jueves, 28 de agosto de 2025

Europa huérfana

 

¿Ha vivido siempre Europa en la orfandad? Quizás es una exageración si se echa una mirada a los distintos imperios que la fueron configurando… pero ahora sí. Ahora parece ir buscando cobijo bajo las alas del Imperio, al precio que sea.

Europa huérfana


El Viejo Topo / 28 agosto, 2025



UNA EUROPA HUÉRFANA Y SU ETERNO SUEÑO DE VIVIR BAJO UN IMPERIO

Europa se nombra a sí misma como cuna de la democracia y la libertad. Y, sin embargo, es también el continente que aún conserva monarquías como si fueran parte del paisaje natural, reliquias no cuestionadas de un linaje que se cree inmutable. Esta contradicción revela una orfandad profunda: Europa no ha sabido vivir sin un padre al que someterse, sin un imperio que la ordene, sin una figura tutelar que dicte el destino de sus pueblos.

La caída de Roma fue la primera orfandad. Desde entonces, el continente no ha hecho sino buscar padres sustitutos: el Papa, los emperadores germánicos, los Borbones, Napoleón, los Habsburgo, el Tercer Reich. Cada guerra europea fue –más que una disputa territorial– un intento desesperado por imponer un imperio sobre los demás, un padre único que restableciera el orden perdido. La sangre derramada no fue solo por fronteras: fue el precio de esa necesidad inconsciente de tutela.

Pero no toda la ansiedad estuvo dentro de sus fronteras. Durante siglos, Europa vivió en una relación de temor y atracción con los imperios de Oriente: los califas, los sultanes, el poder otomano que avanzaba sobre sus puertas. Esa amenaza se transformó también en fascinación: Constantinopla como joya soñada, la media luna como espejo invertido de la cruz. El islam imperial representaba, a la vez, la pesadilla del enemigo y la tentación de otro padre posible, más fuerte, más vasto, más absoluto. Europa lo combatió en Lepanto, lo contuvo en Viena, pero nunca dejó de sentirse definida por él. Esa tensión con el Oriente musulmán reforzó la paradoja de un continente que se construye siempre frente al otro, buscando en el adversario el padre que se resiste a aceptar en sí mismo.

El siglo XX, tras la hecatombe de dos guerras mundiales, dejó al continente en ruinas y desnudo. La orfandad se resolvió entregándose a otro padre: los Estados Unidos. Bajo su ala protectora y su paraguas nuclear, Europa encontró seguridad, a costa de su soberanía. La Unión Europea, en vez de ser un proyecto de emancipación, devino más bien un tutor tecnocrático, incapaz de convertirse en poder político autónomo, atrapado entre la dependencia militar de la OTAN y la sumisión a mercados que dictan reglas invisibles.

Lo más trágico fue la ocasión perdida: la posibilidad de que Europa emergiera como alternativa cultural y política frente a los imperios que la habían devastado. Nunca tuvo la capacidad cultural ni el coraje histórico de ser ella misma. La reconciliación con su diversidad, la construcción de una democracia radical y plural, eran puertas abiertas que decidió no cruzar. El peso de la historia funcionó como un agujero negro: deformó el campo, devoró sus potencialidades y absorbió cualquier intento de autonomía. Allí donde pudo alumbrar una nueva forma de civilización, eligió la comodidad de la tutela y el espejismo del consumo. Europa fagocitó a sus mejores pensadores, vanificó sus mayores aciertos en materia de valores humanos y terminó debilitando la posibilidad de ofrecer al mundo una visión distinta de la vida común.

Lo más paradójico es que, en el fondo, Europa teme alcanzar sus más altas aspiraciones. Democracia y libertad son los nombres que proclama, pero que nunca termina de habitar.

Siempre hay una coartada para retrasar su cumplimiento: la amenaza externa, la inestabilidad interna, el peso de la historia. Es como si temiera que, al llegar a ese umbral, se descubriera que la adultez no consiste en tener un padre que mande, sino en vivir sin él.

Europa huérfana, en lugar de abrazar su orfandad como condición adulta, insiste en soñar con imperios. No soporta la intemperie de su libertad. Prefiere la nostalgia de los cetros y los tronos a la intemperie de una democracia radical. Por eso sus monarquías siguen respirando como si fueran normales. Por eso su geografía política es un cementerio de imperios que nunca dejaron de soñar con volver.

Quizás el destino del continente sea reconocer esa orfandad como su verdadera identidad. No como falta, sino como potencia. La orfandad no necesita padre: necesita memoria y coraje. Y Europa, si algún día dejara de soñar con imperios, podría al fin aprender lo que significa habitar la libertad.

FuenteGlobetrotter

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