domingo, 11 de enero de 2026
Análisis especial: el 3 de enero y la racionalidad imperial contra Venezuela
Análisis especial: el 3 de
enero y la racionalidad imperial contra Venezuela
Diario octubre / enero 11, 2026
Los sucesos del
sábado 3 de enero son archiconocidos; por ende, no haremos una reseña de los
acontecimientos. Más bien, apuntaremos las razones de fondo del ataque
estadounidense en suelo venezolano y secuestro del presidente Nicolás Maduro y
la primera dama Cilia Flores.
Más allá de la
condena ética, persiste una pregunta necesaria: ¿Por qué EE.UU. llegó al
extremo de tomar una decisión de esta magnitud en pleno siglo XXI, a todas
luces nocivo vistos los resultados políticos tanto en el país norteamericano
como en Venezuela?
La respuesta no
está en los discursos de Trump («vamos a gestionar Venezuela») ni en los
eslóganes de Pete Hegseth y MarcoRubio. Más bien se pueden argumentar varias
respuestas, todas nucleadas alrededor de un documento que anunció las acciones
estadounidenses con frialdad técnica semanas antes: la Estrategia de Seguridad Nacional
2025 (ESN).
El Corolario
Trump: cuando la soberanía es una oferta coercitiva
La ESN es un
acto político que reconfigura las reglas del juego en el hemisferio occidental.
En sus 33 páginas, introduce lo que ha llamado el «Corolario Trump a la
Doctrina Monroe», donde no define si un Estado es soberano o no, sino de qué
tipo de soberanía cuenta como legítima para el orden hemisférico
estadounidense.
Sin duda, se
trata de una afirmación ontológica dentro del régimen de excepción que Trump
2.0 intenta establecer en esta parte del mundo.
Porque la
legitimidad ya no depende del régimen interno ni del cumplimiento de normas
internacionales, sino de su compatibilidad con la cadena de valor
estadounidense. La ESN lo formula sin ambigüedades:
· «Negaremos a competidores no hemisféricos la capacidad de posicionar
fuerzas u otras capacidades amenazantes, o de poseer o controlar activos
estratégicamente vitales, en nuestro Hemisferio» (p. 15).
· «Los términos de nuestros acuerdos (…) deben ser contratos de fuente única
para nuestras empresas» (p. 19).
·
«Debemos hacer todo lo posible por expulsar a empresas
extranjeras que construyan infraestructura en la región» (p. 19).
Esto implica
que la soberanía de otros se mide por su capacidad para no interferir y,
preferiblemente, facilitar los intereses vitales de EE.UU.
Un Estado puede
ser plenamente reconocido por la ONU, celebrar elecciones y tener control
territorial. Pero si permite que una empresa china construya un puerto, una
mina o una red 5G, su soberanía se vuelve funcionalmente ilegítima. Bajo este horizonte
conceptual nos hemos referido con la soberanía funcional en un análisis especial sobre el
documento.
Venezuela
encarna el desafío máximo para esta doctrina: es el caso-límite. Mantiene
alianzas estratégicas con China, Rusia e Irán; controla recursos críticos sin
entregar su gestión a capitales alineados; y ha desarrollado mecanismos de
intercambio que eluden el dólar y las cadenas de valor estadounidenses.
En este vacío
estructural —donde un país es soberano según el derecho internacional, pero
ilegítimo según la lógica imperial— cualquier medida contra él se vuelve
«razonable». Según la razón impuesta por Washington, no por analogía sino por
relación funcional:
· Las sanciones son «medidas de contención».
· El cerco económico es «restablecimiento de condiciones mínimas de
estabilidad».
·
La agresión militar es «prevención de amenazas».
Y el secuestro
de un presidente constitucional, en este marco, no es una violación de la
soberanía: es una operación técnica de gestión del riesgo. Es por esto por lo
que la ficción del «Cartel de los Soles» ya no es necesaria en
el marco de las justificaciones violatorias.
El derrumbe del
petrodólar
El quid de
la cuestión no son las reservas petroleras de Venezuela —aun siendo las más
grandes del mundo, por lejos—, sino en qué moneda se comercian. Como señala el analista Pepe Escobar:
«El corazón del
asunto no son las reservas petroleras de Venezuela per se, sino el
petróleo denominado en dólares. Imprimir papel higiénico verde infinito
—intrínsecamente sin valor— para financiar el complejo industrial-militar
implica que el dólar siga siendo la moneda de reserva global, incluido el
petrodólar».
