras no estorba a los
intereses de los más fuertes.
En el papel, el
derecho internacional promete algo valioso: que los países, al aceptar
libremente ciertas reglas, queden luego obligados por ellas, propias del
derecho privado, pero que desde ese momento se comportarían como las leyes
dentro de un país: obligatorias y exigibles. Su promesa civilizatoria: reducir
la violencia, establecer límites, permitir un acceso más equitativo a los
beneficios del orden global.
En la práctica,
sin embargo, esa promesa choca permanentemente con otra lógica: la del poder
económico y militar, que decide cuándo la ley se aplica y cuándo se suspende.
Esta tensión no
es nueva. América Latina la conoce bien. Por eso, desde hace algunos años,
volvió a discutirse la idea del no alineamiento: una política exterior que
busca no subordinarse automáticamente a ninguna potencia, recuperando el
espíritu de los países no alineados durante la Guerra Fría, esta vez como no
alineamiento activo. Entonces, ese espacio fue vital para que proyectos de transformación
social pudieran existir intentando no quedar atrapados entre bloques
imperiales.
Esto constituyó
un aspecto central del pensamiento de Salvador Allende. En su posición
latinoamericanista, se buscaba el espacio que permitiera respirar a apuestas de
transformación socialista sin que se confundiera con incorporarse al bloque
comunista u oriental y frente a la agresión sistemática que ya se ejercía desde
los Estados Unidos.
En ese
contexto, cualquier reparto del mundo en esferas de influencia era visto – con
razón – como una amenaza directa a la soberanía. Para América Latina
significaba, y sigue significando, ser reducida a una reserva de recursos
destinada a alimentar las necesidades industriales de los países dominantes. Lo
que antes se llamaba “desarrollo”, hoy se reconoce con mayor claridad como
colonialismo o imperialismo.
Esa comprensión
del poder internacional explica por qué, incluso desde posiciones que no
compartían todas las estrategias revolucionarias, hubo apoyo a movimientos que
buscaron romper órdenes institucionales cerrados a cualquier cambio. No por una
fascinación con la violencia, sino por el reconocimiento de una realidad
incómoda: cuando las élites cierran todas las vías de transformación, terminan
empujando a otros a buscar caminos más duros. No es una contradicción; es
realismo político.
Hoy, el
discurso del “mundo basado en reglas” vuelve a quedar en evidencia como lo que
muchas veces ha sido: propaganda. En su lugar, reaparece una verdad
escalofriantemente honesta: no existe un mundo basado en reglas, sino “un mundo
basado en mis reglas”. Las del que tiene el poder
suficiente para imponerlas.
Por eso
Venezuela importa. No porque allí esté en juego, como se repite mecánicamente,
la democracia o los derechos humanos, sino porque se juega algo mucho más
estructural: el control de recursos estratégicos, especialmente el petróleo, en
un momento crítico para la economía estadounidense. El acceso a esa energía no
solo alivia problemas inmediatos, sino que sostiene al dólar, a los mercados
financieros y a la credibilidad de una deuda gigantesca.
Nada de esto
niega los problemas internos de Venezuela: la concentración de poder, la
corrupción, las tensiones propias de su historia política. Pero reducir la
situación a eso es una forma de ocultar lo esencial. La pregunta de fondo es
otra: ¿qué lugar le queda a América Latina después de esta primera acción
directa sobre el subcontinente, anunciada sin pudor por la nueva Estrategia de
Seguridad Nacional de los Estados Unidos?
La denominada
doctrina Monroe – una actualización explícita del viejo principio del “patio
trasero” – confirma que la defensa directa de los intereses norteamericanos en
la región sin “corrección política” vuelve a ser prioridad. En paralelo, la
presencia de China y Rusia, especialmente a través de los BRICS, había abierto
un margen inédito para América Latina: más opciones, mejores condiciones de
negociación, una posibilidad real de no alineamiento activo.
Ese margen
parece hoy estrecharse peligrosamente. Los hechos en Venezuela sugieren un
acuerdo tácito de reparto, donde parte o posiblemente toda la región vuelve a
quedar bajo tutela directa, con una pérdida evidente de soberanía. Ello pudiera
haberse compensado con otras zonas de conflicto abierto o en tránsito de serlo
como Ucrania y Taiwan. Si eso se consolida, los grados de libertad para las
políticas latinoamericanas se reducen drásticamente.
Por eso la
falta de una respuesta clara de las potencias emergentes no es una buena
noticia, aun cuando nadie desee una escalada global. Cuando un embajador
chileno afirma que compartimos valores con los Estados Unidos, los hechos se
encargan de desmentirlo con mayor elocuencia que cualquier discurso.
Lo que ocurra
en Venezuela no es un problema ajeno. Anticipa, con claridad, lo que puede
venir para otros países de la región. No solo en términos éticos, sino
políticos: en los límites concretos de lo que será posible imaginar, decidir y
construir como proyecto nacional.
Como escribió
John Donne, nunca preguntes por quién doblan las campanas.
Doblan por ti.
Fuente: Globetrotter

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