Venezuela, para
lograr un marco de resistencia a las sanciones ilegales —de manera efectiva o
no, es otra discusión—, rompió el cerco financiero. La integración al sistema
chino CIPS, el mecanismo SWIFT que está comenzando a proyectar como una
alternativa real al dolarcentrismo sistémico, creaba las condiciones para que
el crudo se pagara en yuanes, rublos o una cesta respaldada por oro.
Ese paso no era
técnico, sino la primera brecha real en el monopolio del dólar petrolero desde
1974.
El petrodólar
es el pilar material del poder estadounidense, junto con la industria y
proyección militar padecida. Sin aquel, EE.UU. no puede financiar su déficit (6-7% del PIB), ni su
deuda (más del 120 % del PIB), ni su gasto militar (1,5 billones de dólares para
este año).
El secuestro de
Maduro así buscaba detener la fuga del dólar en el comercio petrolero global,
mientras aseguraba el control sobre Citgo para entregarla al fondo del buitre
financiero Paul Singer (Elliot Investment Management). La filial de PDVSA en
EE.UU., asimismo secuestrada por el marco sancionatorio, es una infraestructura
crítica de poder energético. Su entrega forma parte de una reconfiguración del
hemisferio, a tono con lo referido en la ESN.
La ficción
financiera-especulativa y el esqueleto del saqueo
El capitalismo
contemporáneo, especialmente en su variante estadounidense, ha entrado en una
fase en la que el valor ya no se produce principalmente en la esfera
productiva, sino en la especulación financiera.
Desde los años
1970, y de forma acelerada tras la crisis de 2008, la economía de EE.UU. se ha
desmaterializado: su riqueza se basa en derivados, algoritmos, deuda soberana y
la financiarización de la vida cotidiana. Este proceso no crea valor nuevo (en
términos marxianos), sino que redistribuye y anticipa valor futuro mediante
mecanismos ficticios.
El valor en el
capitalismo actual sigue estando fundado en el trabajo humano; continúa
teniendo raíces materiales. La paradoja radica en que, mientras el capital
financiero-especulativo, transado en Nueva York, se aleja de la producción,
necesita con urgencia reapropiarse de espacios reales de riqueza material para
sostener su ficción.
Venezuela —con
las mayores reservas petroleras del mundo, oro, coltán, biodiversidad
estratégica y soberanía energética— representa un territorio de rescate
ontológico para un capital que ya no sabe cómo crear valor.
Por ello nunca
se ha tratado de «liberar» a Venezuela, sino de reintegrar sus recursos a la
órbita de la acumulación estadounidense, despojándola de su capacidad de
resistencia.
La historia del
capitalismo ha estado marcada por ciclos de expansión y crisis. Pero hoy el
sistema enfrenta una crisis estructural de acumulación: los mercados están
saturados, la tasa de ganancia cae y la innovación tecnológica ya no reactiva
la producción, sino que destruye empleo y valor, según la investigación de los
datos empíricos expuestos por los investigadores Güney Işıkara y Patrick Mokre
(en su libro de 2025 Marx’s Theory of Value at the Frontiers, reseñado por el
economista inglés Michael Roberts).
En este
contexto, el capital ya no puede expandirse «por dentro», sino solo «por
fuera»: mediante desposesión, guerra y reconfiguración forzada de fronteras. De
este horizonte de análisis, Işıkara y Mokre confirman que el ataque
estadounidense contra Venezuela no fue una aventura militar aislada. Veamos.
Entre 1990 y
2020, 70 billones de dólares —el 5,9 % del producto global anual en
industrias productivas— se transfirieron del Sur Global al núcleo imperial, con
EE.UU. y Japón como principales beneficiarios. México, Brasil, Indonesia y
Rusia son grandes «donantes netos» de valor. Esta transferencia no se debe solo
a la explotación laboral, sino también a diferencias en la composición orgánica
del capital (tecnología, productividad).
Sin embargo, el
caso de Venezuela es distinto: al nacionalizar sus recursos y resistir la
lógica extractivista neoliberal, se ha convertido en un obstáculo definitorio
para la reproducción del capital occidental. No solo no entrega valor; lo
retiene. Por eso, la única forma de reintegrarlo al circuito de acumulación es
mediante la fuerza o el cambio de régimen (algo que no logró concretar con el
secuestro del presidente Maduro).
Bajo este
marco, el despliegue militar en el Caribe es, esencialmente, la materialización
de la lógica del capital estadounidense en su fase terminal; cuando ya no puede
negociar, sino imponer su régimen de excepción: Washington solo gana porque es
más depredador.
Venezuela, al
negarse a ser un «espacio de explotación», se convirtió en un obstáculo
sistémico. Su eliminación —política, jurídica, física, como posibilidad de
alternativa— era una necesidad estructural del capital imperial en su fase
terminal.
Y aquí radica
la paradoja letal: cuanto más exige EE.UU. que otros sean «funcionales», más
evidente se vuelve su propia disfunción. Su economía depende de déficits
insostenibles; su clase media, de la que depende su estabilidad interna, está
pulverizada; su cohesión política, fracturada por una oligarquía tecnocrática
que gobierna desde los algoritmos y los fondos de inversión.
El discurso de
America First revela, en el fondo, una profunda inseguridad: es la voz de quien
teme perder el control. Por ello, Trump (y Rubio y Miller y etc.) buscaba un
golpe de efecto que pudiera soliviantar el propio ánimo narcisista.
La debacle
civilizatoria
Pero más allá
de lo económico, la operación del 3 de enero revela algo aún más grave: el
colapso civilizatorio del proyecto estadounidense.
Trump, Rubio y
Hegseth no invocaron la Carta de la ONU, ni el derecho internacional, ni
siquiera el pretexto del «libre comercio». Lo justificaron con una retórica
apocalíptica, con las etiquetas removibles del narcotráfico, el terrorismo y
las «amenazas inminentes».
Esta retórica
es el lenguaje de una potencia que ha perdido su brújula, que ya no sabe qué
futuro ofrecer al mundo; ni siquiera a sus propios ciudadanos.
Y detrás de la
retórica, está la práctica: más de 100 personas asesinadas en el Caribe —entre
venezolanos, colombianos, trinitenses, etc.— sin juicio, sin testigos, sin base
legal; el uso de drones, bombarderos y marines sin autorización del Congreso;
la invención de la categoría de «combatientes ilegales» para evadir las Convenciones
de Ginebra. Se trata de ejecuciones extrajudiciales encubiertas bajo el
pretexto de la «guerra contra el narcotráfico», pero que en la práctica
constituyen operaciones de carácter militar dirigidas desde el alto nivel
político estadounidense.
Y el ataque
contra Venezuela representa la lógica última de un sistema sin proyecto: cuando
ya no puede seducir, intimida; si ya no puede convencer, elimina.
Porque, a todas
luces, EE.UU. enfrenta una crisis de legitimidad civilizatoria. El capitalismo
estadounidense prometió democracia, progreso y bienestar, pero ha generado
desigualdad extrema, racismo sistémico, destrucción ecológica y una cultura del
individualismo depredador. La clase media se desintegra; la esperanza de vida
disminuye; la salud mental colapsa. El modelo ya no seduce ni siquiera en su
propio territorio.
Frente a esta
pérdida de hegemonía cultural, el establishment recurre a una religión
sustituta: el nacionalismo imperial. La «Doctrina Donroe» y el MAGA son
consignas políticas, sí, pero sobre todo ritos de duelo por una grandeza
perdida. En este contexto, Venezuela se convierte en el chivo expiatorio
perfecto: su demonización y amenaza de destrucción permite —en teoría—
reunificar simbólicamente a una sociedad fracturada.
Esta lógica se
expresa en una racionalidad necropolítica (tomando nuevamente el concepto de
Achille Mbembe): el poder ya no gestiona la vida, sino que decide quién puede
ser encarcelado sin juicio, secuestrado sin derechos o bombardeado sin
justificación. Nada de lo ocurrido el 3 de enero fue un incidente aislado, sino
la normalización de la excepción.
La política exterior estadounidense se ha convertido en terapia colectiva para
una civilización en duelo, donde cada amenaza militar es un acto de fe en un
poder que ya no cree en sí mismo: solo en la fuerza, y de ahí lo peligroso (que
ya es mucho decir).
Sobre todo,
frente a la oligofrenia de un ricachón narcisista instalado en la Casa Blanca
que encarna a la perfección la desesperación imperial.
El espejo roto
El 3 de enero
no fue un «golpe exitoso»: lo podemos comprobar en las calles de Venezuela, en
la estabilidad política provista por la continuidad administrativa del Estado
con la presidenta (e) Delcy Rodríguez al frente. Pero sí fue la primera
ejecución pública del Corolario Trump, más allá del despliegue caribeño: una
doctrina que reemplaza la soberanía jurídica por la soberanía funcional, el
derecho internacional por la gestión técnica del riesgo y la diplomacia por la
coerción estructural.
En ese acto de
fuerza, EE.UU. reveló su debilidad más profunda: ya no puede imponer su orden
mediante el consenso, ni siquiera mediante el miedo sostenido. Necesita secuestrar
presidentes, asesinar civiles a mansalva y fabricar enemigos existenciales para
mantener la ilusión de control.
Bajo este
régimen de realismo imperial, Venezuela constituye una excepción histórica
—imperfecta, contradictoria, pero real— que ha logrado, contra todo pronóstico,
mantener el control estatal sobre sus recursos estratégicos.
Lo que
representa un peligro para los intereses estadounidenses y para el orden
depredador que ha sostenido al capital occidental durante décadas.
Podríamos
afirmar, sin sospecha demagógica o meramente propagandística, que no se temía a
Maduro, sino a que su ejemplo se multiplicase.
Y en eso, el
fracaso ya está escrito: mientras Venezuela siga existiendo —repetimos: como
posibilidad de alternativa—, el orden funcional del imperio decadente no
estará completo.
Fuente: Misión
Verdad
Riad contra Abu Dhabi
La alianza entre Arabia
Saudí y los Emiratos Árabes Unidos, que en su día fue un frente unificado, se
está desmoronando. Lo que comenzó como una discreta divergencia se ha
convertido en un conflicto abierto en las fronteras más críticas de la región.
Riad contra Abu Dhabi
Fouad Ibrahim
El Viejo Topo
11 enero, 2026
RIAD CONTRA ABU
DHABI: LA RIVALIDAD MÁS ENCARNIZADA DEL GOLFO SALE A LA LUZ
Desde hace
tiempo existen diferencias entre
Arabia Saudí y los Emiratos Árabes Unidos, pero no hasta el punto de llegar a
una crisis en toda regla. La cuestión ahora es si esta disputa se puede
resolver o si se intensificará, y hasta dónde están dispuestos a llegar Arabia
Saudí o los Emiratos Árabes Unidos en esta rivalidad.
La ruptura se
hizo evidente en diciembre de
2025, cuando Arabia Saudí exigió formalmente la retirada de las
fuerzas respaldadas por los Emiratos Árabes Unidos de las provincias yemeníes
de Hadhramaut y
Al-Mahra. La exigencia, respaldada por ataques
aéreos saudíes contra milicias aliadas, marcó un mínimo sin
precedentes en las relaciones entre los dos Estados, que durante mucho tiempo
se consideraron la columna vertebral del Consejo de Cooperación del Golfo
(CCG).
Desde Yemen
hasta Sudán, Siria, Somalia y la cuenca del Mar Rojo, Riad y Abu Dhabi están
cada vez más enfrentados, respaldando a fuerzas rivales y buscando el dominio,
a menudo a expensas de la estabilidad regional.
Caminos
divergentes: cómo se rompió la alianza
Durante
décadas, Arabia Saudí y los Emiratos Árabes Unidos trabajaron en estrecha
colaboración. Desde la formación del CCG en 1981, su enfoque común de la
seguridad regional y la integración económica ocultó diferencias más
importantes. Su alianza se intensificó tras las revueltas árabes de 2011, cuando
ambos Estados trataron de aplastar los movimientos de protesta y contrarrestar
a los Hermanos Musulmanes.
La guerra
liderada por Arabia Saudí contra Yemen en 2015 pareció sellar esta alianza. Los
EAU desempeñaron un papel militar importante en la campaña contra el Gobierno
con sede en Saná. Pero, bajo la superficie, los dos socios perseguían objetivos
muy diferentes.
Riad pretendía
derrotar a las fuerzas armadas alineadas con Ansarallah y reinstalar un
gobierno central dócil en Saná. Abu Dhabi se centró en apoderarse de
puertos, islas y
rutas marítimas, y en aumentar su influencia a través de representantes
locales.
Esta
divergencia salió a la luz cuando los EAU apoyaron al Consejo de Transición del
Sur (CTS), que busca dividir Yemen
mediante el restablecimiento de un Estado sureño, desafiando directamente la
insistencia saudí en la unidad yemení.
Los imperativos
estratégicos de Arabia Saudí
La postura
regional de Riad sigue basándose en la preservación del régimen y la contención
geopolítica. La preservación de la unidad territorial en Yemen es una
preocupación clave, ya que los gobernantes saudíes temen que el secesionismo
del sur pueda sentar un peligroso precedente para las regiones conflictivas
dentro del reino.
Esta inquietud
se ve agravada por el hecho de que partes de la frontera sur de Arabia Saudí,
como las provincias de Jizan, Asir y Najran, son históricamente
tierras yemeníes anexionadas en virtud del Tratado de Taif de
1934, un legado que sigue siendo delicado en los círculos nacionalistas de
Saná.
Contener a Irán
sigue siendo fundamental, ya que Riad considera a Ansarallah y al Gobierno de
Saná como representantes de Irán y está decidido a impedir que Teherán se
afiance en el flanco sur de Arabia Saudí. Por último, el reino sigue
proyectándose como una autoridad líder en el mundo musulmán suní, un estatus
que requiere resistir el auge de esferas de influencia rivales.
Las ambiciones
expansionistas de los EAU
Bajo el mandato
del presidente emiratí Mohammed bin Zayed (MbZ), los EAU se han vuelto mucho
más asertivos en su postura regional. La hegemonía marítima es el núcleo de su
estrategia. Con una profundidad territorial limitada, Abu Dhabi ha invertido
en puertos y
rutas marítimas desde el mar Rojo hasta el océano Índico, con
el objetivo de controlar los puntos críticos para el comercio mundial.
La lucha contra
el islam político es igualmente fundamental, ya que los dirigentes emiratíes
consideran a los Hermanos Musulmanes una amenaza existencial y han respaldado
sistemáticamente a los hombres fuertes y las milicias seculares para reprimir
los movimientos islámicos.
Paralelamente,
los EAU han emprendido una agresiva expansión económica, con entidades
vinculadas al Estado que adquieren infraestructuras y recursos estratégicos en
Asia occidental y África, lo que a menudo choca con los intereses saudíes.
Guerra por
poder desde Siria hasta el Cuerno de África
Esta rivalidad
se desarrolla ahora en varias zonas de conflicto. Durante el apogeo de la
guerra en Siria, Riad respaldó a los grupos extremistas suníes salafistas como
contrapeso a la influencia iraní. Los EAU tomaron un camino diferente. Fueron
de los primeros en reabrir su embajada en Damasco en 2018, con el objetivo de
rehabilitar el Gobierno del expresidente sirio Bashar
al-Assad.
Abu Dhabi
también cooperó con las fuerzas kurdas y trabajó para marginar a las facciones
islamistas, incluida Hayat Tahrir al-Sham (HTS), liderada por el actual
presidente sirio Ahmad al-Sharaa, que anteriormente se hacía llamar Abu
Mohammad al-Julani cuando era comandante de Al Qaeda.
En Sudán,
Riad apoya al general Abdel Fattah al-Burhan y a las Fuerzas Armadas sudanesas,
a quienes considera una fuerza estabilizadora y un socio para garantizar la
seguridad del corredor del Mar Rojo. Por el contrario, los Emiratos Árabes
Unidos han respaldado a las Fuerzas de Apoyo Rápido (RSF), a pesar de sus
atrocidades documentadas, impulsados por su hostilidad hacia las corrientes
islamistas y su deseo de controlar recursos clave.
En Somalia,
ambos Estados han creado esferas de influencia rivales. Abu Dhabi se ha
atrincherado en Somalilandia y Puntlandia, mientras que Riad ha reforzado sus
lazos con el Gobierno federal de Mogadiscio. Esta competencia se extiende a lo
largo del mar Rojo, donde los puertos y las islas se han convertido en activos
estratégicos de gran importancia.
Yemen: punto
álgido de la disputa del Golfo
Los ataques
aéreos saudíes del mes pasado contra las fuerzas respaldadas por los EAU en
Hadramaut y Al-Mahra supusieron una escalada dramática. Riad exigió la retirada
total del STC de las provincias. Al ser ignorada, los aviones saudíes atacaron
posiciones ocupadas por fuerzas que antes se consideraban aliadas.
Esta respuesta
revela la creciente alarma de Riad. El afianzamiento de los Emiratos y Israel en
el sur de Yemen y el Cuerno de
África supone ahora una amenaza directa para la seguridad
nacional y el acceso marítimo de Arabia Saudí. El reino también considera el
proyecto separatista del STC como un peligroso precedente que podría repercutir
dentro de sus propias fronteras.
Los ataques
indicaron que Arabia Saudí ya no toleraría la expansión descontrolada de los
Emiratos, incluso a costa de fracturar la unidad del CCG. Abu Dhabi, sin
embargo, ha apoyado a sus aliados, ofreciendo solo concesiones simbólicas, como
propuestas para el control conjunto de infraestructuras clave.
Una rivalidad
que se ha ido gestando durante años
Las medidas de
Abu Dhabi no pillaron por sorpresa a los funcionarios saudíes. El apoyo de los
Emiratos a los separatistas del sur era evidente en 2017 y se intensificó en
los años siguientes, especialmente después de que los EAU redujeran su
presencia militar y aumentaran su respaldo al STC.
Incluso en los
primeros años de la guerra de Yemen, las diferencias eran evidentes: Riad
defendía la unidad de Yemen y apoyaba al Gobierno en el exilio, mientras que
Abu Dhabi empoderaba a las milicias con agendas antiislamistas y separatistas.
La ruptura
pública refleja ahora la formalización de un conflicto que se gestaba desde
hacía tiempo. La retórica escalada en plataformas como X, incluida la de
figuras como Saud al-Qahtani, indica que los esfuerzos entre bastidores han
fracasado y que la brecha ya no es contenible.
Escalada saudí:
líneas rojas sin ruptura
A pesar del
aumento de las tensiones, sigue siendo poco probable que se produzca un
enfrentamiento militar directo entre las dos monarquías del Golfo Pérsico.
Arabia Saudí
está preparada para intensificar la escalada, pero lo hará mediante métodos
indirectos y negables. Se espera que Riad redoble su guerra política en Yemen,
apoye a las facciones del sur opuestas al STC, lleve a cabo ataques aéreos
limitados destinados a debilitar a las fuerzas alineadas con los EAU y aplique
presión económica y diplomática sobre los intereses emiratíes.
Los ataques con
misiles o la guerra abierta correrían el riesgo de colapsar la arquitectura de
seguridad colectiva del Golfo e invitarían a la intervención extranjera. Ambos
Estados están profundamente arraigados en las estructuras de seguridad
occidentales, lo que hace improbable que se produzcan tales resultados. En su
lugar, Arabia Saudí tratará de afirmar su dominio mediante medidas calibradas e
indirectas.
Remodelación de
la región
Las
consecuencias de esta ruptura ya se están dejando sentir en toda la región. Los
conflictos se prolongan, las crisis humanitarias empeoran y las instituciones
regionales se tambalean. El CCG, que en su día se promocionó como pilar de la
unidad del Golfo, está perdiendo cada vez más relevancia. Mientras tanto, Tel
Aviv ha aprovechado la oportunidad para ampliar su
presencia en los puntos estratégicos marítimos y las zonas
inestables.
Hay tres
posibles trayectorias. Los dos Estados pueden llegar a un acuerdo informal que
gestione la competencia sin resolverla. Podría surgir una reconciliación
limitada, impulsada por los intereses mutuos en materia de seguridad marítima y
estabilidad regional.
O bien, la
rivalidad podría escalar hasta convertirse en enfrentamientos directos en Yemen
o Sudán, con consecuencias potencialmente catastróficas para la región y más
allá.
Lo que está
claro es que ya no se trata de una disputa personal o ideológica. La rivalidad
entre Arabia Saudí y los Emiratos Árabes Unidos es ahora estructural y cada vez
más económica. A medida que Riad y Abu Dhabi compiten por el dominio de las
rutas comerciales, los flujos de inversión y la influencia política, su
competencia determinará la trayectoria de una Asia occidental multipolar.
Artículo
seleccionado por Carlos Valmaseda para la página Miscelánea de
Salvador López Arnal
Fuente: The Cradle
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sábado, 10 de enero de 2026
Venezuela: ¿capitular o resistir?
Si Venezuela quiere
sobrevivir, debe resistir. Y avanzar. No va a ser fácil: ni Trump, ni una
oposición interior sectaria y antipatriota van a cejar en sus intentos de
adueñarse del país. Profundizar la revolución es la única salida.
Venezuela: ¿capitular o resistir?
Leonardo Sinigaglia
10 enero, 2026
VENEZUELA:
¿CAPITULAR O RESISTIR?
El brutal
secuestro del presidente Nicolás Maduro ha confrontado al mundo entero con la
realidad objetiva de la imposibilidad de una «transición pacífica» hacia la
multipolaridad. No puede haber una «coexistencia pacífica» con las fuerzas del
imperialismo estadounidense y sus aliados. Estados Unidos no renunciará a su
posición hegemónica ni dudará en violar el derecho internacional para intentar
retrasar su declive irreversible lo más posible.
Muchos temen
las consecuencias de una guerra mundial, pero lo cierto es que Estados Unidos
ya le ha declarado la guerra al resto del mundo: en todas partes, quienes se
niegan a someterse a su régimen terrorista internacional son víctimas de
ataques cada vez más violentos y directos, perpetrados con total impunidad. Los
llamamientos al respeto del derecho internacional, si bien pueden indicar una
diferencia de opinión por parte de los gánsteres de Washington, no son
suficientes. Es esencial que las fuerzas comprometidas con la construcción de
un mundo multipolar abandonen toda ilusión reformista y adopten una perspectiva
revolucionaria.
Esto
ciertamente no significa adoptar una política exterior aventurera que busque la
escalada a toda costa: significa, ante todo, lidiar con la quinta columna
interna. Las sanciones económicas, el subdesarrollo y los remanentes del
liberalismo proporcionan el caldo de cultivo ideal para grupos interesados en traicionar a
su país ante los imperialistas, tanto
dentro de las instituciones como en la sociedad civil.
Este es el caso
de aquellos sectores burgueses que sueñan con enriquecerse vinculando su
fortuna a la del sistema imperialista, convirtiéndose en la burguesía
compradora; pero también es el caso de funcionarios corruptos, de «clanes» que
sueñan con ascender al poder y que ven la sumisión a los imperialistas como la
mejor garantía de éxito. Todo esto puede ocurrir incluso en el estado
socialista más avanzado, y por ello, como ha enfatizado repetidamente el
presidente Xi Jinping, la vigilancia y la «autorrevolución» continua son
prácticas esenciales para garantizar la estabilidad de las instituciones y del
sistema. En países donde no se ha instaurado una dictadura del proletariado —es
decir, un régimen en el que el poder se ejerce en nombre de las masas
trabajadoras, en nombre de sus intereses y sobre la base de su poderío militar—
este riesgo es exponencialmente mayor.
Las aperturas
al neoliberalismo en países como Siria e Irán han causado un inmenso daño
sociopolítico, provocando la caída del Estado baazista en el primero y una
lucha interna continua entre los partidarios de la «normalización» con
Occidente —es decir, la plena adhesión al Consenso de Washington— y los
defensores de la independencia nacional en el segundo. Esta lucha no se limita
a las cámaras parlamentarias, sino que se libra principalmente por medios subversivos
y con el apoyo de la inteligencia imperialista. Solo la acción constante de las
fuerzas revolucionarias iraníes, principalmente el Basij y la Guardia
Revolucionaria, permite a los sectores patrióticos de la clase dominante iraní
mantener un control relativo de la situación, logrando limitar las presiones
capitulacionistas que emanan de diversos sectores.
El caso de
Venezuela es emblemático. La República Bolivariana es fruto de un proceso
revolucionario socialista iniciado por el comandante Hugo Chávez, que condujo
al surgimiento del PSUV como una fuerza gobernante estable, capaz de conducir
al país a numerosas victorias sociales, desde la educación hasta la vivienda,
desde el acceso a la alimentación hasta la atención médica. En el centro de
este proceso se encontraba la movilización popular, lograda mediante la
promoción de formas de autogobierno municipal y la organización de los
venezolanos en Colectivos, entidades capaces de desempeñar simultáneamente un
papel político, económico y militar.
Sin embargo, ni
bajo Chávez ni bajo Maduro el PSUV buscó jamás instaurar una verdadera
dictadura. Por esta razón, el sistema democrático venezolano permaneció
contaminado por residuos liberal-burgueses que limitaron su funcionamiento,
permitiendo que incluso traidores a la patria, enemigos de los trabajadores y
agentes al servicio de Estados Unidos tuvieran representación institucional
legal. A pesar de las mentiras de los propagandistas proestadounidenses, la
oposición al sistema socialista, al poder popular y a la independencia nacional
es legal en Venezuela. Incluso la traidora María Machado pudo llevar a cabo sus
actividades antinacionales en Venezuela sin trabas, sin enfrentar restricciones
particulares. Sin embargo, todo esto no demuestra tanto la sabiduría o la buena
voluntad de las autoridades venezolanas como un problema que necesita solución.
Cualquier país
que desee mantener su independencia y seguir su propio camino de desarrollo
debe abandonar toda concesión a la democracia liberal occidental, que no es
otra cosa que la dictadura de clase de la burguesía; es decir, en nuestra
época, la dictadura de clase de los elementos burgueses inherentes al sistema
imperialista hegemónico estadounidense. Esta dictadura debe ser contrarrestada
por otra, la de la clase obrera, en alianza con los sectores de la burguesía
hostiles a la dominación imperialista, bajo la dirección de un partido
socialista revolucionario organizado sobre la base de la disciplina leninista.
Tras el
secuestro del presidente Maduro, Venezuela tiene dos caminos:
—Capitular ante
la violencia de los imperialistas, entregando el país a Trump y alentando el
retorno de la esclavitud colonial al capital financiero estadounidense;
—Resistir y
prepararse para enfrentar la doble embestida de la agresión extranjera y la
subversión local.
Las autoridades
venezolanas, actualmente lideradas por la vicepresidenta Delcy Rodríguez,
parecen reacias a tomar la primera vía. Sin embargo, esto no deja lugar a
dudas: si Venezuela quiere sobrevivir, debe proseguir plenamente su
transformación revolucionaria. La ley marcial declarada en el país debe ser
solo el preludio de una ola masiva de arrestos de agentes extranjeros, la
disolución de todo partido político proimperialista y la persecución activa e
implacable de todo elemento antinacional. Siglos de práctica revolucionaria,
desde Francia en 1793 hasta Rusia en 1917, demuestran el papel esencial del
Terror: ante un enemigo despiadado, dispuesto a cometer cualquier infamia para
derrocar las conquistas del pueblo, no debe haber piedad.
Los
imperialistas se ensañaron al permitir la masacre de civiles en el Donbás; se
ensañaron cuando sus misiles destrozaron a decenas de miles de palestinos; se
ensañaron al organizar el asesinato —y ahora el secuestro— de jefes de Estado. ¿Por
qué habrían de impedir los escrúpulos liberales la liquidación de sus
sirvientes? No deberían tener libertad para actuar contra el país, sino estar
constantemente sometidos a la presión del terror revolucionario.
La era actual
se caracteriza por una creciente violencia, que acompaña la transición a un
mundo multipolar y el fin de la globalización liderada por Estados Unidos. Es
una época de guerra, una era revolucionaria. Debe abordarse como tal. Quienes
sirven a los intereses de los imperialistas, abierta o encubiertamente, no son
adversarios a los que enfrentarse, sino enemigos a los que eliminar, pues harán
lo mismo con ustedes. La alternativa al terrorismo no es una «democracia»
liberal y pluralista, sino la dictadura de los elementos más obscenos y
corruptos de la burguesía compradora en nombre de Estados Unidos. Por esta
razón, Venezuela, como cualquier otro país que desee defender su dignidad, su
independencia y su camino hacia el desarrollo, debe abandonar todas las
ilusiones liberal-democráticas en favor de una dictadura abierta del pueblo
trabajador.
Fuente: l’AntiDiplomatico
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